El trasplante pulmonar y la condena que marcan el ‘annus horribilis’ de la Corona noruega
La salud de Mette-Marit se resiente coincidiendo con el ingreso de su hijo Marius Borg en prisión por abusos sexuales

La princesa Mette-Marit de Noruega junto a su hijo Marius Borg. | Andreas Fadum (EP)
Acostumbrados a la estabilidad de las monarquías nórdicas, recientemente hemos visto cómo hasta las imágenes más impolutas se pueden truncar de un día para otro. Desde el escándalo de Federico de Dinamarca con Genoveva Casanova, pasando por los vínculos de Sofía de Suecia con Jeffrey Epstein, hasta llegar a la bomba de racimo de la corte noruega, donde la amistad de la princesa Mette-Marit con el magnate americano también ha jugado un papel determinante, y que ha culminado con un trasplante de pulmón y la condena judicial de su hijo Marius Borg.
Si bien estos últimos meses la situación se había calmado tras conocerse la amistad de la princesa con Epstein, ahora su salud se ha entrometido en los planes de la familia. En la última semana, hemos podido saber que la princesa se ha sometido a un trasplante pulmonar en el Hospital Nacional de Oslo. Hace unos días, la Casa Real anunció la inclusión de la princesa heredera Mette-Marit en la lista de espera para un procedimiento quirúrgico debido a la fibromialgia que padece desde 2018. Esta noticia, que podría ser un tanto esperada, ha conmocionado a todo el país y a la prensa internacional.
Una intervención compleja
A través de un comunicado, la Casa Real ha informado sobre el estado de salud de la princesa. En él, el jefe del departamento de Cirugía Torácica del Hospital Nacional de Oslo ha confirmado que el trasplante de pulmón ha sido «un éxito»: «La Princesa Heredera permanecerá ingresada durante las próximas semanas, un periodo habitual tras este tipo de intervenciones para ajustar la medicación, prevenir complicaciones y completar el proceso de rehabilitación».
La operación ha supuesto un giro inmediato en la institución, causando la suspensión de la agenda oficial del príncipe heredero Haakon para permanecer junto a su esposa durante su recuperación. Desde que en 2018 se hiciera público el diagnóstico de fibrosis pulmonar crónica de Mette-Marit, la Casa Real noruega había gestionado la situación con prudencia, a través de ajustes puntuales en su agenda. Sin embargo, el comunicado del pasado 5 de junio marcó un punto de inflexión, al reconocer que la evolución de la enfermedad había alcanzado una fase crítica y que la prioridad pasaba por realizar un trasplante pulmonar.
Pese al mensaje de tranquilidad trasladado por el Palacio, el trasplante continúa siendo una de las intervenciones más complejas de la medicina moderna. No se trata únicamente de sustituir un órgano, sino de una operación en la que influyen otros factores determinantes.
Cirujanos del Hospital General Universitario Gregorio Marañón consultados por este periódico explican que, una vez realizado el trasplante, comienza una segunda fase igual de importante que la propia intervención: evitar el rechazo. Para ello, el paciente debe recibir medicación inmunosupresora que reduce la respuesta defensiva del organismo y evita que el sistema inmunitario identifique el nuevo pulmón como un elemento extraño. Las primeras 72 horas suelen considerarse decisivas, ya que es el periodo en el que existe un mayor riesgo de rechazo agudo del órgano trasplantado.
Superada esa primera fase crítica, el seguimiento continúa. Aunque la intensidad del tratamiento disminuye, la inmunosupresión puede llegar a mantenerse de forma permanente. Esto obliga a adoptar determinadas precauciones cotidianas, desde calendarios de vacunación más exhaustivos hasta una vigilancia especial frente a infecciones o heridas que podrían complicarse debido a la menor capacidad de respuesta del organismo. En el caso concreto de Mette-Marit, la enfermedad que motivó la intervención no debería reproducirse en el órgano trasplantado. La fibrosis pulmonar que padece afecta a sus pulmones originales, pero no se transmite al nuevo órgano.
Otro aspecto que ha llamado la atención de los expertos es que la intervención realizada a la princesa ha sido un trasplante unipulmonar. Habitualmente, en los casos avanzados de fibrosis pulmonar se opta por el reemplazo de ambos pulmones, eliminando así todo el tejido afectado por la enfermedad. Por el momento, la Casa Real noruega no ha explicado los motivos clínicos que llevaron a los médicos a sustituir únicamente uno de los pulmones.
