Rusia arma con ametralladoras su único buque metanero del Báltico
La sospecha general es que quieren defender el buque de posibles asaltos de inspección o detención de sus actividades

Ametralladoras a bordo del buque ruso. | Estonian Police and Border Guard Board
Es un contrasentido. En un buque gasístico, donde para echar un pitillo hay que irse poco menos que a kilómetros, Rusia ha montado sacos terreros apilados sobre los que ha colocado ametralladoras pesadas. Una chispa podría mandarlo todo al cielo de los buques metaneros, pero una ráfaga corta de este tipo de armamento sería casi peor.
La estampa es tan incongruente que el sentido común, al ver las fotografías que tomó un avión de la guardia fronteriza estonia, es pensar en un montaje. El problema es que no lo es. En las imágenes se pueden observar sacos terreros apilados a los lados del puente de mando con una ametralladora tras ellos. Juntos, conforman un parapeto rústico que parece sacado de una trinchera y no de la cubierta de un buque botado en pleno siglo XXI.
El barco es el Marshal Vasilevskiy, un metanero de casi 300 metros propiedad de la sancionada Gazprom. Las fotos, cedidas a THE OBJECTIVE por el periodista Holger Roonemaa, lo captaron a mediados de mayo mientras navegaba frente a las costas de Estonia rumbo a Bolshoi Bor.

Los analistas de defensa consultados por los medios Delfi y OCCRP concluyen que lo que se ve con claridad meridiana son dos ametralladoras pesadas Kord de 12,7 milímetros. Es la primera vez que se documenta un buque civil ruso armado así, algo que no tienen ni los barcos que plantan cara a los piratas somalíes.
Tampoco es un metanero cualquiera. El Marshal Vasilevskiy es el único navío ruso capaz de almacenar y regasificar. Dicho de otro modo, es un barco capaz de recibir gas natural licuado a temperaturas extremas y devolverlo al estado gaseoso a bordo para inyectarlo en tuberías. Esa rareza lo convierte en la pieza que mantiene encendida Kaliningrado, el enclave ruso encajado entre Polonia y Lituania, cuando el suministro por gasoducto no basta o conviene rellenar reservas de cara al invierno.
Desde agosto del año pasado ha hecho cuatro veces el mismo trayecto entre Bolshoi Bor y Kaliningrado, siempre pegado a las costas de Estonia, Letonia y Lituania. El buque está sancionado en varias jurisdicciones, aunque todavía no por la Unión Europea, y rara vez entra en aguas occidentales. Desde el punto de vista legal, nadie en el entorno de la OTAN tiene un motivo claro para abordarlo, de ahí la extrañeza ante las amenazantes ametralladoras.
La Kord no es un arma improvisada. Dispara entre 600 y 650 proyectiles por minuto y mantiene eficacia letal hasta unos dos kilómetros. Es la suficiente potencia de fuego como para mandar a pique una lancha o derribar un helicóptero a corta distancia. Contra un enjambre de drones aéreos serviría de poco, y contra un misil antibuque moderno, de nada. Pero un par de estas piezas convierten cualquier intento de abordaje en una operación abocada a un enfrentamiento directo de funesto desenlace.

