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Cine

Un documental y un libro reviven a Alfredo Landa y el cine popular español

'Landa', de Gracia Querejeta y Miguel Olid, y el rescate de las memorias del actor retratan el fenómeno social del landismo

Un documental y un libro reviven a Alfredo Landa y el cine popular español

Alfredo Landa. | EP

Pocos actores han tenido el honor de haber generado un concepto. De Alfredo Landa surgió el landismo. No era precisamente un piropo, pero el hecho de que definiera toda una época de la comedia española nos da idea de la relevancia que, como fenómeno sociológico, tuvo el personaje. Llega ahora una suerte de revival de su figura por partida doble. Se ha estrenado un documental, Landa (disponible en Movistar Plus+) dirigido por Gracia Querejeta y Miguel Olid, y se han rescatado sus suculentas memorias, Alfredo el Grande (Silex), que llevaban años descatalogadas y rebosan de chismes, maldades y anecdotario sobre el cine y el teatro españoles a lo largo de varias décadas.

Sumados ambos productos, resultan ser dos aportaciones complementarias sobre la figura de Alfredo Landa. En las memorias da su versión de los hechos en primera persona, con un estilo muy ágil, ya que están escritas en conversación con el crítico Marcos Ordóñez. Mientras que el documental plantea un retrato a través de personas interpuestas, con una variopinta gama de testimonios, que van desde compañeros de profesión y cineastas hasta dos de los hijos, pasando por críticos e historiadores de cine.

La carrera de Alfredo Landa puede dividirse a grandes rasgos en tres etapas. En primer lugar, la del actor teatral que se pasó al cine porque era una profesión menos sufrida. «Lo de repetir doscientas veces la misma función por toda España no es lo mío», dice en sus memorias. En segundo lugar, la época del estrellato popular, entre el tardofranquismo y la transición, que es cuando emerge el fenómeno del landismo. Y por último llega la consagración actoral con papeles dramáticos que le permitieron lucir su ductilidad y hasta ser galardonado en el Festival de Cannes.

Sobre los años en el teatro hay interesante anecdotario en las memorias, que incluye la evocación de figuras como Miguel Mihura, mientras que en el documental afloran los recuerdos de José Sacristán, que fue compañero de fatigas y miserias sobre las tablas y en los platós, y resulta ser el entrevistado que dice cosas más sensatas y conmovedoras. Sobre el periodo del landismo, el propio Landa echa pestes de muchas de las películas que protagonizó —a un ritmo de hasta siete por año— y se lamenta en el libro de que lo convirtieran en emblema de un cine hoy denostado, pero que entonces arrasaba en taquilla. «Con No desearás al vecino del quinto empezó oficialmente lo que Tomás García de la Puerta, crítico de cine del diario Pueblo, llamó peyorativamente el landismo. Los críticos fueron muy injustos conmigo. (…) Me hicieron responsable absoluto de todo lo que aparecía en pantalla, como si aquellas películas no tuvieran un productor, un director y un guionista. Yo hacía mi trabajo lo mejor que podía, como muchos otros compañeros de la época. Es lo que había. Si había suerte, hacíamos cosas buenas. Si no, regulares o malas, e incluso pésimas».

El documental arranca con la demolición del landismo para después vindicar al actor al que, a partir de la Transición, algunos directores de prestigio le sirvieron en bandeja la posibilidad de un cambio de registro. Sin embargo, por el camino incorpora un segmento que, más que retratar a Landa, retrata los tiempos que corren. El dedo acusador suma al pecado del landismo otro todavía peor. ¡Tan terrible que no puede ni mentarse! Uno de los entrevistados lo expresa con un circunloquio: «Alfredo era un hombre de orden». O sea, conservador, de derechas. ¡Vaya por Dios! ¡El acabose! ¡Anatema! La necesidad que sienten los autores del documental de sacar este espantajo nos habla de la inquebrantable vigencia de la superioridad moral de la izquierda y su implacable dominio de los medios culturales.

Suecas y machos ibéricos

Siempre he defendido que el retrato sociológico más preciso de una sociedad en una época concreta lo dan los géneros populares en el cine, más fiables como termómetro que el más sesudo estudio académico. La carrera de Alfredo Landa evolucionó con la comedia española, que a su vez evolucionó con la sociedad española. Y si hasta mediados de los años sesenta participó en películas notables como Atraco a las tres de Forqué —una de las joyas de la comedia española— o La niña del luto del inquieto Manuel Summers, después el panorama se fue degradando.

