El colorido salón de Teresa Rodríguez y Kichi en el barrio de La Viña: muchos libros y detalles del Carnaval de Cádiz
La que fuera portavoz de Adelante Andalucía padece un cáncer de mama que cuenta con un pronóstico «muy bueno»

Teresa Rodríguez y Kichi, en una imagen de archivo. | Gtres
Teresa Rodríguez está pasando por uno de los momentos más complicados de su vida. La que fuera portavoz de Adelante Andalucía reapareció, el pasado domingo, para depositar su voto en la urna, coincidiendo con las elecciones a la Junta de Andalucía. Ella misma retrató el momento con una fotografía que subió a sus redes sociales, donde una usuario realizó un desafortunado comentario sobre el pañuelo que llevaba en la cabeza. Así, Teresa anunció que estaba pasando por un tratamiento de quimioterapia por un cáncer que se le había diagnosticado, del que ha hablado largo y tendido en El País, donde, además, ha mostrado una de las estancias más especiales de su casa; el salón.
Desde hace muchos años, Teresa, aunque trabaja en un instituto público de Puerto Real, reside en el barrio gaditano de La Viña junto a su pareja, Kichi, y sus dos hijas, Aurora y Candela. Allí pasa, ahora, su enfermedad. «Para mí, el peor momento fue cuando todavía no sabía si lo tenía o no. Una vez que te dan el diagnóstico y te ponen en tratamiento, si las cosas van bien, como en el caso del cáncer de mama que yo estoy peleando, que tiene muy buen diagnóstico, te entra ya una calma de estar confiando en profesionales que sabes que son los mejores porque son los tuyos y porque confío muchísimo en el sistema público», ha contado.
El piso de Teresa Rodríguez y Kichi donde viven con sus dos hijas
Esa espera «del diagnóstico» o de la prueba «que falta» constituyen momentos totalmente «angustiosos». «Para mí ha sido muy desconcertante que, como vivo en el centro de Cádiz, tenía que ir a San Rafael, un hospital privado. ¿Por qué tengo que ir allí si yo no quiero ir a un centro privado?», se ha preguntado. Más allá del debate sobre los servicios públicos, la charla ha tenido lugar, en su mayoría, en la zona de su casa con más vitalidad; el salón. Allí cuentan con una estantería abarrotada de libros, con detalles del Carnaval, de sus hijos y, también, relacionados con el pueblo palestino. Además, la estancia cuenta con un acceso directo a una pequeña terraza. Todo ello se combina con los colores claros de la madera, que están presentes en las puertas y en la misma estantería. Los más original, sin duda, es el sofá en un color turquesa.
Su vida en este piso de Cádiz se centra alrededor de su familia. La relación entre Teresa Rodríguez —líder de Adelante Andalucía— y José María González Kichi —exalcalde de Cádiz— es una de las uniones sentimentales y políticas más conocidas, estables y singulares de la política española contemporánea. Su relación no nació en los despachos de los grandes partidos, sino en el activismo de base en Cádiz. Ambos tienen un trasfondo muy similar. Teresa es profesora de Lengua Castellana y Literatura, y Kichi es profesor de Geografía e Historia. Antes del nacimiento de Podemos en 2014, ambos ya se conocían y compartían militancia en el sindicato de profesores USTEA, en las manifestaciones de la Marea Verde en defensa de la educación pública y en movimientos anticapitalistas de la provincia gaditana. La política y el amor surgieron de la mano de sus convicciones compartidas.
Su historia de amor

Con la irrupción de Podemos, sus carreras se dispararon en paralelo, convirtiéndose en las dos caras más visibles del partido en el sur. Ella dio el salto al Parlamento de Andalucía —llegando a ser la candidata a la presidencia de la Junta—, mientras él se presentaba a la alcaldía de Cádiz en 2015, logrando arrebatarle el bastón de mando a Teófila Martínez (PP) tras 20 años de gobierno. Frente al modelo de liderazgo de Pablo Iglesias e Irene Montero en Madrid, Teresa y Kichi siempre reivindicaron un perfil netamente andaluz, periférico y centrado en la base.
Una de las cosas que más ha reforzado su relación de cara a sus seguidores han sido sus discursos de «gente corriente». Ambos aplicaron a rajatabla el código ético de su formación. Kichi, como alcalde, y Teresa, como diputada, donaban gran parte de sus ingresos públicos a causas sociales, quedándose solo con el equivalente a su sueldo de profesores —unos 2.000 euros al mes—. Siguieron viviendo en el mismo piso de trabajadores en el barrio de La Viña de Cádiz. También, cumplieron su promesa de no eternizarse en los cargos. Kichi dejó la alcaldía en 2023 tras ocho años de mandato para regresar a dar clases en su instituto, y Teresa también renunció a su escaño en el Parlamento andaluz para reincorporarse a las aulas —aunque sigue liderando Adelante Andalucía de forma orgánica—.

En el plano personal, han formado una familia unida y muy arraigada a las costumbres gaditanas —ambos son unos apasionados absolutos del Carnaval de Cádiz, donde Kichi ha sido históricamente un conocido componente de comparsas—. Tienen dos hijas en común, Aurora y Candela, nacidas en 2019 y 2020, que se sumaron a los dos hijos que Kichi ya tenía de una relación anterior.
La Viña, un barrio con carácter en Cádiz
Si Cádiz es la capital del Carnaval, La Viña es su catedral. Sus calles empedradas y plazas son el escenario principal de la fiesta. Durante la semana de Carnaval, la Plaza de la Cruz Verde o la Calle de la Palma se masifican por completo con los tablaos improvisados y las agrupaciones ilegales —callejeras—. Kichi, habiendo sido componente de comparsas, vive literalmente en su hábitat natural. El barrio nació en el siglo XVIII y debe su nombre a que antiguamente los terrenos estaban dedicados al cultivo de viñedos. Con el tiempo, se convirtió en el barrio de las familias marineras y los pescadores.

La Viña huele a mar y a frito de calidad. Su arteria principal, la Calle de la Palma, está flanqueada por terrazas donde locales y turistas se mezclan para tapear. El plato estrella indiscutible del barrio es la caballa con piriñaca, además del clásico pescaíto frito, las tortillitas de camarones y las erizadas populares. A pesar de la creciente presión del turismo, La Viña sigue manteniendo una esencia de pueblo casi intacta. Es un barrio de fachadas blancas, balcones con ropa tendida al sol, vecinos que sacan la silla a la puerta para charlar «al fresquito» por las tardes y donde todo el mundo se conoce por su nombre o su apodo.
