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Cultura

Carl Schmitt, el pensador incómodo (y peligroso)

El profesor José Luis López de Lizaga publica un enjundioso ensayo sobre las luces y sombras del polémico filósofo

Carl Schmitt, el pensador incómodo (y peligroso)

Carl Schmitt.

Carl Schmitt fue nazi. La afirmación es inapelable: se afilió al partido en 1933. Pero si nos limitáramos a esta aseveración, no se entendería por qué filósofos de la talla de Habermas o Agamben, por citar solo dos, se han empeñado en dialogar con su obra, sea para rebatir sus tesis, sea para arrastrarlas hacia el ámbito de la izquierda. Y tampoco se entendería por qué sus libros siguen editándose, y no precisamente en oscuros sellos filonazis: en España están disponibles en editoriales tan serias como Alianza, Trotta y Tecnos.

A entender por qué el pensamiento político de Carl Schmitt, feroz crítico de las democracias liberales, sigue despertando interés está dedicado el enjundioso ensayo del profesor de filosofía José Luis López de Lizaga, cuyo título es muy esclarecedor: Carl Schmitt. Lucidez y ceguera (Alianza Editorial).

La vigencia —y la incomodidad— de Schmitt se explica por dos motivos principales: porque su mirada sobre la política no es la de un utopista ni la de un panfletario, sino la de un filósofo y jurista empeñado en analizarla sin paños calientes. Y porque es un analista diabólicamente inteligente en la detección de problemas, aunque las soluciones que propone sean muy peligrosas. La aproximación de López de Lizaga al pensamiento del controvertido personaje es ponderada: reivindica la enjundia de su obra, pero jamás trata de esconder bajo la alfombra los aspectos menos edificantes de Schmitt, los postulados que le llevan a sucumbir a la tentación totalitaria y la ceguera o el oportunismo que manifestó al afiliarse al partido nazi. Propone el estudioso: «Convendría que empezase a suceder con Carl Schmitt lo que ya sucede desde hace tiempo con Karl Marx o con Martin Heidegger, autores a los que podemos leer hoy sine ira et studio, sin necesidad de posicionarnos inmediatamente en algún frente político. Schmitt es un autor del que se puede aprender mucho, aunque se rechacen radicalmente sus puntos de vista».

No da el espacio de este artículo para esbozar de forma cabal la visión de Schmitt sobre la política, pero apuntaré sus postulados más destacados, pese a que al sintetizarlos se corre el riesgo de simplificarlos en exceso y, por tanto, banalizarlos. Lo relevante —y acaso desasosegante— del planteamiento de Schmitt es que, a diferencia de la mayoría de pensadores modernos que abordan la política a partir de los ideales de la tríada de la Revolución Francesa —igualdad, libertad, fraternidad—, él se centra en algo más incómodo: el mantenimiento del orden y la seguridad, y los mecanismos necesarios para hacerlo. Por ello no es un heredero de Rousseau, Locke o Marx, sino de Hobbes y su teoría del Leviatán.

En su crítica a las deficiencias y debilidades de la democracia liberal parlamentaria, plantea que en condiciones normales rigen las leyes, pero para él la pregunta sobre quién detenta de verdad el poder se dilucida en la aplicación del estado de excepción. Cuando ante una amenaza interna o externa se derogan temporalmente esas leyes y la libertad individual y los derechos humanos pasan a un segundo plano. Tenemos ejemplos cercanos, desde el 11-S en Estados Unidos, hasta las medidas del confinamiento durante la pandemia. La sentencia más célebre de Schmitt es esta: «Soberano es quien decide sobre el estado de excepción». Y, por tanto, la verdadera autoridad política no estaría en las leyes que rigen en los tiempos normales, sino en la capacidad de suspender el orden jurídico para salvar al Estado de un peligro o una crisis extremos.

La política como enfrentamiento

Por otro lado, su concepción de la política se basa en la lógica amigo/enemigo y, por consiguiente, no la entiende como un espacio de consensos y pluralidad (confrontándose con los postulados de su coetánea Hannah Arendt). Para él, la política es enfrentamiento, cuyo exponente último sería la guerra. Se esté o no de acuerdo con esta visión, por desgracia la política actual parece darle la razón.

Tal como apunta López de Lizaga, «lo que de verdad divide a los lectores de Schmitt no es su importancia histórica (que nadie discute), ni su agudeza teórica (que nadie niega), sino su filosofía política, es decir, sus ideas normativas acerca de la naturaleza de la política, o acerca de la función y la legitimidad del Estado, o acerca del modelo que deberían adoptar las relaciones internacionales».

Para entender las raíces del pensamiento de Schmitt, es importante situar al personaje en su muy concreto contexto histórico: la Alemania derrotada en la Primera Guerra Mundial y humillada por el pacto de Versalles (los vencedores tomaron nota de su error y al término de la Segunda Guerra Mundial, optaron por la estrategia opuesta: ayudaron a levantar las economías de Alemania, Italia y Japón como vacuna contra el comunismo). Schmitt vivió en primera persona el desaguisado de la República de Weimar. Un caos que produjo una efervescencia cultural extraordinaria, pero cuyos demenciales índices de inflación todavía se estudian en las facultades de economía y cuya inestabilidad política podría sintetizarse irónicamente diciendo que los días pares había una intentona de golpe militar y los impares una tentativa de levantamiento revolucionario bolchevique. Es en estos años en los que el autor escribe sus obras más relevantes: Teología política, El concepto de lo político, Teoría de la constitución, Legalidad y legitimidad

Como contraposición a esa inestabilidad social, creció en Alemania lo que se conoce como la «revolución conservadora», de raíz rural, católica y reaccionaria. De ella forman parte figuras como Martin Heidegger, Ernst Jünger y Carl Schmitt. Los tres se dejaron seducir por los cantos de sirena del nazismo, medraron en esos años oscuros y después salieron más o menos indemnes, aunque no sin mácula.

Nazismo y exilio interior

En el caso de Schmitt, tras la derrota de Alemania, fue detenido e interrogado por los americanos, y se barajó la posibilidad de juzgarlo en Núremberg. Sin embargo, se dieron por buenas sus explicaciones de que su posición nunca fue la de ideólogo del nazismo, sino la de mero teórico jurídico. Como bien explica López de Lizaga en su libro, la relación de Schmitt con el nazismo es compleja y al entusiasmo inicial le sucedió lo que él defendió como una suerte de exilio interior. Las explicaciones que dio Schmitt están recogidas en las llamadas Respuestas en Núremberg, y puede leerse también una larga —y bastante divagativa y poco esclarecedora— entrevista que concedió en 1971 a dos periodistas alemanes, recogida en el volumen Mientras el imperio siga ahí (El Paseo).

Apunta con tino López de Lizaga que «todo es polémico en Carl Schmitt. La originalidad, la profundidad teórica y la calidad estilística de sus escritos han elevado algunos de ellos a la categoría de clásicos del pensamiento político contemporáneo, pero muchas de sus ideas nos resultan extrañas e incómodas, porque se enfrentan radicalmente a los principios de la democracia liberal, es decir, a esa compleja y a veces tensa combinación de legitimación democrática y apelación a los derechos humanos que, pese a todos sus defectos, delimita el terreno de juego de la política de nuestra época y de nuestra región del mundo. Carl Schmitt es un crítico implacable de ese marco conceptual e institucional, pero además es un crítico muy inteligente, y esto provoca en el lector actual de su obra una mezcla compleja de atracción y rechazo». Carl Schmitt. Lucidez y ceguera es una bitácora muy recomendable para introducirse en este pensador incómodo, peligroso y acaso necesario.

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