Entra aquí un detalle interesante. La tripulación de un gasero no sabe manejar una Kord; eso requiere de instrucción militar. Los periodistas de Delfi Estonia y el Dossier Center repasaron las listas de pasajeros del buque desde agosto: de las 50 personas embarcadas, al menos 24 tienen pasado o presente en el ejército, la Guardia Nacional o el FSB, el servicio secreto ruso. No son polizones, sino la dotación que da sentido a las armas asomadas tras los sacos.
Uno de ellos, Dmitri Artemenko, ha estado en los cuatro últimos viajes a Kaliningrado, incluido el de mayo que fotografiaron los estonios. Su domicilio registrado, según las bases filtradas, es una unidad militar a las afueras de Moscú: un centro de operaciones especiales del FSB en Balashikha. No respondió a las preguntas de los periodistas. Con toda seguridad, él sí sabría dónde está el seguro de las Kord.
Esta presencia tampoco es una novedad. Se sabe que desde hace meses Rusia coloca a bordo de los petroleros de su flota fantasma equipos de protección formados por exmilitares y antiguos mercenarios de Wagner, con la misión de disuadir a las autoridades occidentales de que intenten subir a inspeccionar sus barcos. El Marshal Vasilevskiy, que ni siquiera pertenece a esa flota en la sombra, lleva esa misma lógica un escalón más arriba.
Un oficial de inteligencia del Báltico consultado por Delfi Estonia y OCCRP lo resume en dos mitades: un 50% para repeler un eventual ataque de drones navales ucranianos y otro 50% para mandar un mensaje. El destinatario del mensaje es cualquiera que se plantee inspeccionar el buque. Patrick Bolder, del centro de estudios estratégicos de La Haya, lo traduce sin rodeos: las armas vienen a decir «no nos abordéis», porque eso provocaría una guerra.
Con ametralladoras pesadas a bordo, la probabilidad de un abordaje cae a cero. Y hay un matiz que lo agrava: es un gasero. Una bala perdida, y más aún cualquier explosivo por pequeño que sea, podría tener consecuencias catastróficas sobre la carga. Cualquier fuerza que quisiera detenerlo tendría que actuar con una delicadeza casi quirúrgica, consciente de que un solo disparo en el lugar equivocado convertiría la inspección rutinaria en un desastre de proporciones difíciles de calcular.
El comandante de la Armada estonia, el comodoro Ivo Värk, avisa de lo que vendría después. Si desde ese buque se abriera fuego contra una embarcación de cualquier bandera en aguas estonias, sus fuerzas estarían obligadas a proteger al atacado, con uso de armas incluido. Y el precedente existe: hace pocas semanas, una fragata rusa realizó disparos de advertencia en el canal de la Mancha.
A un paso del conflicto
Trasladar esa escena al Báltico es solo cuestión de voluntad y de oportunidad. Y Rusia tiene motivos para temerla. En marzo, el metanero Arctic Metagaz ardió en el Mediterráneo tras lo que Moscú atribuyó a drones navales ucranianos y quedó muy dañado, con una brecha en el casco y la carga dentro. En junio, los drones de Kiev alcanzaron por primera vez Kronstadt, junto a San Petersburgo, e incendiaron la corbeta Boikiy: el frente naval ucraniano, antes confinado al mar Negro, llega mucho más allá.
Hay un fantasma adicional rondando los cálculos de Moscú. Tras la Operación Telaraña, en la que Ucrania lanzó drones desde camiones civiles infiltrados en territorio ruso, cualquier embarcación se ha vuelto sospechosa de convertirse en una plataforma de lanzamiento encubierta. Trasladado al Báltico, eso significa que un mercante anodino podría desplegar drones aéreos o navales a tiro de piedra de su objetivo. Para un navío tan especial como el Vasilevskiy, la paranoia tiene su lógica.
Europa tampoco se ha quedado de brazos cruzados. En el último año, varios países han interceptado petroleros de la flota fantasma por enarbolar banderas falsas o por sospechas de haber dañado cables submarinos. Hace dos semanas, los Royal Marines británicos abordaron uno en el Canal de la Mancha. Cada inspección de esas tensa un poco más la cuerda, y la respuesta rusa ha sido poner hierro pesado sobre las cubiertas en un pulso que está dejando de ser teórico.
Un gesto preocupante
El gesto ruso tiene una lectura más defensiva que ofensiva, aunque el efecto sea igual de extraño. Un buque civil que pasea ametralladoras por la costa báltica es una escalada bélica, por mucho que se presente como blindaje. Si el Marshal Vasilevskiy se perdiera, Kaliningrado se quedaría sin su único cordón umbilical de gas flotante, con el coste militar que eso arrastraría para una guarnición que depende de él.
Suecia ya ha anunciado que montará estaciones de armas teledirigidas en sus propios buques civiles de guardacostas, una respuesta especular al gesto ruso. Así, la frontera entre flota mercante y flota de guerra, que el siglo XX había aprendido a separar con tanto esfuerzo, vuelve a difuminarse en el Báltico, saco terrero a saco terrero, en una carrera silenciosa donde cada bando arma sus barcos civiles para no quedar expuesto ante el contrario.
Cuando un barco de gas necesita un nido de ametralladoras para hacer su ruta de siempre, la pregunta ya no es si la guerra llegará al mar. Es cuántos metros le faltan.