No obstante, los especialistas recuerdan que es perfectamente posible mantener una buena calidad de vida con un solo pulmón funcional. Incluso en el supuesto de que la fibrosis continuara avanzando en el pulmón no trasplantado, una persona sin grandes exigencias físicas puede desarrollar una actividad prácticamente normal con pequeñas adaptaciones en su día a día.
El anuncio llegado desde Oslo supone una noticia esperanzadora para la familia real noruega, pero también el comienzo de una nueva etapa marcada por el seguimiento médico permanente.
Marius Borg, el rayo que no cesa
Si la enfermedad de Mette-Marit representa un gran desafío institucional para la Corona, el caso de Marius Borg constituye su principal problema familiar. El hijo mayor de la princesa, fruto de una relación anterior a su matrimonio con Haakon, ha sido condenado a cuatro años de prisión por abusos sexuales y violación. A su vez, el tribunal ha establecido que deberá enfrentarse también al pago de 640.000 coronas noruegas (59.000€) como indemnización a 4 víctimas.
El abogado de Borg ha afirmado que estudiarán recurrir la sentencia, convirtiendo al hijo de la princesa, una vez más, en el protagonista de la prensa. La coincidencia temporal del juicio junto con el empeoramiento de la salud de Mette-Marit ha añadido una dimensión especialmente dramática al proceso, llegando Borg a solicitar el arresto domiciliario como medida extraordinaria, alegando el delicado estado de su madre y el temor de no volver a verla con vida. Hasta el momento, el tribunal le ha concedido un permiso para poder visitarla en el hospital.
Una heredera apresurada
Además de los principales damnificados, existen otras figuras que de forma colateral se ven afectadas. La princesa Ingrid Alexandra, futura reina de Noruega, ha regresado temporalmente desde Australia para continuar sus estudios en la Universidad de Oslo durante el próximo semestre. Oficialmente, la decisión responde a motivos académicos. Sin embargo, resulta difícil desligarla del contexto familiar que atraviesa la Casa Real.
La enfermedad de Mette-Marit y la reducción de actividad del príncipe Haakon están obligando a que los miembros más jóvenes de la familia adquieran una visibilidad inédita hasta ahora. Esta cuestión ha alcanzado el parlamento noruego, que ha comenzado los trámites para hacer una reforma constitucional. Dicha reforma, que tras una aprobación inicial se someterá a votación en noviembre, viene a desbloquear una posible situación en la que tanto el rey como el príncipe heredero se vean incapaces de cumplir sus funciones oficiales, pudiendo Ingrid Alexandra ejercer la labor de regente como siguiente miembro en la línea de sucesión. Hasta el momento, la constitución establecía que de forma exclusiva sería el heredero al trono el que tuviera que asumir las funciones del monarca si este se encontraba impedido. De esta forma, en una votación donde dos tercios de la cámara deben estar de acuerdo, se salvaría un improbable aunque evitable bloqueo institucional.
Ingrid Alexandra está viviendo de forma apresurada cómo su turno se acerca. Desde la avanzada edad del rey y sus ingresos hospitalarios recurrentes hasta la situación de su madre, que ha absorbido la atención del príncipe Haakon, todas las miradas se dirigen hacia ella, que deberá demostrar si es capaz de aguantar la presión ante todos los frentes abiertos de la Corona.
Una institución ante su prueba más difícil
Durante años, la monarquía noruega fue considerada una de las más sólidas y mejor valoradas de Europa. La cercanía de Harald V, la popularidad de Sonia, el perfil moderno de Haakon y Mette-Marit o la preparación de Ingrid Alexandra parecían garantizar una transición tranquila hacia el futuro.
Hoy el panorama es muy diferente. La institución se enfrenta simultáneamente a una grave crisis por la salud de la princesa consorte, a un escándalo judicial sin precedentes y a una aceleración inesperada del relevo generacional. Ninguno de estos elementos pone en cuestión la continuidad de la Corona. Pero todos ellos están alterando profundamente el ritmo con el que la monarquía esperaba afrontar las próximas décadas.
Paradójicamente, la mayor fortaleza de la institución puede encontrarse precisamente en la generación más joven. Mientras Mette-Marit lucha por recuperar la salud y la imagen y Marius se enfrenta a las consecuencias judiciales, Ingrid Alexandra empieza a ocupar un espacio cada vez más visible dentro de la vida pública noruega. Quizá esta sea la verdadera clave dentro de todo este boom informativo. El momento en que una futura reina comienza a dejar de representar el mañana para convertirse, apresuradamente, en una pieza fundamental del presente.
