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'La paradoja de Antares', emoción en 15 m²

El director Luis Tinoco estrena su primer largometraje, rodado en un sólo lugar con un sóla protagonista, que intenta demostrar la existencia de vida en otro planeta

‘La paradoja de Antares’, emoción en 15 m²

Andrea Trepat | Fotograma

Luis Tinoco (Mataró, 1978) hizo de la necesidad virtud. Así, después de una carrera como cortometrajista (su tercer corto, Caronte, consiguió 65 premios internacionales y ha sido nominado con su obra corta al Premio Goya y los Premios Gaudí) y supervisor de VFX (de filmes como Interstellar o Hellboy), el realizador catalán sintió la necesidad de «hacer ese siguiente paso: realizar un largometraje. Tenía la necesidad de explicar una historia más larga, más compleja», cuenta. Sabía, de cualquier forma, que habría de producirla él, con sus recursos y lo que tenía alrededor. Por ello, enseguida se le ocurrió la idea de realizar una película con un solo protagonista, en una sola localización. «Esto te pone un montón de trabas y condicionantes –dice el director–, ya que te lo estás jugando todo al guion y a la interpretación». Interpretación sublime, se ha de decir, que corre a cargo de la actriz Andrea Trepat, cuya sutileza dramática recorre un amplísimo arco lleno de matices y picos durante el transcurso de la cinta y que la actriz trabaja con precisión y una notable exquisitez emocional.

Este es el tercer personaje protagónico en cine al que se enfrenta Trepat. Sobre las dificultades de acometerlo, cuenta la actriz (quien vive entre Barcelona y Madrid) en una terraza de la plaza de la Virreina de Barcelona, que tuvo la suerte de poder realizar los ensayos en el mismo espacio del rodaje, lo que le permitió manejarse ya con las distancias reales, el diferente atrezzo con el que cuenta la película (se desarrolla en su totalidad en los interiores de las instalaciones de un radiotelescopio S.E.T.I, unos proyectos científicos reales especializados en la búsqueda de señales de posibles civilizaciones extraterrestres).

Andrea Trepat. | Fotograma

En la construcción del personaje, además, explica Trepat, pudo contar con la complicidad del director y guionista, quien supo guiarla y disipar todas sus dudas sobre el personaje. Pues, como confiesa Tinoco, Alexandra Baeza, la protagonista de la película, una científica dedicada por entero a su trabajo, me «hiperrepresenta. Yo soy Alexandra de alguna manera. Siempre me ha encantado mi profesión, he disfrutado haciéndola, con los rodajes, la creación, el montaje de efectos visuales. Soy una de esas personas que ha trabajado de lunes a lunes y que ha dejado de hacer cosas por entregar un trabajo, así que pudo entender a la protagonista perfectamente». Andrea Trepat cuenta que, a pesar de que le apasiona su trabajo, porque le permite siempre aprender de otros personajes y otras formas de ver la vida y esto la vuelve mucho más humilde y empática respecto a los demás, ella no tiene demasiado que ver con Alexandra Baeza. De ahí la importancia cómplice entre director y actriz.

Una angustia contrarreloj

En el radiotelescopio en el que trabaja la protagonista de La paradoja de Antares, según se incorpora el personaje a su turno de trabajo, se recibe una señal. Una señal muy potente. La científica protagonista del relato, aficionada a la exploración alienígena desde muy temprana edad, se da cuenta de que probablemente está frente a la oportunidad más importante de toda su carrera profesional. Se reciben señales en el observatorio, de continuo, pero ninguna es tan potente como esta. De todos modos, se han de realizar una serie de comprobaciones. La emoción va in crescendo, pues una a una las pruebas de verificación van saliendo positivas. Hay, no obstante, dos grandes dificultades que se han de superar: no tiene tiempo suficiente para realizar las comprobaciones, ya que el telescopio dejará de funcionar en dos horas.

Además, hay una terrible tormenta con muchísimo viento que obliga (hipotéticamente) a fijar la antena del telescopio para que no se rompa ni salga volando. Y, para acabar de rematar la urgencia, el padre de la protagonista está en el hospital, le quedan muy pocas horas de vida. Va a morir esa misma noche. Así, la protagonista de la cinta debe decidir: la ciencia o el sentimiento, la familia o el trabajo, la civilización o el individuo. 

«Me gusta mucho ese contraste entre las grandes preguntas de la humanidad, saber si estamos solos en el universo, por ejemplo, saber cómo funciona el universo, qué somos, y eso mezclado con lo pequeño, lo íntimo, el drama familiar de un individuo que se encuentra a las puertas de dar respuesta a una pregunta que lleva toda la vida haciéndose. Esa sensación de combinar lo pequeño, humano y personal con algo tan grande y universal», explica Luis Tinoco. Y es de ahí de donde surge la paradoja. La decisión que la prota de la peli debe tomar. Una decisión que podemos entender en su demora, ya que durante todo el filme debe resolver esa contradicción sentimental, afectiva, laboral y vocacional. Hay pruebas casi a cada minuto.

Dice Tinoco que, para enfrentarse a una película que sucede íntegra en un espacio de apenas 15 metros cuadrados, ha estado haciendo mucho trabajo de documentación.  Así, para que la película no cayese en la monotonía visual, la repetición o el aburrimiento, revisó películas como Buried, de Rodrigo Cortés, «una peli superentretenida que te tiene en vilo en el asiento desde el principio. Es muy interesante cómo usa el poquísimo espacio que tiene, apenas un ataúd. Pensé: si eso se puede hacer en un ataúd, lo puedo hacer yo también en el set de las instalaciones de un radiotelescopio».

También le fueron útiles las películas La soga, La última llamada o The Guilty y la serie de Netflix Oxygen. Exhaustivo trabajo de documentación que ha dado su fruto, ya que tras el paso por diferentes festivales (la cinta se estrenó en el pasado Festival de Sitges 2022, pero también tuvo su première internacional en el Fantastic Fest de Austin (Texas), cuenta Tinoco que, del feedback recibido, una de las cosas que más le ha alegrado ha sido precisamente el valor que todo el mundo le ha dado a su buen uso del espacio en términos de realización y montaje.

Andrea Trepat. | Fotograma

La conseguida variedad visual de los planos de cámara y el montaje viene reforzada asimismo por el hecho de que la película, a pesar de compartir todo el rato un mismo espacio, se abre a asuntos que acontecen en el exterior: las noticias que se ven en la televisión, el meteosat y las diferentes llamadas y videollamadas que sostiene la protagonista con su hermana, compañeros de trabajo o la gente del hospital en el que agoniza su padre. También con una serie de emotivos vídeos que le manda el padre a través de la hermana (grabados días atrás) y en los que primero empatiza con ella, y le dice que la entiende, pero en los que finalmente le rogará a su hija que vaya a verle al hospital, que quiere (y necesita) despedirse de ella.

En definitiva: que, aun contando con un mismo espacio inalterado, la película no se siente claustrofóbica ni asfixiante. Sí es angustiante, pero por otros motivos, los que tienen que ver con el reloj, con la carencia de tiempo que tiene la protagonista. La paradoja de Antares es una excelente ópera prima que nos habla sobre la vocación, el deber, el compromiso y lo trascendente. Una cinta que nos obliga constantemente a tomar partido, a la vez que nos genera dudas, ya que todos los personajes que aparecen tienen sus razones válidas, recogidas en una clara lógica. Y ahí radica su fuerza: en esa potente ambivalencia. En el saber que quizá no haya una respuesta correcta, sino muchas. Y todas, al fin, legítimas.

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