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Arturo Pérez-Reverte: «Las revoluciones las pierden quienes las hacen»

El escritor presenta ‘Revolución’, ambientada en el México de Zapata y Villa, y cuyo protagonista es un joven al que ha cedido su mirada de reportero de guerra

Arturo Pérez-Reverte: «Las revoluciones las pierden quienes las hacen»

El escritor Arturo Pérez-Reverte en la presentación de 'Revolución', su nueva novela. | Juan Carlos Hidalgo (EFE)

Arturo Pérez-Reverte llega entre flashes a uno de los salones del hotel Palace. Su sombrero de fieltro, estilo indiana, reposa junto a él cuando se sienta a la mesa para presentar Revolución (Alfaguara, 2022), su trigésima segunda novela. Esta, su última aventura, ha tenido embarcado a este marino durante el último año y medio, y la singladura le ha llevado en esta ocasión a México; en concreto, a la revolución protagonizada por Emiliano Zapata y Fransisco Villa. Ha sido, de hecho, el regreso a su país amado después de La Reina del Sur (Alfaguara, 2002). Algo te ata firmemente a un lugar al que has sobrevivido y, aunque el autor ha sobrevivido a varios, en México tuvo que hacerlo a golpe de tequila. Algo se torció en una cantina y solo el destilado apaciguó los ánimos y le permitió llegar a los 71 años que está a punto de cumplir.

Reverte no es autobiográfico, y Revolución no escapa a esa norma. Sin embargo, algo de su mirada temprana, cuando se enfrentó a los primeros conflictos, se ha posado en Martín Garret, el ingeniero de minas que protagoniza esta historia. «La ventaja de ser mayor y de tener una biografía movida es que uno puede utilizar elementos de ella para, pasados por el filtro de lo narrativo, convertirlos en literatura», dice Reverte, aclarando que nada de lo que pasó en la novela le sucedió a él, sino que él le ha cedido «el botín de ese recorrido iniciático» a su Martín para darle «espesor». 

«Las contradicciones de la guerra te dan una visión del mundo totalmente diferente»

Y así es: su personaje, a diferencia del autor (cuya profesión le determinaba), se ve envuelto en una revolución de forma sorpresiva. Es un joven ingeniero de minas español que una mañana, desde su hotel, escucha un tiro en la distancia y sale a la calle para ver qué sucede. Y lo que sucede es que una revolución le arrasa y le aporta todo aquel conocimiento que Reverte adquirió de la guerra: «Las contradicciones de la guerra te dan una visión del mundo totalmente diferente a la que vive la sociedad habitual biempensante. Yo me enganché a la guerra, pero no por la guerra, sino por los seres humanos que la hacen. La gente que se mueve por ella es fascinante». A Martín, unido en combate al ejército de Pancho Villa, le sucede lo mismo.

La historia como un pretexto para conocer el presente

Aunque el telón de fondo de su última obra, como acostumbra el autor, es histórico, Reverte deja claro que ese marco es tan solo «un pretexto» y que estamos ante «una novela de aventuras». Pero sí reconoce que el pasado es el lugar donde se encuentra cómodo, él que se declara abiertamente como un ser «del siglo XX». Y lo razona así: «La historia para mí no es una recreación. Yo no escribo novelas con la historia de fondo para reconstruir ese mundo histórico, sino para entender mejor el presente».

La mecha necesaria para escribir Revolución en tal contexto fue prendiendo lentamente, a lo largo de una vida: su bisabuelo fue ingeniero de minas, y un compañero suyo fue a México en la época de la revolución zapatista, desde donde le enviaba misivas. Esto hizo que al escritor siempre le interesara aquel pasado y que, en sus viajes como reportero al Nuevo Mundo, fuera acumulando material sobre ello. Un día, sin esperarlo, todo ello desembocó en la certeza de que debía escribir esta historia.

«En México, la injusticia, la humillación, el caciquismo y la tristeza siguen»

Viajar al pasado y a otra geografía implica un trabajo de documentación exhaustivo, también en lo que al lenguaje concierne. Y el reto principal aquí, subraya Reverte, era recrear «las voces de un campesino analfabeto del año 1911», para lo que «tenía que hacer esa diferencia de tonos» y aspirar a que el lector «los oyera más que leyera». Para eso se empapó de la literatura mexicana contemporánea, «leyendo Vámonos con Pancho Villa, las de Nellie Campobello, Los de abajo», etc. Y vio mucho, mucho cine también.

Nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte.

El final baldío de la revolución 

Aunque ahora enfrenta esta, hecha de tinta y papel, en su archiconocida faceta como reportero de guerra Reverte cubrió varias revoluciones. Entre otras, las de El Salvador, Rumanía y Nicaragua. Aquellas batallas aterrizan en los lujosos salones del Palace durante la presentación a través de las reflexiones que al autor le suscitan: «Los he visto luchar, sufrir y morir, y ver el precio que pagan. La sensación que queda es muy triste. Hay excepciones, pero por lo general las revoluciones las pierde quien las hace. Ocurre en casi todos los lugares». Por eso, Reverte explica que a Revolución la «recorre un poso de melancolía al ver tanta sangre derramada para lo que es México ahora: un lugar en que la injusticia, la humillación, el caciquismo y la tristeza siguen». Y añade, con un gesto entre el cinismo y las ascuas de un dolor incómodo: «Haber visto todas esas cosas hace que uno no se haga muchas ilusiones sobre las grandes palabras revolucionarias».

El del novelista, dice para concluir, es un trabajo. Y el suyo es un empeño sin jubilación ni descanso. Aunque para presentar Revolución recala en el puerto de una ciudad sin mar, el marino lleva ya meses surcando las aguas de una nueva historia: «Yo no tengo agonía creativa, yo necesito trabajar». Además, su oficio, dice, le aleja la parca: «Para un novelista, del tipo que soy yo, una novela es una manera de no envejecer de una forma miserable, triste o sórdida, sino de una forma espléndida. El novelista que deja de aprender está muerto». 

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