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Pablo en la memoria

«Los dibujos de Pablo exploraban con éxito los límites de la crítica social tolerable por el franquismo»

Pablo en la memoria

Imagen generada con IA.

Conocí a Pablo San José a mediados de los años sesenta, cuando yo era un adolescente curioso y él un hombre hecho y derecho que se había casado con Mercedes González, vecina mía en nuestro pueblo, Covarrubias, hija de José, el carpintero, que atendía con su hijo Pepe, prematuramente desaparecido, su taller junto a la Colegiata. Mercedes y su hermana Pilar eran dos mujeres buenas y acogedoras, a las que mi madre encargaba mi cuidado y el de mi hermana cuando tenía que ausentarse.

Pablo era conocido en Covarrubias como «Pablo, el de La Codorniz», revista semanal de humor que se publicó en España desde 1941 hasta 1978, en la que publicaba sus chistes, seis en cada número si la memoria no me falla. Él hizo muy populares La oficina siniestra, crítica amable de una burocracia en la que pululaban pelotas, chivatos y otras subespecies equiparables, y Doña Úrsula, un personaje que encarnaba una intolerancia y un fanatismo bastante frecuentes en la España de la época, así como sus reclutas y sus inefables colegialas, niñas repipis y algo cursis con un toque de malicia.

Los dibujos de Pablo exploraban con éxito los límites de la crítica social tolerable por el franquismo, quizá por el manto de piedad y ternura que cubría a todos sus personajes. Había colaborado en el diario Pueblo, en Por Favor y en el semanario que los editores de esta última revista editaron durante la suspensión de cuatro meses que le impuso la dictadura y a la que se referían desde el propio título de la publicación: «Muchas gracias, jardinero/ por el gusto que has tenido./ Tantas niñas en el corro/ y a mí sola me has cogido». Tras el cierre de La Codorniz publicó en El País Semanal y otros medios hasta su fallecimiento.

La Codorniz era una revista muy popular y ello convirtió a Pablo en una celebridad nacional en aquellos años, a la que NO-DO dedicó un amplísimo reportaje y José Mª Íñigo le hizo una gran entrevista en su programa de televisión. Era, además, un tipo extremadamente coloquial, de saberes multidisciplinares y conversación inagotable, que estaba dotado, también, del espíritu de Pigmalión y una más que notable capacidad pedagógica. Siempre he sostenido que en mi formación intelectual intervinieron, sobre todo en aquellos años, Javier Pradera, creador y director de la colección de libros de bolsillo de Alianza Editorial, y mi amigo Pablo San José, al que debo algunos descubrimientos fundamentales. Por ejemplo, el surrealismo en la poesía española. Él me acercó al poemario lorquiano Poeta en Nueva York y a dos libros de Alberti que, junto al antedicho, conforman una cumbre del surrealismo español: Sobre los ángeles y Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

Gracias a él leí a Eça de Queiroz, grande de las letras portuguesas, fundamentalmente El primo Basilio —novela sobre la que decía Pablo: «Es Madame Bovary»—, La ilustre casa de Ramires, El crimen del padre Amaro y, sobre todo, El conde de Abraños, una novela hilarante que tengo emparentada en mi memoria con La isla de los pingüinos, de Anatole France, otra lectura a la que llegué por su recomendación, así como a Los dioses tienen sed. Yo me tomaba como una tarea inaplazable abordar las lecturas que me señalaba Pablo y nunca tuve que arrepentirme de ninguna. Sin sus recomendaciones es probable que yo nunca hubiera llegado a conocer el delicado humorismo ruso de Arkadi Averchenko, cuyas Memorias de un simple/los niños me proporcionaron un par de tardes gozosas. Y el jazz, a Pablo le gustaba mucho el jazz y hacía proselitismo en cuanto tenía una mínima oportunidad.

Había nacido en Larache, pero era oriundo de Campaspero, el pueblo de su madre, donde preparan el mejor lechazo del mundo, según opinión universalmente extendida que también compartía Pablo, aunque no he podido comprobarlo en persona por falta de ocasión.

Murió en 1998, a los 72 años. Se cumple esta semana una centuria de su nacimiento —hay que joderse, cómo pasa el tiempo— y con tal motivo se ha organizado una exposición en la que podrán admirarse sus dibujos humorísticos y algunas de sus afortunadas incursiones en la pintura a través de acuarelas y, más raramente, óleos. La exposición se inaugurará el martes, 12 de mayo, y estará abierta hasta el día 29.

Es una justa celebración de un artista cabal, que era, a la vez, un hombre bueno y generoso, con mucho que dar y pocas exigencias, de lo que fuimos beneficiarios su familia, sus hijos Marisa y Pablo, y sus amigos, que éramos legión.

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