La política como simulacro
«El escándalo se sucede al escándalo, la dimisión a la dimisión, la investigación a la investigación, y la noria sigue girando»

'Los Pilares de la Sociedad' (1926), óleo sobre lienzo de George Grosz.
Hay un momento en que el actor se olvida de que actúa. Deja de fingir y empieza a ser el personaje, no porque haya encontrado la verdad del papel, sino porque ha perdido la suya. Algo así le ha ocurrido a la política. Ya no miente porque ha dejado de necesitar la verdad.
Observemos la escena: El político sube al estrado. Gesticula. Sus palabras articulan conceptos (justicia, pueblo, futuro, patria) con la fluidez oleaginosa de quien lleva años practicando ante el espejo. Se detecta en su cara la imbecilidad perpleja del que ya no recuerda la diferencia entre actuar y ser. No es que mienta: la mentira supone todavía cierta relación con la verdad, cierta conciencia del abismo entre lo que se dice y lo que se sabe. Este hombre ha ido más allá. Habita un plano donde la distinción entre mentira y verdad se ha vuelto arqueológica, una antigualla del siglo pasado, algo que ya no le roza.
La corrupción, ese espectáculo que la prensa explota y los ciudadanos soportan con el cansancio de quien lleva décadas viendo la misma obra, no es la perversión del sistema. Es su núcleo más honesto. Cuando el político adjudica el contrato a cambio del favor, cuando cobra la asesoría que no asesora, cuando coloca al amigo en la plaza que no merece, no está traicionando nada: está siendo coherente con la lógica profunda de una maquinaria que hace tiempo abandonó cualquier propósito de verosimilitud. Es evidente que no necesita la verosimilitud perpetuarse.
Por eso el sistema no colapsa. Ahí reside el prodigio. El escándalo se sucede al escándalo, la dimisión a la dimisión, la investigación a la investigación, y la noria sigue girando porque los zombis son eternos. Dimite hoy, vuelve mañana. Funda un partido, ficha por otro, da conferencias, cobra asesorías. La máquina no para porque no existe nada que la detenga. Todo intento de ruptura queda absorbido y todo grito se convierte en eslogan publicitario.
Lo que se vende en este mercado es puro humo con etiqueta. Simulacros de ideología para los que necesitan sentir que eligen entre opciones distintas. Simulacros de orden para los que temen el caos. Simulacros de criterio, de rigor, de proyecto. El político zombi es un distribuidor de placebos semánticos con la habilidad del chamán y sin su fe, pues recita los conjuros sabiendo perfectamente que son conjuros, y eso, paradójicamente, afina su técnica. La creencia distorsiona y el vacío afina.
«El ciudadano vota, se indigna, exige dimisiones, celebra condenas, y al año siguiente vuelve a votar»
El ciudadano participa en la farsa con la complicidad resignada del espectador que sabe que la obra es mala y sigue en su butaca porque tampoco tiene adónde ir. Vota, se indigna, exige dimisiones, celebra condenas, y al año siguiente vuelve a votar. Izquierda y derecha son marcas distintas del mismo producto, reformuladas para segmentos diferentes del mercado electoral. La intensidad del debate es inversamente proporcional a la diferencia real entre las opciones. Se grita más cuanto menos está en juego, porque el ruido es el producto, el conflicto es el espectáculo, y el espectáculo es lo único que ya sostiene al mundo.
Y ahora estamos llegando al paroxismo de los simulacros, al punto en que la farsa ya no necesita disimularse, porque, como ya habían previsto Guy Debord y otros, la sociedad del espectáculo exige una política del espectáculo, que a veces puede ser incluso pornográfico. Entonces la política deviene simulacro de sí misma, y al poder le basta con ser un simulacro para ser eficaz, en un mundo donde todos son simulacros, y por lo tanto todo es banal. Dicho de otra manera: en un mundo donde ha desaparecido la realidad.
Miro a mi alrededor y tengo la impresión de que son muchos los políticos de ahora que ya están encarnando la política como simulacro, que solo puede sostenerse en la política del espectáculo. Por eso el lenguaje se va degradando y busca el efecto inmediato que propone la sociedad del espectáculo, que sería también la sociedad de los simulacros.
Nos envuelve la política de la irrealidad, con una narrativa parecida a la del teatro del absurdo, que no necesita el apoyo de la lógica, a años luz de distancia de cualquiera de las dimensiones de lo real, porque su forma de expresarse es el espectáculo, y aunque se trataba de algo que McLuhan, Debord y Baudrillard habían previsto, su irrupción sideral en nuestros días ha dejado el mundo en suspenso, y muchos aún no lo han asimilado.
