THE OBJECTIVE
Fuera de micrófono

Miguel de los Santos: «Herrera es el animal de radio más importante de los últimos años»

Después de tantas experiencias, Miguel de los Santos llega a la conclusión de que la radio es un medio inmortal

En su libro de memorias, publicado hace unos años, repasa su trayectoria profesional, pero también la evolución de la sociedad española desde los seriales radiofónicos de la Inter, en los que participó, hasta la radio informativa y sin fronteras.

A sus 87 años, con una lucidez admirable, Miguel de los Santos habla en Fuera de Micrófono sobre lo vivido y sobre lo que está viviendo. Le preocupa la falta de libertades en los países iberoamericanos que conoció a través de sus reportajes para los programas de TVE Con otro acento y América total. Recuerda sus entrevistas al poeta Pablo Neruda, en Valparaíso, y a Ernesto Cardenal, en Managua; o los encuentros con Mario Benedetti, Chabuca Granda, Oswaldo Guayasamín y Ramón Castro, el hermano mayor de Fidel. Le duele saber que la cárcel de El Chipote, famosa en la dictadura de los Somoza, está ahora abarrotada de disidentes del gobierno de Daniel Ortega. «Iberoamérica –se lamenta– apenas ha evolucionado. En mi último viaje a Cuba y a Chile para hacer unos documentales se me caía el alma a los pies».

Buen conocedor también de la radio que se colaba por los viejos transistores y de las grandes estrellas que hacían soñar a través de las ondas a la España de los años 50 y 60, Miguel no tiene duda a la hora de señalar a Bobby Deglané como el gran maestro y a José Luis Pécker como el continuador y depositario de todos sus valores. Entre los actuales, se queda con Carlos Herrera, por ser «el más completo», mientras que en televisión elogia el genio y la capacidad creativa de Chicho Ibáñez Serrador y de Valerio Lazarov.

No cree que se haya perdido la imaginación en la radio, pero sí advierte que se utiliza con menos frecuencia de la deseada. Todo es información y opinión, esta última alineada –según él- con la ideología de cada cadena o grupo editorial. Recuerda el impacto y la incertidumbre que causó la aparición de la televisión en la sociedad española, hasta el punto de que algunos profesionales –como fue su caso– rechazaron cambiar la radio por la pequeña pantalla. No creían que pudiera cuajar aquel invento.

Mientras ultima la edición de una novela que le prometió a Ernesto Cardenal, Flor de avispa, con prólogo de Sergio Ramírez, trabaja en una nueva entrega de sus memorias y aún le queda tiempo para seguir con preocupación los últimos acontecimientos que estamos viviendo en España. Al final de la entrevista, pone sobre la mesa una reflexión sin respuesta: «¿Cómo es posible que se pueda gobernar España con gente que no quiere ser española?».

PREGUNTA.- Tu libro de memorias está compuesto por 33 relatos. ¿Por qué 33?

RESPUESTA.- La verdad es que me han quedado muchas cosas por contar, hasta el punto de que me estoy planteando escribir un segundo libro. Relatos de mi memoria tiene una particularidad: el concepto histórico, que tan bien define nuestro amigo Fernando Ónega en el prólogo. No me limito a contar mis experiencias, sino la evolución de la sociedad española desde el punto de vista radiofónico. La incidencia que tuvo la radio en aquella sociedad prácticamente hambrienta de muchas cosas y carente de otras muchas. La radio era entonces el alimento espiritual, imaginativo y artístico que nos mantenía ilusionados con el futuro.  

P.- También subrayas el impacto que tuvo la aparición de la televisión en la sociedad española de los años 50 y 60.

R.- La llegada de la televisión fue algo extraordinario. La idea que tenía la gente de la vida, que era pura imaginación a través de la radio, se iba a convertir en imágenes. Fue un impacto. Pero la televisión tardó mucho tiempo en calar en la sociedad. Primero, porque un televisor costaba 25.000 pesetas y eso era asequible para muy poca gente. Y, luego, porque parecía tan fantástico, tan maravilloso, que los profesionales creímos que aquello no iba a consolidarse. Que era algo de paso. A mí me hicieron una oferta en los albores de la televisión, como cuento en el libro, y no la acepté. Seguí en mi radio. Hasta que llegó una oferta que me sedujo por una sola razón: la económica. Vivía solo en Madrid, porque me había emancipado de casa, y necesitaba dinero para pagar la pensión. Entonces, llegó Pedro Amalio López y me propuso presentar los sábados por la noche un concurso que se llamaba Dos en uno. Era un programa muy curioso. El autor teatral Alfonso Paso hacía entrevistas a actores y a escritores. Y, luego, Lozano Sevilla, un crítico de toros que decían era el consejero de Franco, hacía entrevistas a toreros. Aquello a mí me tentó, además de las 8.000 pesetas que iba a cobrar por cada programa. Esa fue mi primera experiencia en TVE, hasta el año 1977, en que me llamaron para presentar Especial Pop, un espacio musical dirigido y realizado por Valerio Lazarov. Fuimos muy amigos y su pérdida fue un palo para mí.

