Todos los caminos llevan a Roma
Catherine Fletcher recorre las calzadas romanas para explorar dos mil años de historia e identidad europea

El Coliseo de Roma, en foto de archivo. | EP
Seamos sinceros, ¿cuándo se fija uno en los caminos? En la mayoría de los casos, cuando hay algo externo a ellos que nos llama la atención o que dificulta nuestro paso. Ni en las obras históricas, ni geográficas, ni incluso en los libros de viajes se los menciona por sí mismos. A los caminos les pedimos mera funcionalidad y solo reparamos en ellos cuando esta brilla por su ausencia o hay alguna otra interferencia. Hay una excepción: las calzadas romanas han sido desde siempre una fuente de fascinación. Más en concreto, han constituido una presencia cultural que sigue operando a diversos niveles, desde puramente pragmáticos —trazado de carreteras— a literarios y artísticos. ¿Por qué?
En principio, porque sus propios diseñadores y constructores decidieron que fuera así. Aparte de su obvia función práctica, los caminos eran monumentos y, hasta de algún modo, podían considerarse superiores a estos en su dimensión simbólica: debido a su extraordinaria extensión y su longevidad, son muy pocas las construcciones aisladas que pueden equipararse a ellos. Eran —tenían que ser— uno de los grandes legados de Roma. Conscientes de ello, muchos emperadores procuraron dejar su huella —sus nombres, inscripciones conmemorativas— en las piedras miliarias al borde de las diversas rutas. Consiguieron su propósito: no solo han llegado hasta nosotros, ¡dos mil años después!, en su aspecto material, sino también en su caudal de evocaciones.
«Todos los caminos conducen a Roma». La famosa frase de origen medieval, que se conserva en varios idiomas del occidente europeo, se transformó con los siglos. De una verdad literal en el mundo romano pasó a tener un contenido alegórico en el imaginario colectivo de la cristiandad. La historiadora británica Catherine Fletcher utiliza una fórmula abreviada —The Roads to Rome— para presentar una excelente obra de divulgación que es, al mismo tiempo, una notable amalgama de diversos géneros, como si un ensayo de historia cultural, en su más generoso sentido, se volcara en el molde de un cuaderno de viajes. Así lo expresa el más indicativo subtítulo, A journey into Europe’s past, que se respeta en la versión española (Taurus, traducción de Joan Rabasseda y Teófilo de Lozoya): Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa.
Al lector curtido le bastará lo ya apuntado para que se pueda hacer una idea bastante precisa del contenido y tono del volumen. Lejos de la rigidez académica, la autora apuesta por todo lo contrario, dinamitando convenciones tanto en el aspecto cronológico como temático. De este modo, sus continuos saltos temporales se ven acompañados por una imbricación de las más diversas cuestiones históricas, políticas, sociales, artísticas o literarias. Fletcher emprende el camino —los caminos, en este caso— para diseccionar «un mundo de estratos, un palimpsesto de historia»: se ve a ella misma transitando unas rutas por las que antes circularon las legiones romanas, los peregrinos medievales, los cruzados, los «curiosos impertinentes» del Grand Tour, los ejércitos napoleónicos y hasta el mismísimo Duce en motocicleta.
De este modo se establece un paralelismo sugestivo: de la misma manera que los caminos romanos eran la red que hacía posible el poder de Roma y sustentaba su dominio sobre buena parte del orbe conocido, el libro se sirve de ellos como un instrumento para conectar distintas épocas y los acontecimientos más heterogéneos. La perspectiva temporal (histórica) deviene un correlato de la dimensión espacial (geográfica). Se establecen así unas constantes, unas pautas comunes a todos los que transitan por esas vías, vayan en son de paz o de guerra, sean poderosos o mendigos, circulen a pie o en funcionales vehículos. Por citar un aspecto tan nimio como pintoresco, las quejas por el estado de los caminos se repiten siglo tras siglo. Otro tanto podría decirse del componente estético, a menudo presente en la valoración del viajero, con sus diversas modulaciones, desde el entusiasmo a la actitud crítica.
Y esto mismo se podría aplicar a la propia autora, empeñada en convertirse en un personaje más de la trama, algo que puede resultar tan atractivo para algunos lectores como excesivo para otros. Me refiero, para decirlo claramente, al tributo que viene pagando en los últimos tiempos el ensayo clásico a la hipertrofia literaria del yo. En la línea de aclamados best-sellers históricos, como los de Mary Beard, Fletcher no duda en entrometerse en la narración y pespuntear el relato con sus peripecias personales, algunas mejor traídas que otras. Es verdad que este rasgo está presente desde hace mucho en la tradición ensayística anglosajona, tan admirable por otra parte en su combinación de rigor y amenidad, pero no deja de tener un componente distorsionador, acentuado en este caso por la tentación anecdótica del diario de viajes.
