El silenciador que parece salido de 'Predator' y hace casi indetectables a los francotiradores
Los supresores de ruido tienen una larga historia pero una compañía canadiense ha lanzado algo revolucionario

Soldado canadiense equipado con el MFMD.
No tiene aspecto de arma, sino casi de un juguete, de broma bélica. Tiene la pinta de uno de los dispositivos que el Predator cinematográfico usaría contra Arnold Schwarzenegger. Sin embargo, los francotiradores canadienses, reconocidos como unos de los mejores del mundo y tenedores habituales de récords kilométricos, están rendidos ante las capacidades de este supresor. Es una máquina de fabricar silencio y se llama Millbrook MFMD.
Los soldados del Canadian Special Operations Regiment lo montan en sus fusiles Cadex CDX en calibre .338 Lapua con la misma naturalidad con que otros ponen una mira. Su nombre atiende a Multi-Function Muzzle Device (lit.: «dispositivo multifunción de boca»), y lo fabrica Millbrook Strategic Sciences, empresa canadiense con sede en Ottawa. El contrato con su ejército se firmó en enero de 2024, pero la idea llegó desde otro destino.
Quien encargó el desarrollo fue el Irregular Warfare Technology Support Directorate del Pentágono. Este organismo financia tecnología que tiende a acabar en fuerzas especiales aliadas de la OTAN. El diseñador es Russ Oliver, fundador original de OSS Suppressors, hoy reconvertida en la marca Hux.

Pero para entender qué es el MFMD hay que retroceder hasta 1909, cuando Hiram Percy Maxim registró la primera patente de un supresor de armas de fuego. El hijo del inventor de la ametralladora Maxim —predecesora de las Minigun que hoy penden de helicópteros de ataque— quería que la gente pudiera cazar sin molestar a los vecinos. El principio que describió entonces es el mismo que han aplicado todos sus sucesores durante más de un siglo.
La idea troncal se basa en interponer entre el cañón y el aire una cámara donde los gases de la detonación se expandan, se enfríen y pierdan su energía antes de escapar. Al quedar enclaustrados en ese espacio, los gases bajan de temperatura, se reduce el ruido y se elimina el fogonazo. El mecanismo más habitual consiste en una serie de deflectores —los bafles— que obligan al gas a rebotar y enfriarse de forma progresiva antes de salir.
Imaginemos una cascada de cuencos apilados y muy bien alineados uno tras otro con un agujero en su base. Si ponemos en un extremo un arma de fuego y disparamos, la bala atravesaría la pila de cuencos: entraría por el primero y saldría por el último. Las paredes sucesivas de los cuencos harían de filtro, y atraparían gases, pólvora, ruido y humo. Saldrían, pero tamizados y reducidos. Esta es la explicación sencilla, pero ahora vamos a la física pura.
Un disparo produce tres firmas que delatan al tirador. La primera es el fogonazo: la llamarada visible e infrarroja que se forma cuando los gases, a más de 1.500 grados, se encuentran con el oxígeno del aire. La segunda es la detonación: la onda de presión audible a kilómetros. La tercera es el retroceso: el pulso que empuja el arma hacia atrás y dificulta la puntería en el siguiente disparo. Los supresores clásicos atacan las dos primeras. El retroceso apenas lo tocan.
Los bafles funcionan bien, pero sus pequeñas aletas son trampas de carbón. A medida que el arma dispara, los residuos de combustión se acumulan en los deflectores y los obstruyen. Un supresor convencional de alto rendimiento necesita mantenimiento profundo cada 5.000 o 7.000 disparos. En un entorno operacional sostenido, equivale a una logística específica y una vida útil corta. Los fabricantes llevan décadas en busca de una geometría interior que resuelva ese problema sin sacrificar eficacia.
Durante décadas, los supresores fueron asociados al cine: asesinos con pistola silenciada, cazadores con leyes permisivas y novelas de espías. La realidad operacional es más prosaica. Los ejércitos los adoptan por tres razones: proteger la audición de sus soldados en combate prolongado, reducir la huella acústica en infiltraciones y dificultar que el enemigo localice al tirador. Hoy los llevan fuerzas especiales de casi toda la OTAN, francotiradores de largo alcance y, cada vez más, infantería en patrullas de contacto.
La tendencia se aceleró con los conflictos asimétricos de las dos últimas décadas. De la guerra en campo abierto se creció hacia el conflicto urbano, y los operadores necesitaban actuar durante horas en espacios cerrados sin quedar sordos ni delatar su posición. Un supresor en ese escenario no es un lujo, sino equipo de protección básica.
Pero ningún diseño previo resolvía a la vez las tres firmas del disparo sin exigir a cambio ciertos peajes. Ahí es donde entra en acción el MFMD. Su diseñador decidió ignorar las formas que se han usado durante más de un siglo. El concepto del MFMD se llama flujo continuo, y su aplicación produce esa extraña silueta rectangular. En lugar de frenar el gas con deflectores, el dispositivo lo divide en cuatro corrientes que recorren cámaras interiores de longitud desigual. Cuando los cuatro frentes de gas se reúnen en la cámara final antes de salir, llegan desfasados en el tiempo. Esta es la clave.
Repartir la energía
En lugar de un pulso único y violento, el arma libera cuatro pulsos solapados que se interfieren. Esa interferencia hace tres cosas: el ruido baja porque el pulso acústico se distribuye con menor pico de presión; el fogonazo desaparece porque el gas se enfría por debajo del umbral de ignición del oxígeno, sin llama visible ni firma infrarroja; y el retroceso se reduce porque la energía se reparte en vez de concentrarse en un solo golpe.
Sin aletas que acumulen carbono, el MFMD alcanza los 20 o 30.000 disparos sin mantenimiento profundo, cuatro veces la vida útil de los accesorios convencionales. Los datos apuntan a una reducción del fogonazo de entre el 98-99%, y una atenuación sonora de entre 15 y 36 decibelios.
Esa geometría interior no sería posible sin impresión 3D en metal. El proceso construye el supresor capa a capa sin acceso exterior a las cavidades internas. Los conductos no pueden mecanizarse con tornos convencionales: la máquina los fabrica desde dentro, y las cámaras quedan formadas sin que ninguna herramienta haya entrado en ellas.
Piezas que se reúnen con funciones concretas
El sistema es modular: se añaden piezas para incrementar su eficiencia. El módulo principal se monta sobre el cañón y retrocede entre una y tres pulgadas sobre la boca. A ese núcleo se acopla otro para suprimir el fogonazo y bajar el ruido a niveles seguros para el oído. Una tercera pieza añade más volumen de expansión y elimina también la firma infrarroja detectable por sensores digitales. El cambio entre configuraciones se hace en menos de diez segundos y sin necesidad de herramientas.
El sistema cubre calibres desde el 5,56 milímetros hasta el .50 BMG. Se ha probado con el fusil Sig Spear del programa NGSW y Francia tiene unidades en evaluación. El precio del conjunto con todos sus módulos ronda los 3.000 euros y hay una versión civil prevista en aquellos países cuya legislación lo permita.
Hiram Percy Maxim registró su patente porque quería que la gente pudiera cazar sin molestar a sus vecinos. Casi 120 años después, su invento ha evolucionado hasta el punto de que las fuerzas especiales lo usan para que sus disparos no aparezcan en cámaras térmicas enemigas. La física no ha cambiado, pero la ingeniería que la aplica ya no tiene casi nada en común con aquel tubo de 1909. Maxim sonreiría. El Predator, a lo mejor no tanto.