Miguel de los Santos. | Carmen Suárez

«La radio es un medio inmortal. Por más que la agredan, vivirá para siempre»

P.- Los cambios sociales obligaron a la radio a adaptarse a ellos. Por ejemplo, desaparecieron los seriales radiofónicos.

R.- Claro, claro. Era lógico. Toda la parte de espectáculo que ofrecía la radio –los seriales, los concursos, las actuaciones musicales en directo, los shows…- pasó a la televisión. Ya no era cuestión de escuchar, sino de ver a los cantantes, a los actores, a los músicos, a los poetas recitar, etc., etc. Entonces, la radio se reinventa maravillosamente. ¿Cuál es mi sitio? Mi sitio es la información y la opinión. En 1956 la opinión era única –todas las cadenas tenían que conectar con el Diario Hablado de Radio Nacional-, pero la información -sin opinión-, sobre todo la municipal, local y cultural, sí tenía mucha fuerza. En 1975, cuando fallece Franco, y en 1977, cuando se consolida el gobierno de Adolfo Suárez, se abre la mano a la información y la radio resurge con fuerza hasta ahora. La inmediatez que ofrecía la radio era incontestable y no podía ser combatida por la televisión. ¿Qué sucede ahora con Internet y las redes sociales? Que no sólo no han venido a molestar a la radio, sino que la apoyan. Porque muchos jóvenes que pasan del transistor escuchan la radio a través de las redes sociales y del teléfono móvil. La radio, si te paras a pensarlo, tiene algo que no tiene ningún otro medio de comunicación: la compatibilidad. Puedes escuchar la radio mientras conduces, mientras trabajas en tu taller o paseas con el perro por el campo; en cualquier circunstancia. Cuando me piden una definición de la radio, digo que es un medio inmortal. Por más que lo agredan, vivirá para siempre.

P.- ¿No crees que hay demasiada opinión en la radio actual?

R.- Esta radio -tan densa, tan informativa, tan continuada- ha eliminado la competencia del medio para convertirla en una competencia ideológica y de líderes radiofónicos. Las cadenas se han alineado con grupos de opinión. Cuando escuchas la Ser sabes la línea editorial que vas a escuchar. Lo mismo que cuando escuchas Onda Cero o la Cope. Y en ellas están Carlos Herrera o Carlos Alsina, contratados porque su pensamiento sigue la línea editorial de la empresa. La radio se ha vuelto clientelista. Los oyentes buscan una respuesta coincidente con su opinión sobre la sociedad, la política y los acontecimientos que están sucediendo. Por otra parte, la personalidad del comunicador juega un papel importantísimo. Por eso la cobertura gigantesca de la Ser ha sido equilibrada por la fuerza personal que tiene Carlos Herrera, con menos soporte técnico para llegar a la sociedad.

P.- En tus comienzos, llegaste a ser narrador de algún serial emitido por la Inter (Radio Intercontinental).

R.- No sólo narrador. También actor. La primera vez que la gente me reconoce y empieza a saludarme por la calle fue cuando ya hacía de antagonista de Fernando Forner, que era el actor protagonista de las radionovelas. Yo hacía siempre de malo, el que salía siempre perdiendo en la disputa por la chica que nos gustaba. A mí me daba mucha rabia porque ya estaba compatibilizando eso con programas de fuste: haciendo entrevistas –como se ve en el libro– a Sofía Loren, cuando llegó a rodar La caída del Imperio Romano, a The Jackson Five, a escritores, a grandes músicos. Sin embargo, la gente me reconocía por ser el malo de las novelas de aquella época. Estuve siete años en Radio Intercontinental.

P.- Después vendría la Cadena Ser…

R.- Me llevó a la Ser una circunstancia extraordinaria, anómala. La Ser se nutría de profesionales que formaban en sus emisoras de provincia. Cuando destacaban, los traían a la emisora central, que era desde donde se hacía la programación nacional. O contrataban a grandes figuras de la radio internacional, en castellano, como fueron los casos de Bobby Deglané o Raúl Matas. Conmigo se rompió la baraja, el formato. Yo hacía en la Inter dos programas de gran audiencia y eso le llevó a Eugenio Fontán, que era el director general de la Ser, a hacerme una oferta, sin contar con el consejo de administración ni con nadie.

