The Objective
La otra cara del dinero

En la Unión Europea ya hemos perdido el tren de la inteligencia artificial (y no pasa nada)

No vamos a tirar la casa por la ventana para desbancar a OpenAI, a eso llegamos tarde, pero aún podemos beneficiarnos

En la Unión Europea ya hemos perdido el tren de la inteligencia artificial (y no pasa nada)

En la imagen, el parque solar de Vilardevós, en Orense. | EP

Últimamente cojo mucho el metro y no hay nada tan desasosegante como oír a mitad de escaleras la llegada de un convoy y no saber si lo hace a tu andén o al de enfrente. La reacción instintiva es apretar el paso, pero también es inevitable pensar: «A ver si me voy a caer por ganar cinco minutos».

La cautela dura, sin embargo, lo que tardas en ver a otro viajero bajar los peldaños de dos en dos. Entonces se desata el pánico y es la estampida general.

Este miedo a perderse algo o FOMO (por las siglas de la expresión en inglés, fear of missing out) tiene una base biológica. En la pirámide alimentaria de la sabana ocupábamos un escalón más bien bajo como individuos: no hay más que comparar una mano con una zarpa de león. Nuestra fuerza radicaba en la manada y quedar excluida de ella reducía drásticamente las probabilidades de supervivencia.

Aunque hace tiempo que abandonamos la sabana, el mecanismo que incentiva el gregarismo no se ha desactivado y explica múltiples reacciones, desde apresurarse cuando los demás se apresuran hasta acudir a la OPV de SpaceX. El FOMO no distingue de intelectos. Afecta por igual a listos y tontos, a doctos e iletrados. Acuérdense de que Bernie Madoff se llevó al huerto a la élite de Wall Street. Muchos de los afectados reconocerían después que los números nunca les cuadraron, pero como observó mi cuñado poco antes de comprar acciones de Terra: «No van a forrarse todos menos yo».

Duplicar esfuerzos

Últimamente nos han entrado también las prisas con la inteligencia artificial. Emmanuel Macron ha impulsado la Iniciativa de Campeones de la Unión Europea en la IA, cuyo propósito es «situar al continente como líder global» en esta tecnología. Los alemanes coinciden en que no podemos depender de los caprichos de Donald Trump en un asunto tan crítico y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha lanzado un plan de acción que combina «competitividad industrial» e «innovación responsable» para competir con Estados Unidos y China.

Pero el economista Pieter Garicano y el experto en bioseguridad Simon Grimm se plantean hasta qué punto tiene sentido duplicar esfuerzos.

Para empezar, ¿estamos los europeos en disposición de gastar tanto como Meta? La empresa matriz de Facebook invertirá este año en microprocesadores 125.000 millones de dólares, más que Alemania en defensa, y está ofreciendo salarios de más de 100 millones para captar talento y, así y todo, no consigue aguantarle el ritmo a OpenAI o Anthropic.

Alemania y Francia, recuerdan Garicano y Grimm, «ya intentaron crear su propio Google en 2005». Se llamaba Quaero y no duró ni ocho años.

Relación transatlántica

Por otra parte, no puede uno estar reinventando la rueda todo el rato.

«A lo largo de la historia —escriben Garicano y Grimm—, la convergencia económica ha dependido de la importación y adopción de tecnología extranjera». Esa fue una de las claves de la milagrosa recuperación europea tras la Segunda Guerra Mundial, y las principales interesadas en mantener la relación transatlántica que entonces se forjó son las propias compañías estadounidenses. «Nvidia está presionando a la Administración Trump para que le permita vender chips a China dada la importancia de su mercado».

¿No debemos, entonces, dejarnos arrastrar por el FOMO en IA?

FOMO Sapiens

El término FOMO lo acuñó Patrick McGinnis en 2004, mientras cursaba un MBA en Harvard.

«Las redes sociales estaban en sus inicios —cuenta en su Manual del FOMO Sapiens, aunque eso estaba a punto de cambiar. […] Recuerdo claramente a mi compañera Claire quejándose de que un estudiante de segundo de carrera al que había alquilado su piso ese verano lo había dejado hecho un desastre». Le retuvieron la fianza que había depositado, pero lo que tendrían que haber hecho era pedirle acciones de la empresa que acababa de crear. «Aquel estudiante era Mark Zuckerberg».

¿Cómo dejaron escapar semejante oportunidad?

Tenían buenos motivos. Tres años antes había estallado la burbuja de las puntocom «y, de la noche a la mañana —dice McGinnis—, mi startup y yo pasamos de héroes a la nada más absoluta». De modo que cuando le hablaron de Facebook, no se dejó llevar por el condenado FOMO y, como descubrió don Mendo apostando a las siete y media, el pasarse es malo, pero el no llegar también da dolor. Cualquier otro hubiera tirado la toalla y hubiera opositado a funcionario, pero McGinnis decidió indagar si había algún modo de ganar en el juego vil de los negocios.

Fue así como se convirtió en un «emprendedor del 10%».

Llegar al metro

«Cuando inviertes solo el 10% de tu tiempo y capital, ¿qué es lo peor que puede pasar? —explica McGinnis—. Si fracasas, habrás aprendido algo […] y el resto de tu vida seguirá intacta».

Es lo que ha hecho mi colega de pódcast Javier Díaz-Giménez acudiendo a la OPV de SpaceX. Ha puesto una parte prescindible de sus ahorros en un proyecto erizado de riesgos, pero que le rendirá sustanciosas plusvalías si sale bien. Y es lo que Europa debería hacer con la IA. No vamos a tirar la casa por la ventana para desbancar a ChatGPT y Anthropic. A eso ya llegamos tarde. Pero igual que hicimos en el pasado con IBM, General Motors o Standard Oil, podemos facilitar la instalación en el continente de los nuevos gigantes tecnológicos, eliminando trabas burocráticas y medioambientales, garantizándoles una fiscalidad razonable y suavizando la propiedad intelectual.

O sea, que sin matarnos, pero algo más deprisa sí tenemos que empezar a bajar las escaleras para no perder ese metro.

Publicidad