España se juega la IA entre cables submarinos y una gigafactoría de 719 millones de euros
La nueva carrera tecnológica se libra bajo el mar, en el espacio y en los centros capaces de entrenar inteligencia artificial

Cable submarino 2Africa a su llegada a la Barcelona. | David Oller (Europa Press)
Tras el DigitalES Summit 2026, uno de los debates principales ha sido la soberanía tecnológica por la que apuesta España. En concreto, el foco se ha puesto en las infraestructuras invisibles que sostienen ese futuro digital: los cables submarinos, los servicios satelitales y la capa terrestre formada por centros de datos, nodos de computación y fábricas capaces de entrenar inteligencia artificial (IA).
El Gobierno ha aprobado el 16 de junio una inversión de 719 millones de euros en un proyecto español para desarrollar una gigafactoría de IA. Al mismo tiempo, Bruselas ha reforzado la protección de los cables submarinos, por donde viaja el 99% del tráfico intercontinental de internet y los cuales considera esenciales para la vida moderna y la economía europea.
Este enfoque llega de la mano de Matías González, secretario general de Telecomunicaciones, Infraestructuras Digitales y Seguridad Digital. En su discurso, ha defendido que la regulación debe adaptarse a una realidad donde los centros de cómputo, el 5G, el 6G y las redes forman parte de un mismo sistema que ya no funciona de forma aislada: «Lo invisible no puede ser secundario».
Una red bajo el mar
En 1858 se tendió el primer cable telegráfico transatlántico y, en 1866, llegó la primera conexión estable entre Europa y América. Por eso Bruselas ha movido ficha. El 5 de febrero de 2026, la Comisión ha anunciado una inversión de 347 millones de euros para reforzar la seguridad de los cables submarinos, junto a nuevos recursos para la prevención de riesgos y una lista de Proyectos de Cable de Interés Europeo.
Dentro de ese paquete también se ha abierto una convocatoria de 20 millones de euros para financiar módulos adaptables de reparación de cables submarinos. Estos equipos estarán situados en puertos o astilleros para restaurar antes los servicios cuando se produzca una avería.
España parte de una posición estratégica. Su ubicación conecta Europa con América, África y el Mediterráneo, y convierte al país en un punto natural para el amarre de cables submarinos y el despliegue de centros de datos. Bilbao ya ha ganado peso con cables como Grace Hopper, de Google, y Santander aparece en proyectos transatlánticos como Sol.
Las redes no terrestres
La segunda capa está en el espacio. González ha señalado que el papel del satélite está cambiando con las constelaciones de órbita baja y los servicios directos al dispositivo, capaces de conectar móviles convencionales sin depender siempre de una antena terrestre cercana.
El ejemplo más visible es SpaceX, la compañía de Elon Musk. Ha completado la primera generación de su constelación Starlink Direct to Cell con más de 650 satélites. En España, MasOrange ha firmado con Starlink, el servicio satelital de SpaceX, una prueba piloto en Valladolid para llevar cobertura directa al móvil desde satélites de órbita baja, con la promesa de llevar «internet de alta velocidad hasta en las ubicaciones más remotas».
Las fábricas de IA
La tercera capa es terrestre. El Gobierno ha aprobado una inversión de 719 millones de euros, a través de la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica, para impulsar un proyecto español de gigafactoría de IA que optará a la convocatoria europea. La candidatura será multisede y contempla Móra la Nova, en Tarragona, y San Fernando de Henares, en Madrid.
A esa capa se suma la computación de proximidad. Telefónica ha completado el despliegue de 17 nodos de edge computing en España, repartidos por ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Málaga, Bilbao, A Coruña o Las Palmas. Estos minicentros de datos procesan la información cerca de donde se genera, reducen la latencia y ayudan a mantener más tráfico bajo jurisdicción española.
La oportunidad y el coste
La oportunidad supone más soberanía, menor dependencia tecnológica y más capacidad para competir en IA. Pero el coste también existe. Los centros de datos consumen energía y requieren refrigeración. Los cables submarinos necesitan vigilancia ante sabotajes, averías y tensiones geopolíticas. Los satélites abren debates sobre espectro, interferencias y basura espacial.
La conclusión de DigitalES es que la IA no se juega solo en laboratorios ni en aplicaciones. Se juega en una arquitectura física compuesta por mar, tierra y espacio. España quiere estar ahí, pero la prueba será proteger, regular y aprovechar esa infraestructura antes de que otros marquen el ritmo.