P.- Cuentas en el libro que tu fichaje produjo cierto rechazo en Gran Vía 32.

R.- Fui recibido allí con una frialdad inusitada. El primer saludo del director de Emisiones, Enrique Blanco, fue: «chaval, ¿tú qué has venido a hacer aquí?, porque aquí la gente tiene unos niveles que no sé si tú vas a saber cubrir?» Aquello me lo compensó un día Manolo Martín Ferrand, por entonces un redactorcillo de medio pelo en la Revista Ondas, que publicaba la Ser. Cuando yo hice mi primer programa, un programa de cuatro horas que se emitía los domingos por la mañana, en el que debutaron Tip y Top, Carmen Pérez de Lama y Alicia López Budia, y que contrastaba con los programas habituales que se hacían en la Ser, Manolo Martín Ferrand le dedicó un reportaje en la Revista Ondas diciendo: «Con Miguel de los Santos ha llegado a nosotros la radio en albornoz y zapatillas».

P.- ¿Por qué te quería tan mal Tomás Martín Blanco, por entonces director de El Gran Musical?

R.- Sé por qué lo dices. Me dolió mucho la actitud de Tomás. Nunca entendí por qué simulaba conmigo una actitud y luego era todo lo contrario a la hora de actuar. Te resumo lo que ocurrió. Tomás Martín Blanco vino con su padre a verme presentar un programa cara al público cuando él todavía no estaba en la radio y me saludaron muy atentamente. De manera que, cuando yo llegué a la Ser y encontré ese vacío entre los compañeros, me acerqué a Tomás porque era el amigo que yo veía más próximo. Un día, Eugenio Fontán me ofreció la dirección de Los 40 Principales y la rechacé amablemente, porque no era mi vocación meterme en un despacho. Quería seguir en la trinchera. Fontán entendió mis razones y le hizo la oferta a Martín Blanco, que la aceptó.

«El gran depositario de todos los valores de Bobby Deglané fue José Luis Pécker»

P.- Segundo plato…

R.- Claro. Él ahí empezó a sentirse mal. Tanto es así que nada más tomar posesión del cargo a la primera persona que llamó al despacho fue a mí para decirme: «Miguel, voy a explicarte por qué yo sí he aceptado el puesto». Y le dije: «Tomás, tú eres amigo y compañero mío, no tienes que explicarme nada. Cada uno tenemos una idea de futuro y una vocación. La mía es, hasta que me muera, seguir en la comunicación porque es lo que me gusta». Y terminó diciendo: «Vas a saber lo que es tener por jefe a un amigo». Se lo conté a mi mujer y me dijo: «No te fíes». Efectivamente, ese año desaparecí de la programación, prácticamente. Menos mal que, como sabía idiomas, el director general de la Ser me enviaba a retransmitir el Festival de San Remo, a Viña del Mar, y a viajar por el mundo. Aquello cambió mi vida y me llevó luego a hacer en TVE reportajes internacionales y coberturas informativas. Tomás se fue de este mundo sin que yo entendiera su actitud hacia mí.  La última vez que lo vi en vida fue saliendo del casino de Madrid. Me habían dicho amigos comunes que le había dado por jugar. Luego, me llamó un día Manolo Martín Ferrand, que era vecino del hermano de Tomás, para decirme que acababa de fallecer. Que se había tirado por una ventana. 

P.- ¿Quién ha sido o es para ti el profesional más completo de la radio?

R.- Es difícil. Te puedo dar algunos nombres. El maestro fue Bobby Deglané, pero el gran depositario de todos los valores de Bobby Deglané -el que los llevó a una excelencia más importante– fue José Luis Pécker. Yo me miraba en Pécker porque veía que era un tipo que estaba casado con el micrófono; que todo lo que decía por el micrófono tenía un valor, atraía a la gente… Entre los actuales, el animal de radio más importante que ha habido en los últimos quince años es Carlos Herrera. Carlos es lo más completo en radio. En televisión es otro cantar. En televisión, Chicho Ibáñez Serrador era un genio, capaz de hacer veinticinco mil cosas distintas; Valerio Lazarov tenía una personalidad arrolladora; Óscar Banegas era un gran productor.

