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Internacional

México: el Gobierno pelea contra un fantasma y desatiende la realidad

La visita de Ayuso al país reabre la batalla por Cortés mientras comunidades indígenas piden auxilio ante el narco

México: el Gobierno pelea contra un fantasma y desatiende la realidad

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum. | Carlos Santiago (Zuma Press)

Hernán Cortés debe de estar revolcándose en su tumba del templo de Jesús Nazareno, en el Centro Histórico de la capital mexicana. Pero debe estar revolcándose de risa viendo la polémica que se ha armado en torno a él en esta primavera de 2026.

Resulta verdaderamente asombroso que, tras más de cinco siglos de su llegada a las costas de Veracruz, la figura del extremeño siga siendo el combustible más eficiente para incendiar la conversación pública en México, alimentando una hoguera donde la historia y la propaganda política se confunden hasta volverse indistinguibles.

Lo que hemos vivido estos últimos días en la Ciudad de México no es solo un debate historiográfico; es una puesta en escena perfectamente coreografiada donde los fantasmas del siglo XVI son invocados para no tener que hablar de los cadáveres del siglo XXI. El epicentro de este terremoto diplomático y cultural fue la visita a México de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. La líder madrileña, conocida por su estilo frontal y sin matices, aterrizó en territorio mexicano con una agenda que, desde el primer minuto, fue leída por el oficialismo como una provocación deliberada.

Ayuso no vino a México a hablar de inversiones tecnológicas o de cooperación económica —aunque hubo algo de eso en los márgenes—, sino a reivindicar la «hispanidad» en el corazón mismo de lo que el Gobierno de Morena ha bautizado como la capital de la «resistencia indígena». La presidenta madrileña defendió los cinco siglos de mestizaje entre España y México, caracterizados por la «esperanza, la alegría y las alianzas», frente a los «discursos del odio que dividen». E hizo votos para que la libertad nunca tenga que «pedir perdón por ser libertad».

Declaraciones como las anteriores, vertidas en el marco de un viaje organizado por la oposición, fueron el fósforo que encendió la mecha. La respuesta desde el Palacio Nacional fue fulminante e interminable. La presidenta Claudia Sheinbaum, heredera y guardiana de la narrativa histórica de su predecesor —quien sacrificó la relación bilateral en el altar de una exigencia de perdón por cosas sucedidas hace cinco siglos—, convirtió sus conferencias de prensa matutinas en un tribunal sumario contra el conquistador. En una de sus intervenciones más comentadas, la presidenta de México calificó a Ayuso como una «adoradora de Hernán Cortés» y acusó a quienes lo reivindican de ignorar las atrocidades y matanzas, como la de Cholula, que marcaron el avance español hacia el Valle de México en 1519.

El nivel de fijación con el personaje fue tal que, en el lapso comprendido entre la llegada de Ayuso y su apresurada partida —atribuida por ella a un «boicot» gubernamental—, el nombre de Hernán Cortés fue mencionado exactamente en 42 ocasiones durante las «mañaneras», bastantes más que Donald Trump, quien se quedó en 28 durante el mismo lapso. Las referencias a la Conquista y a su capitán se han vuelto una métrica de la salud política del país: a más menciones, mayor es la necesidad de cohesión ideológica ante las grietas del presente.

Sin embargo, el destino, que suele tener un sentido del humor bastante negro, decidió arrojar un balde de realidad sobre este duelo de narrativas. En los mismos días en que los micrófonos de la capital se saturaban con debates sobre si Cortés fue un civilizador o un genocida, un vídeo grabado en las montañas de Guerrero —300 kilómetros al sur de la capital— comenzó a circular en las redes sociales, rompiendo el cristal de la burbuja política.

En las imágenes, un grupo de mujeres indígenas nahuas de la zona de Chilapa —descendientes de aquellos mexicas a los que las fuerzas comandadas por Cortés batieron en Tenochtitlán en 1521— aparecían arrodilladas, con el rostro cubierto y la desesperación en la voz. No pedían que se retiraran estatuas, ni exigían disculpas por lo ocurrido hace 500 años. Estas mujeres, sitiadas por el grupo criminal Los Ardillos, pedían de rodillas al presidente estadounidense, Donald Trump, que interviniera a su favor ante la inacción de las autoridades mexicanas.

Es una imagen que debería fracturar la conciencia de cualquier Estado: mexicanas de pueblos originarios implorando auxilio a un mandatario extranjero —aunque haya sido solo una manera de llamar la atención— porque su propio Gobierno parece más interesado en ganar batallas retóricas contra el Imperio español que en ganar la guerra contra la delincuencia organizada en su propio territorio.

La agresión contra estas comunidades de Chilapa, que han sufrido la quema de sus viviendas y el desplazamiento forzado bajo el fuego de drones y armas de alto calibre, puso de manifiesto la inmensa brecha que separa el «indigenismo de salón» del oficialismo mexicano de la realidad de los cerca de 20 millones de mexicanos que se autoidentifican como indígenas. Para estos millones de ciudadanos, que pertenecen al grupo socioeconómico más pobre del país, la figura de Cortés es una abstracción irrelevante frente a la amenaza inmediata de un sicario con un fusil de asalto.

La polémica no se quedó en las fronteras de México. En España, el presidente Pedro Sánchez también entró al trapo, aunque de forma lateral, al referirse a la conducta de Isabel Díaz Ayuso en el extranjero. Sánchez, al parecer muy molesto por lo que consideró una injerencia de la presidenta madrileña que enturbia las relaciones bilaterales, la calificó como una «profesional en crear problemas y confrontarnos», tanto dentro como fuera de España.

Así, Hernán Cortés se convirtió en el peón de una partida de ajedrez que involucra a tres Gobiernos y dos continentes, sirviendo para que cada bando refuerce su identidad frente a su electorado más fiel. Mientras Ayuso busca erigirse como la defensora de los valores occidentales y la historia compartida, Sheinbaum y el movimiento de Morena utilizan el pasado colonial para polarizar a la sociedad, trazando una línea divisoria entre los «patriotas» que defienden la soberanía y los «traidores» que, según su visión, aún suspiran por el virreinato.

Es profundamente triste observar cómo se instrumentaliza la historia para ocultar el fracaso de las políticas de seguridad y desarrollo en las zonas más vulnerables de México. El oficialismo centra su crítica en la Conquista del siglo XVI para movilizar emociones, pero ignora el grito de auxilio de las nahuas de Guerrero que hoy, en 2026, se sienten tan abandonadas como si el tiempo no hubiera transcurrido.

La soberanía no se defiende con discursos sobre los huesos de un conquistador enterrado en una iglesia del centro; se defiende garantizando que ninguna mujer indígena tenga que arrodillarse ante una cámara para suplicar a la Casa Blanca que envíe helicópteros a salvar a sus hijos.

Al final del día, el ruido mediático cesará, Ayuso regresará a sus batallas en Madrid y el contador de menciones de Cortés en las mañaneras volverá a cero… hasta que sea necesario resucitarlo de nuevo. Pero la tragedia de Chilapa y la pobreza estructural de los pueblos originarios permanecerán ahí, recordándonos que no hay revisionismo histórico que pueda tapar el sol con un dedo.

Y Hernán Cortés podrá seguir riendo en su tumba, consciente de que su fantasma sigue siendo más útil para los políticos vivos que para la comprensión de nuestra propia historia. ¿Cuándo dejaremos de pelear con las sombras del pasado para empezar a proteger a los seres humanos de carne y hueso que hoy habitan este México herido? Esa es la pregunta que nadie en el Zócalo ni en la Puerta del Sol parece querer responder.

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