Una de las grandes novelas del siglo XX: 'Stoner'
John Williams demuestra que una sola obra justifica su pertenencia al Olimpo de los escritores

John Williams. | Baile del Sol
Stoner, la novela escrita por John Williams hace sesenta años, ha logrado situarse entre las grandes de la historia, pero lo ha hecho por sus propios méritos, sin campaña otra que la difusión boca a boca. La mejor prueba de ello es que en España es una pequeñísima editorial tinerfeña, Baile del Sol, la que la publica en diciembre de 2010 con traducción de Antonio Díez Fernández. A esa primera edición suceden otras cinco, con 12 reimpresiones. Pero sigue sin figurar en ningún top-100 de las mejores historias de ficción, y debería estar en ese podio. Digo de no ficción por más que, en no poca medida, Stoner nazca de la propia historia personal de John Williams, nacido y criado en una pequeña localidad de Texas (Clarksville) en 1922, enrolado en el ejército en 1942, por el que fue destinado durante la Segunda Gran Guerra al noreste asiático. Se licenció en Denver en 1949 y desde el año siguiente fue profesor, primero, de la Universidad de Misuri, un Estado del medio oeste americano caracterizado por sus verdes praderas, y luego, hasta su jubilación, en la de Denver (Colorado), en la que asumió la dirección de una revista literaria.
Stoner, que es la tercera de las novelas de John Williams tras Solo en la noche (1948) y Butcher’s Crossing (1960), narra la vida de un joven (William Stoner) nacido en una humilde familia de granjeros que logra estudiar en la universidad teóricamente para adquirir en la nueva Facultad de Agricultura conocimientos que le permitieran alcanzar mejores rendimientos para el campo, pero que ve realizada su vocación con los estudios de filosofía. Al concluirlos, le ofrecen una plaza como profesor precisamente en la Universidad de Columbia en Misuri, en la que ejerció ininterrumpidamente desde 1918 —todavía en plena Primera Guerra Mundial— hasta su muerte en 1956. Se compadece casi perfectamente con la biografía del autor, aunque John Williams sí se alistó en el ejército.
Stoner fue un ser sufriente, un remero esforzado que se agarraba a lo que Platón y Aristóteles nombraron como la «habilidad con las letras», como el máximo deleite que la vida podía ofrecerle. Desconocía los rudimentos básicos del amor filial, de la amistad, de la pasión y del deseo de fusión con otra persona, pero logró descubrir lo que era capaz de imaginar en Katherine Driscoll. Quizás las tardes con ella le permitieron olvidar todas sus desdichas.
John Williams demuestra que una sola novela puede justificar ser un grande de la literatura, y pertenecer por derecho propio al Olimpo de los escritores que hacen de la ficción —aunque aquí con elementos autobiográficos— un arte.
Seguro que Williams tuvo un referente, un maestro. Y, como él, Stoner encontró su destino con la ayuda de Archer Sloane, un profesor intimidante ante el que caía en la mudez, pero que, al tiempo, le motivaba para sumergirse horas y horas en la biblioteca en su ansia por saber. Stoner no regresó a la granja; sus padres quedaron frustrados (decepcionados y tristes) sin él. Aceptó de buen grado su plaza (gris) de profesor (de gramática y composición), aunque su extraordinaria tesis sobre uno de los Cuentos de Canterbury de Chaucer quizás la pudiera haber encumbrado en el mundo académico. De su limitada sociabilidad, Stoner hizo dos amigos, Masters y Finch («nosotros tres somos la universidad»), pero ambos se alistaron y él se quedó; incluso logró zafarse cuando el reclutamiento fue general. Stoner amaba la literatura, el lenguaje, la combinación armoniosa de letras y palabras, y fue ganando confianza en sí mismo y prestigio entre los alumnos que asistían a sus clases. Ya por entonces se había casado con una joven dama de la burguesía de San Luis, Edith, pero esa historia, como toda la obra, merece ser leída y releída.
La contraportada del libro incluye esta cita del crítico de Times: «Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va a la universidad y se convierte en maestro. Pero es una de las cosas más fascinantes que jamás he encontrado». Es una extraordinaria novela, imprescindible para cualquiera que se precie de ser amante de la literatura. Decía Borges que la lectura es una de las formas de la felicidad. Aunque a nadie se puede obligar a ser feliz, sí parece recomendable intentarlo.