A finales de los años sesenta y durante la década de los setenta, la comedia española acumuló taquillazos que reciclaban los planteamientos del vodevil, incorporando suecas, dosis crecientes de destape y machos ibéricos en celo que siempre acababan volviendo al redil de la parienta como corderitos. Al landismo le siguió, a partir del exitazo popular de Los bingueros en 1979, el fenómeno Esteso y Pajares, que demostró que la comicidad vodevilesca todavía podía bajar algún escalón más.

Hay en el cine del landismo algunos momentos de comicidad eficaz, mucha precipitación en guiones mal acabados y rodajes acelerados, y abundancia de escenas que vistas hoy provocan bochorno por muy buena voluntad que se ponga. Son películas populares que devuelven un reflejo especular de la sociedad española de aquel entonces no muy grato.

Es ilustrativo comparar los esplendores de la commedia all’italiana, que supo retratar con agudeza la Italia del milagro económico con la más adocenada comedia española. El propio Landa da una de las claves que explican la diferencia: «Apenas hay películas en el cine español de la altura de La escapada, Una vida difícil o En nombre del pueblo italiano. Eran comedias populares, pero con un componente crítico que aquí no hubo. Por la dictadura, obviamente». Aunque sí hubo salvedades, como El cochecito y El pisito de Ferreri o Plácido y El verdugo de Berlanga. No por casualidad, el guionista de todas ellas era Rafael Azcona, de quien este año se celebra el centenario del nacimiento.

Arquetipo del ciudadano medio

Con todo lo que se puede criticar del landismo, hay algo que no se le puede negar a Alfredo Landa. Fue una de esas raras estrellas del cine popular con la capacidad de convertirse en arquetipo del ciudadano medio a través de la comedia. Como Jack Lemmon en el cine americano, Louis de Funes en el cine francés o Alberto Sordi en el italiano. En el documental, uno de los entrevistados compara erróneamente a Landa con Mastroianni; no, su equivalente italiano es Sordi como personificación del sufrido romano de clase media o popular. En el cine español, Landa compartió la condición de estandarte del español medio con ese actor pluscuamperfecto que fue José Luis López Vázquez.

El primer director que supo utilizar la condición de arquetipo de Alfredo Landa fue Juan Antonio Bardem en su panfleto El puente, una película de 1977 que ha envejecido mal y a la que hoy se le ven todas las costuras y capas de brocha gorda. En ella Landa, que acarreaba la mochila del landismo, era reconvertido en un currante que descubría la conciencia de clase.

Después llegó Garci con Las verdes praderas y sobre todo con El crack. ¡Landa, el de las muecas y la gesticulación, haciendo de impasible detective privado! Era tan osado como cuando Saura le ofreció a López Vázquez su primer papel serio en Peppermint Frappé. En ambos casos, los productores estaban aterrados ante la posibilidad de que el público rompiera a reír en cuanto los viera aparecer en pantalla. Landa dio el do de pecho interpretativo con el tremendismo ruralista de Los santos inocentes, con la que ganó el premio a mejor actor en Cannes, compartido con Paco Rabal. Según cuenta en las memorias, el premio se lo iban a dar a él solo, pero maquinaciones entre bambalinas de la entonces directora de cinematografía Pilar Miró surtieron efecto para que fuera ex aequo con Paco Rabal. Probablemente porque Landa era «un hombre de orden» y Rabal representaba en la España felipista de entonces todo lo contrario.

Asoma también en el documental el asunto de las malas pulgas y los exabruptos del actor, que generaron más de un enfrentamiento en los rodajes. La muestra de que Alfredo Landa no se andaba con diplomacias está en sus memorias, que causaron revuelo cuando se publicaron por primera vez. En ellas se expresa sin filtro y se despacha a gusto con compañeros de profesión. Cuenta maldades sobre López Vázquez (que intentó robarle un papel), Fernán Gómez (que al beber perdía los papeles), Gracita Morales (caprichosa, despótica), Gómez Bur (robaescenas profesional) y los productores Alfredo Matas (aficionado a las camas redondas) y José Luis Dibildos (que lo engatusó con un contrato draconiano)…

Según algunos, cuando el actor acometió sus memorias tal vez ya empezaba a tener problemas seniles y eso le hizo levantar el pie del freno, y además no revisó a conciencia el manuscrito antes de darlo a imprenta. Tal vez fuera así, pero eso las convierte en algo inusual y valioso: unas memorias sinceras.

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