Miguel de los Santos, en los años 80. | Foto: Archivo Javier del Castillo

P.- Has hecho todo en radio y televisión. ¿Si tuvieras que elegir, con qué te quedarías?

R.- Elegiría dos programas. Uno de ellos, Con otro acento, porque me cambió la vida. Fueron tres años por América con un equipo con el que todavía me veo para recordar aquellos tiempos. Vivimos aventuras increíbles. Aquella América era un volcán. Había dictaduras horribles y peligros por todas partes. Recuerdo cómo me colé por una escalerilla de un helicóptero en las cataratas de Iguazú para relatar el descenso por detrás del agua. El otro es un programa que empezó modestamente en La 2 de TVE y que se llamó Retrato en vivo.

«Acaba de acceder al poder en Argentina un impresentable»

P.- Este último era un programa de entrevistas.

R.- Entrevisté a todas las figuras de habla hispana. Pasaron por él desde Lola Flores a Joan Manuel Serrat, pasando por Raphael, Los Sabandeños y cantantes iberoamericanos de todo tipo. Nos dieron un Ondas y otro premio al que le tengo gran estima: el Premio de la Asociación de Críticos de Nueva York al mejor programa extranjero de entretenimiento. Además de esto, de lo que me siento más orgulloso y en lo que he estado más cómodo es de haber conocido y entrevistado a personajes increíbles. Es inolvidable para mí la entrevista que le hice a Pablo Neruda en Valparaíso cuando se disponía a dar un mitin como candidato a alcalde por el Partido Comunista chileno. Le abordé a pecho descubierto, me recibió muy bien y me llevó a pasear por la alameda central de Valparaíso. Estuve con él charlando media hora. También recuerdo la entrevista que le hice a Oswaldo Guayasamín en su estudio de Quito, un personaje extrañísimo. O a Chabuca Granda y Mario Benedetti (en su cátedra de Montevideo). Y españoles ya ni te cuento. Hice una serie en la Ser, Álbum de oro, por la que desfilaron Antonio Bienvenida, Buero Vallejo o actores inolvidables, como José Isbert.

Miguel de los Santos en un momento de la entrevista. | Carmen Suárez

P.- En uno de tus programas de la Ser, La noche de los Santos, el contenido lo decidían los oyentes. ¿Se ha perdido imaginación en la radio?

R.- No es que se haya perdido, sino que se utiliza menos. Los medios técnicos se han desarrollado de tal manera que te facilitan mucho las cosas. Te proporcionan ideas fantásticas. En mi época de televisión no existía el radiomicro. Nosotros no podíamos subir a una montaña y desde allí presentar algo. Los micrófonos llevaban cable y la iluminación no era la que es hoy. Teníamos que atenernos a los focos del set donde estaba la iluminación adecuada. Me alegro que nombres La noche de los Santos porque fue mi tesina voluntaria profesional. La idea nació espontáneamente. La idea no fue mía, sino de los oyentes. Yo llevaba tiempo preguntándome, y preguntándole al director de Programas, Manuel Rodríguez Cano, ¿por qué en la medianoche (de 12 a 1 de la madrugada) no existe un programa de contenidos, en lugar de poner disco tras disco para cubrir ese tiempo? Y me dijo: «Porque a esa hora todo lo ocupa la televisión». Le estuve insistiendo tres años para que me diera a mí esa hora para hacer algo. Él me preguntaba siempre lo mismo: «¿Qué vas a hacer?». Y yo le contestaba: «Lo que me pidan los oyentes». Me decía que eso no era suficiente. Hasta que, por cansancio, cedió. A partir de ahí, yo me puse delante del micrófono y dije: «Miren, estoy aquí simplemente para que me digan qué radio les gustaría escuchar en esta hora». Mientras ponía un disco, a la espera de alguna llamada, llamó un estudiante del último curso de Periodismo, pidiendo las medidas antropométricas del entonces Príncipe de España, Don Juan Carlos. A los treinta segundos llamó el marqués de Mondéjar, entonces jefe de la Casa Real, y nos dio esos datos. Así empezó el programa. Lo hicieron los oyentes. Ese año me dieron el Premio Nacional de Radio, el Premio Ondas, el Popular del Diario Pueblo.

P.- Como buen conocedor del continente americano, ¿qué te parece los cambios políticos recientes que se han producido en aquellos países?

