¿Estamos en la edad de las epidemias?
«Tucídides nos invita a pensar que padecemos las enfermedades de siempre, y que solo cambian algunas circunstancias»

Detalle de 'El triunfo de la Muerte', óleo sobre tabla de Pieter Brueghel el Viejo. | Wikimedia Commons
Tucídides fue el autor antiguo que con más objetividad habló de las epidemias. Explica la peste de Atenas sin recurrir a la religión, hablando, casi clínicamente, de los síntomas, los contagios, el colapso social, el pánico y el derrumbe moral, con la claridad que le caracteriza y sin convertir la epidemia en una enfermedad moral que llega del cielo, como hicieron Homero y Sófocles, donde siempre aparecen los dioses cuando llega la peste.
Los dioses de la antigüedad convertían las epidemias en un biopoder, como más tarde Dios, que cuando quería castigar de verdad a la humanidad tenía a su alcance la peste: una pavorosa manera de propagar la muerte, que no desdeña a nadie, como proclamaban los danzantes de la Edad Media: «A la danza mortal venid los nascidos,/ que en el mundo soes de cualquier estado…». Detrás de la dama de la guadaña, que invitaba a todo el mundo a participar en su danza, estaba naturalmente Dios.
La tendencia a atribuir las epidemias a un deus ex machina ha continuado imperturbable hasta nuestros días, y solo ha cambiado la personalidad de la máquina. Cuando llegó el sida, la empezaron a llamar «la peste rosa» y los que más utilizaban tan indigna expresión eran los que más mentaban a Dios, que seguía guiando a la humanidad con manopla goda. Pero no hace falta ser tan explícitos para ver la patita del deus ex machina, ni para que la enfermedad se convierta «en metáfora moral», como diría Susan Sontag.
Para autores como Ulrich Beck, la modernidad es la causante de las plagas que nos afligen, porque produce «amenazas globales invisibles», donde el miedo deja de ser local y se replica a velocidades de pesadilla. Jean Baudrillard habla de «contagio imaginario» y de viralidad informática, lo que supone aceptar la categoría de «virus simbólico», por no decir virus metafísico. Paul Virilio piensa que toda tecnología crea sus accidentes específicos, y por ahí interpreta la pandemia que padecimos, pues según él la «globalización acelera los contagios físicos y psicológicos». Es decir, la modernidad, que tanto invocaba Beck, sería una vez más la culpable. Y para Žižek, devoto de Lacan, una epidemia sería la irrupción de lo Real, con mayúscula. Y lo Real en Lacan es una divinidad terrible, que apunta al momento en el que sobran las palabras porque todo está envuelto por la realidad de la muerte, que es la realidad de la ausencia.
Antes que ellos, Camus veía en la peste una metáfora del fascismo, además de considerarlo el marco ideal para desvelar la condición absurda de la existencia y poner a prueba la solidaridad humana. Más tarde, Foucault vino a decir que las epidemias acentuaban la vigilancia sanitaria, o la vigilancia sin más, acentuando la tendencia del Estado a convertirse en administrador de la salud y la enfermedad. Y Frank M. Snowden sostenía que «cada época histórica está definida por sus enfermedades características y que las epidemias revelan la estructura política y moral de las sociedades», planteamiento que ha influido poderosamente en otros autores que, como él, achacan las enfermedades a las vicisitudes históricas, convirtiendo la Historia en el deus ex machina de sus planteamientos. Por todos ellos sobrevuela la idea de que vivimos en la «edad de las epidemias».
«Considero imposible sufrir tantas epidemias como en el siglo XVIII, que fue el siglo de la suciedad»
Sin embargo, basta con revisar un poco la historia para desbaratar esa creencia. Pensamos en la Francia del siglo XVIII. La desaparición de la peste bubónica fue sustituida por brotes recurrentes de viruela, tifus, disentería y gripe, que causaron una alta mortalidad. En Europa morían medio millón de personas al año víctimas de la viruela, y del cólera mejor no hablemos, pues todos los lustros los parisinos padecían algún brote, y volvían los cólicos, los calambres y la muerte a rondar por las calles y las casas.
Considero imposible sufrir tantas epidemias como en el siglo XVIII, que fue el siglo de la suciedad, pues a una apariencia formal realmente vistosa, había que añadir la casi absoluta falta de higiene. Como indican Patrick Süskind en El perfume y Jean-Baptiste del Amo en Una educación libertina, las calles, las casas, las personas apestaban en el siglo XVIII. Por eso fue el siglo de los perfumes. Había que ocultar la pestilencia, metáfora de la muerte, con una fragancia menos evidente. De esa manera, el perfume se convirtió en una máscara más en la edad de las máscaras, cuando en París se celebraban continuos bailes callejeros de gente enmascarada.
Volvamos al principio y recordemos que Tucídides habló con más racionalidad de las epidemias que muchos autores del presente. Su testimonio nos invita a pensar que padecemos las mismas enfermedades de siempre, y que solo cambian algunas circunstancias. Luego podemos buscar causas superiores… Siempre vamos a tener a mano algún dios al que podamos achacar nuestras desgracias, haciéndole además responsable de los inextricables vaivenes de la Naturaleza.
