Víctor de Aldama: el hilo sucio que conduce al fondo del laberinto
El empresario y comisionista procesado en el ‘caso Mascarillas’ recibe una pena testimonial tras colaborar con la justicia

Ilustración de Alejandra Svriz.
Los arrepentidos gozan de buena prensa desde los tiempos de Agustín de Hipona, al que hicieron santo después de lustros de disfrutar de la vida disoluta de un bala perdida. No sucede lo mismo con los delatores, a quienes se les considera traidores debido al malentendido —en buena medida artístico, pero también hipócrita— de que la realidad debe parecerse al ideal, sucediendo lo contrario. En la figura pública de Víctor de Aldama (Madrid, 1978) cohabitan ambos arquetipos y una insoluble contradicción moral: es un delincuente de altos vuelos, como evidencia la sentencia del Supremo por el caso Mascarillas, pero su castigo ha sido bastante menor al de Ábalos y Koldo, dos de los más activos industriales del sanchismo.
La cosa llega al punto de que a la Moncloa le escandaliza más la rebaja del castigo a este corruptor confeso que la condena de la parte más rumbosa y berlangiana del célebre clan del Peugeot. Una diferenciación que expresa, de forma indirecta, una posición moral: la omertá, según la cultura de la mafia, es una virtud absolutamente necesaria para prosperar al margen de la ley. Quien viola este principio lo paga con la reprobación y el desprecio eterno de sus camaradas. El comisionista madrileño es el hilo sucio que conduce al fondo más oscuro del laberinto de la corrupción socialista. Ha estado en todos los guisos: hidrocarburos, financiación ilegal del PSOE, los viajes a Venezuela, la contratación de lo que Josep Pla llamaba «señoritas» y los negocios (millonarios) derivados de su cercanía y acceso al poder.
El personaje de Aldama parece una reverberación a destiempo de la España del súbito pelotazo inmobiliario, donde los señores del ladrillo —que, por supuesto, no sabían poner ni uno en una pared— compraban yates, aviones y clubes de fútbol —Aldama fue propietario del Zamora CF— gracias a las plusvalías de la intermediación y a sus almuerzos, como diría Vázquez Montalbán, con gente inquietante. Nos perdonarán los diplomáticos de carrera, pero de un cónsul (honorario) de la caucásica Georgia, que fue uno de los múltiples heterónimos del comisionista, siempre conviene sospechar.
También ayuda hacerlo de quienes hacen todos los negocios en familia: Aldama accedió al Dúo Dinámico (Ábalos y Koldo) gracias a que su hermano fue su escolta. Las horas muertas de espera unen más que el cariño y, por dejadez o falta de prudencia, alumbran lealtades letales. El conseguidor del sanchismo, convertido tras su decisión de colaborar con la justicia (a la fuerza ahorcan) y llevar pasteles a los periodistas que hacen guardia a la puerta de los juzgados, donde quizás algún día la cofradía del Santo Monipodo le dedique una placa conmemorativa, partícipe (a título lucrativo) en la trama de hidrocarburos –«por supuesto, la factura sin IVA»–, cocinero de adjudicaciones amañadas, ha sido condenado por el Supremo a cuatro años y medio de cárcel, pero no va a entrar en prisión —ni pagará la multa que le reclamó la Fiscalía— porque ha tirado de la manta y todo indica que va a seguir haciéndolo en el resto de causas en curso. No por un acto de contrición, sino por la lógica imbatible de la supervivencia.
Que Aldama adora al dios dinero no es ningún secreto: mercantilizó, sin pestañear, la inmensa calamidad de la pandemia. Vive como un nuevo rico. Y lo es. Obviamente, no suele pagar impuestos: el fraude tributario que diseñó supuso un quebranto millonario para la Hacienda Pública. Sabía perfectamente cómo se hacen las cosas: no tiene ninguna propiedad a su nombre, aunque regentase treinta sociedades mercantiles. Sus negocios replican el modelo histórico del capitalismo ibérico: generosas ganancias privadas —a ser posible en régimen de monopolio o similar— conseguidas gracias a contactos fecundos y a socios con notable influencia política.
Nadie puede discutirle el arrojo: saltar de Zamora a vender las reservas del petróleo de Venezuela, en una asociación no precisamente modélica con los jerarcas del chavismo, señores del oro del Caribe y amigos dilectos de ZP, demuestra una ambición y un arrojo indudables; mayor aún que para participar en la trama agropecuaria de los fontaneros de Ferraz, que se volvió en su contra cuando decidió que le convenía más cantar ante los jueces que continuar dentro de la industria de las mordidas.
Aldama ha sido el hombre para todo durante los ocho años del sanchismo. Hasta que un día dejó de serlo y se transformó, igual que en el relato El delator de Conrad, en el gran traidor a la causa. Los políticos cambian de lealtades y los comisionistas de clientes. Ahora se ha convertido en habitual de los platós de televisión y de radio y en el confidente mayor del Reino. Es el espejo donde se miran otros seres silentes, como Leire Díaz, la encargada de la Cloaca Máxima, o Julio Martínez, testaferro de Zapatero.
Ambos, al verle, pueden llegar a la sabia conclusión de que confesar sus pecados ante un tribunal —como prescribe desde hace siglos la Santa Madre Iglesia— es una forma útil de redención y un alivio de las penas judiciales que pudieran corresponderles. Ninguno de ellos —se sabe— es trigo limpio. Pero, como escribió Camus, «nadie necesita más piedad que aquellos que nunca tuvieron compasión por ninguno de sus semejantes».