R.- Iberoamérica apenas ha evolucionado. En mi último viaje a Cuba y a Chile para hacer unos documentales, aproveché para ir a Santo Domingo y a otros lugares próximos y se me parte el alma. La próxima novela que publicaré este año, prologada por el Premio Cervantes, Sergio Ramírez, se titula Flor de avispa, yestá inspirada en la entrevista que le hice en Solentiname (Nicaragua) a Ernesto Cardenal a finales de los años 90. En la despedida, él me invitó a escribir una novela sobre todo lo que habíamos hablado. Después de tres dinastías de Somoza, teniendo sometido al pueblo nicaragüense al olvido, a la pobreza, a la desidia, al dolor y a la amenaza constante, llegan unos idealistas, como Daniel Ortega o Sergio Ramírez, con el apoyo de la Iglesia -la Teología de la Liberación–, montan una revolución y, de repente, vemos que la cárcel de El Chipote se llena ahora de disidentes del gobierno Ortega. Hasta el punto de que su colega más próximo, Sergio Ramírez, ha tenido que abandonar el país bajo pena de muerte del que fuera su compañero. Ahora acaba de acceder al poder en Argentina un impresentable. ¿Alguien puede esperar algo de una persona así?

«Uribarri aceptó comentar el Festival de Eurovisión porque era su modo de vida»

P.- En tus memorias hablas del hermano mayor de Fidel Castro, con el que estuviste en La Habana.

R.- Es un capítulo dedicado a Ramón Castro. Todo el mundo sabe de Fidel y de Raúl, pero nadie sabe de Ramón. Era el mayor de los tres y también vestía uniforme verde oliva. Era un calco, aunque con más edad, de Fidel. Clavado a él. Yo estuve con él 24 horas, queriéndome vender los efectos positivos de la revolución cubana. Y lo que consiguió fue reafirmarme en que había sido un fiasco. Titulo ese capítulo El otro hermano porque ese hermano en la sombra fue determinante para que triunfara la revolución de Fidel. Ramón, en la sombra, se ocupó de la parte familiar porque el padre tuvo veintitantos hijos, con mujeres de todo tipo. Además, promocionó todo el método de intendencia, tanto en armas como en alimentación, estatus, etc., a la guerrilla que se refugiaba en Sierra Maestra.

P.- Fuiste muy amigo de José Luis Uribarri, al que acabó encasillándose en el Festival de Eurovisión, después de haber hecho otros trabajos importantes.

R.- José Luis Uribarri fue mucho más. Te contaré una anécdota. Un amigo muy bien relacionado con TVE vino a cenar un día a casa. Dirigía entonces un sello discográfico y me dijo: «Hoy he hablado de ti en una reunión que hemos tenido en TVE, para que retransmitas el Festival de Eurovisión». Y yo le dije: «Hombre, no me fastidies Antonio, yo a estas alturas no estoy para hacer Eurovisión; a mí lo que me apetece es hacer cosas más serias y más importantes». Bueno, pues José Luis tuvo que aceptar hasta el último momento porque era su modo de vida. Le fueron abandonando y dejándolo a su suerte, cuando era un tío que había presentado Telediarios en prime time. Dirigió éxitos como Aplauso y tenía unos valores fantásticos. Yo le dedico un capítulo del libro para reivindicar su figura. Me molesta mucho que la gente lo identifique como comentarista de Eurovisión. Retransmitir Eurovisión no puede ser la consagración definitiva de un profesional. Es como estar todavía en segundo curso de profesión.

«Veo España con preocupación, mientras tengamos políticos de esta calaña»

P.- Tuviste relación en los años 70 con Juan José Rosón y con Adolfo Suárez cuando fueron directores generales de RTVE. ¿Cómo ves ahora la situación política?

R.- La veo con una gran preocupación, mientras tengamos políticos de esta calaña –permítaseme la expresión-. Está demostrado que los países prósperos, los países ricos y los países estables son aquellos que han sido capaces de mantener un bipartidismo moderno, de libre mercado y leal. Hablo de Gran Bretaña y Estados Unidos. ¿Cómo es posible que se pueda gobernar un país atomizando una serie de ideas que se contradicen unas con otras? ¿Cómo es posible que se pueda gobernar España con gente que no quiere ser española? No entiendo todo esto que está sucediendo. No lo puedo entender. Añoro a Adolfo Suárez y a Juan José Rosón, una persona extraordinaria. Necesitamos gente de ese fuste. De Adolfo no pararía de contar cosas. Tuve el honor de presentarlo en los mítines del año 1977 y vi cómo le adoraban en Las Palmas, en Galicia, en Cataluña… Y fue capaz de asomarse a televisión a decir: dejo la presidencia del Gobierno por el bien de España.  

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