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'La muerte de Robin Hood', el lado oscuro del presunto héroe

La película, protagonizada por Hugh Jackman, convierte al aventurero justiciero en un asesino abrumado por su pasado

‘La muerte de Robin Hood’, el lado oscuro del presunto héroe

La muerte de Robin Hood. | IMDb

La leyenda de Robin Hood tiene su origen en el Medievo. El personaje apareció en narraciones y baladas y de ahí saltó a la novela y al cine. Pese a que está rodeado de elementos reales —el bosque de Sherwood, Ricardo Corazón de León, Juan Sin Tierra…—, ningún historiador ha podido demostrar que existiera, aunque se han encontrado posibles fuentes de inspiración más o menos vagas. ¿Por qué ese mito remoto ha ido saltando en el tiempo y sigue vivo en nuestros días? Porque lo del forajido que roba a los ricos para dárselo a los pobres es un gancho infalible para forjar un héroe y una leyenda.

Llega ahora a las pantallas la enésima reencarnación de un personaje, sobre el que hay más de 40 películas. Se titula La muerte de Robin Hood y parte de una premisa interesante: cuestionar el mito. Según esta versión, Robin de los bosques no habría sido un aventurero justiciero, sino un asesino cuyas sanguinarias andanzas fueron edulcoradas por las fábulas inspiradas en su figura.

Aquí, Robin Hood (Hugh Jackman) es un hombre avejentado que vive escondido en las montañas, porque teme la venganza de los hijos y nietos de las muchas personas a las que mató sin piedad. Un día recibe la visita de su antiguo compañero de fatigas, el Pequeño John (Bill Skarsgård), que le pide ayuda para defender a su esposa e hija de unos agresores. Como resultado de esa batalla, Robin acabará recuperándose de sus heridas en una abadía recóndita en una isla. Al mando está una abadesa (Jodie Comer) que ha creado allí un refugio para huir de la violencia del mundo. Entre los moradores de la abadía hay un viejo mercenario ahora leproso (Murray Bartlett, al que solo le vemos los ojos, porque lleva el rostro cubierto de vendajes). Y hasta allí llegará también la hija del Pequeño John (Faith Delaney), para la que Robin se convertirá en una figura paterna.

A la deconstrucción del mito la película añade una decisión muy osada, sobre todo para una producción que se vende con aires de blockbuster veraniego. La primera media hora obedece a lo esperable: el protagonista trata de dejar atrás su pasado, pero el pasado vuelve y se ve envuelto de nuevo en acciones violentas. Vemos combates nocturnos entre llamas muy bien rodados; un clima que puede recordar a la brutal majestuosidad de El hombre del norte, la película vikinga de Robert Eggers.

Sin embargo, el tono que sigue la hora y media después de la llegada de Robin a la abadía es radicalmente diferente al anterior y La muerte de Robin Hood se transforma en una obra contemplativa y elegíaca sobre un hombre que quiere purgar sus pecados y se prepara para morir. El espectador, acostumbrado a los modelos estandarizados de contar historias, espera que ese valle narrativo central desemboque en un final de violencia catártica. Y cuando llega a la abadía un joven herido (Noah Jupe) que no le quita ojo a Robin, parece que eso va a suceder. Pero lo que pasa es muy diferente.

Desconcertante y sugestivo

Se le pueden poner algunas pegas a la hora y media en la abadía, por el ritmo moroso y el estancamiento narrativo que se apoderan de la película. Pero, por encima de eso, es de justicia destacar la osadía del director y guionista Michael Sarnoski para romper moldes. Los espectadores que se esperen a un Robin Hood aventurero y peleón se van a llevar un chasco morrocotudo. En el fondo, este Robin Hood no está tan alejado de otro gran papel de Jackman, el Lobezno crepuscular de Logan, probablemente la mejor, más compleja y más adulta película de superhéroes jamás rodada.

Para entender la propuesta de La muerte de Robin Hood conviene echar un vistazo a la carrera de su director y guionista. Sarnoski debutó con Pig, un thriller de lo más excéntrico: a un tipo huraño que vive solo en el bosque (Nicolas Cage) unos desaprensivos le roban su preciada cerda trufera y el huraño entra en modo vengador para recuperar lo que es suyo. Todo en esa película era estimulantemente inusual: la trama, el ritmo, el tono… Ganó premios y funcionó en taquilla, y a Sarnoski le ofrecieron… la tercera entrega de una franquicia de terror, en formato de precuela: Un lugar tranquilo: Día 1. Y, oh sorpresa, el cineasta, que también escribió el guion, supo convertir lo que en otras manos hubiera sido pura fórmula en algo original y con cierta profundidad dramática.

Ahora vuelve a mostrar audacia y talento en esta vuelta de tuerca al mito de Robin Hood, que desconcertará a más de uno, pero que es una sugestiva aportación a un canon que habitualmente ha discurrido por caminos muy predecibles. En literatura, Robin Hood aparece en el Ivanhoe de Walter Scott y después el escritor e ilustrador estadounidense Howard Pyle le dedicó la novela Las alegres aventuras de Robin Hood. El personaje también protagonizó dos obras de Alexandre Dumas, El príncipe de los ladrones y Robin Hood el Proscrito. Su salto al cine estaba cantado y ya en 1908 es el héroe de una producción británica. El primer clásico, todavía en el periodo mudo, llegará en 1922: Robin de los bosques de Allan Dwan, con el acrobático Douglas Fairbanks. La versión más popular —ya sonora y en color— es la de 1938, protagonizada por Errol Flynn. También podemos adjudicar condición de clásico a la cinta de animación de Disney de 1973, en la que el personaje era un zorro.

Versiones españolas

Entre medio, montones de películas de aventuras, incluidas varias de serie B rodadas en Europa. Dos de ellas españolas: Robin Hood, el arquero invencible de 1970, dirigida por José Luis Merino (que también hizo versiones cutres de El Zorro y Tarzán). Y Robin Hood nunca muere, de 1975, el debut como realizador de Francesc Bellmunt, que tres años después dirigiría uno de los hitos sociológicos del cine de la transición: L’Orgia.

Entre las versiones modernas de las andanzas del proscrito del bosque de Sherwood destacan dos: Robin Hood, príncipe de los ladrones, de Kevin Reynolds, con Kevin Costner, y el Robin Hood de Ridley Scott con Russell Crowe. Un caso aparte es la parodia de Mel Brooks (que hace unos días ha cumplido el siglo), Las locas, locas aventuras de Robin Hood, cuyo título original tenía más retranca: Robin Hood: Men in Tights, es decir, hombres en mallas o pantis.

Entre las películas sobre el personaje destaca por su originalidad Robin y Marian de Richard Lester, una tragicomedia romántica crepuscular en la que Sean Connery interpretaba a un avejentado y descreído arquero. Regresaba de combatir en Francia con un tiránico Ricardo Corazón de León y retomaba sus amoríos con Lady Marian (Audrey Hepburn), ahora convertida en monja. La simiente de la desmitificación plantada en esa película fructifica —con un planteamiento muy distinto— en La muerte de Robin Hood.

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