De hecho, la autora nos informa que su panorámica de los caminos a Roma es en buena medida el resultado de sus propios recorridos. Cinco en total, efectuados desde el verano de 2021 a octubre de 2022, tomando como punto de partida las ciudades más diversas del continente europeo: Bath, Berna, Cádiz, París y Viena, en algunos casos dando largos rodeos. Es interesante resaltar, porque nos da la medida de la red viaria del Imperio, que en ese deambular recorre 14 países, desde los más cercanos de occidente (Francia, España) hasta los confines orientales (Grecia, Turquía), pasando por Bulgaria o Hungría. Un trazado viario impresionante cuyas dimensiones exactas oscilan dependiendo de los criterios que se adopten, pero que, según cálculos de la propia historiadora, podría situarse «en torno a los cien mil kilómetros».
Si nos centramos en lo esencial, el contenido propiamente dicho, me atrevo a sugerir que lo mejor es dejarse llevar por la propuesta de la ensayista, olvidar los pequeños reparos antedichos, perderse en esos caminos que conectan el pasado y el presente… y disfrutar. Sí, disfrutar de un viaje que es a un tiempo real y legendario, nada menos que transitar por dos milenios de historia europea. Ya desde sus orígenes, las vías imperiales eran una forma admirable de organización espaciotemporal. Y, por ende, una prioritaria cuestión política. Los romanos entendieron que el poder implica capacidad de movilización. Ni leyes, ni riquezas, ni armas, ni soldados son nada si no se posee capacidad efectiva para acudir a los rincones más lejanos del Imperio. Las calzadas eran una gigantesca obra de ingeniería, pero también, y sobre todo, un instrumento de dominio.
Si seguimos este hilo, nos adentramos en una concepción del pasado que repele las categorías y abstracciones de una cierta historiografía —instituciones, estructuras, recursos— para bucear y hasta solazarse en la historia a ras de tierra, impregnándose del polvo del camino o manchándose del barro de los lodazales. La historia concreta, vívida y hasta pintoresca de cientos de miles —millones— de penitentes y turistas, potentados y menesterosos, comerciantes y bandoleros, románticos y perseguidos, jerarcas y soldados. Todo esto nos acerca a otra visión de Europa, complementaria de la que suele utilizarse en los debates al uso: si Roma era el centro o, en muchos casos, la meta, el continente europeo modelado por ella se nos aparece como un gran espacio de circulación. Una globalización avant la lettre.
En último término, hasta la propia Roma se relativiza y difumina en ese inmenso entramado. Entiéndase en sus justos términos. Roma vendría a ser la Ítaca del famoso poema de Kavafis. Roma representa en el mejor de los casos el destino soñado, el corazón de un poder material o espiritual que gravita sobre todas las tierras que rodean el Mare Nostrum, en especial las europeas. Pero el libro de Catherine Fletcher pone el foco en los caminos que llevan a ella. Descubrimos así que lo importante no es tanto el término en sí como el peregrinaje, al igual que sucede en la geografía ibérica con el Camino de Santiago. Es el trayecto, más incluso que la meta, el ámbito natural de influencias, encuentros, intercambios, comercio y solidaridad. Y también de lo contrario: rivalidades, disputas y actitudes beligerantes.
Todos los caminos llevan a Roma. Así fue en la Antigüedad clásica. Así continuó siendo durante siglos, cuando Roma se convirtió en centro espiritual de la Cristiandad. Fue también así cada vez que los europeos quisimos mirarnos en el espejo del pasado para descubrir nuestro rostro prístino, oculto por los tintes de los siglos subsiguientes: tal cosa aconteció en épocas cruciales, en el Renacimiento, la Ilustración, el Romanticismo. Ahora no es la exactitud literal del aserto la que nos interpela. Roma ya no es, ni mucho menos, el centro del mundo, en ningún sentido. Pero la frase sigue teniendo sentido para los europeos de este milenio: porque recordar que todos los caminos desembocaban en Roma hace de la ciudad eterna una metáfora de la conexión, que abre a su vez la posibilidad de convergencia en un proyecto común. Una Europa que se busca a sí misma podía encontrar ahí un poderoso símbolo de identidad.
