'Rasputín y la caída de los Románov', el monje loco entre el mito y la realidad
Antony Beevor combina rigor histórico y pulso narrativo en la biografía del hombre que contribuyó al fin de una dinastía

Rasputín con sus seguidoras en 1914. | Wikimedia Commons
En el árbol genealógico de los spin doctors o asesores áulicos de los gobernantes hay dos figuras que representan las dos caras de la moneda: Maquiavelo y Rasputín. Pese a la mala fama del florentino —que a uno lo llamen maquiavélico no es un piropo—, este plantea la aplicación de la razón a la política y sus consejos al príncipe están destinados al manejo y mantenimiento del poder. Rasputin, en cambio, es la personificación de la turbiedad y contribuyó a hundir una dinastía. A este último dedica Antony Beevor Rasputín y la caída de los Románov (Crítica).
Beevor es de lejos el mejor historiador militar de la Segunda Guerra Mundial en activo. Sus libros sobre las batallas de Stalingrado y Berlín son insuperables. Y los que dedicó a las batallas de Creta, Arnhem, las Ardenas y el desembarco de Normandía son igualmente estupendos. Sus obras combinan dos virtudes muy británicas: rigor documental servido con un pulso narrativo digno del mejor novelista. Virtudes que también están presentes en el amenísimo y enjundioso Rasputín y la caída de los Románov. No es la primera incursión del autor en las entrañas de ese país, ya que en 2022 publicó Rusia: Revolución y guerra civil, 1917-1921.
La primera pregunta que le viene a uno a la cabeza al leer su nuevo libro es: ¿de verdad necesitábamos otra biografía de Rasputín? Pregunta pertinente porque hay unas cuantas, además de obras como Rasputín. Los archivos secretos (también en Crítica), que rescataba el expediente desaparecido sobre el monje que acabó subastado en Sotherby’s y contenía interesantes testimonios directos de quienes lo conocieron. Hace años, incluso salió a la luz un presunto diario del monje loco, cuya veracidad pusieron en duda los expertos.
El libro de Antony Beevor no contiene estruendosas novedades ni presenta documentos hasta ahora inéditos. Es el enfoque del historiador lo que hace que su lectura sea muy recomendable. Como indica el título, dedica buena parte de sus esfuerzos a analizar hasta qué punto Rasputín fue, como sostiene la leyenda, el responsable directo de la caída del último zar Románov. El autor pone empeño en desbrozar y diferenciar los mitos que rodean al estrambótico personaje de las realidades documentadas. Además, gracias a las ya mencionadas virtudes narrativas de Beevor, la obra es un vívido fresco de la época y traza un atinado perfil psicológico no solo de Rasputín, sino también del zar y la zarina.
¿Cómo pudo llegar un campesino siberiano semianalfabeto a introducirse y conspirar en la corte de los zares? Beevor evoca sus humildes orígenes, su personalidad conflictiva, y cómo le marcó la muerte a temprana edad de varios de sus hijos. Desolado, se convirtió en un stránniki, un peregrino errante. Se trataba de penitentes que se movían de un monasterio a otro y que abundaban en la Rusia de la época. Tolstói los admiraba y hay una mención a ellos en Guerra y paz.
Lujuria
Surgieron en esos años de peregrinaje las experiencias místicas y hazañas milagreras —que Beevor atribuye a alucinaciones debidas al hambre como explicación lógica— y, caminando por la madre patria, llegó a San Petersburgo, donde atrajo la atención por sus supuestas dotes curativas y su santidad. Algunos aseguraban que poseía poderes de magnetismo en sus manos y capacidades hipnóticas y de sanación. Abundaban entre sus seguidores las mujeres, a cuyos encantos no era precisamente inmune. «Conozco el alma a través del cuerpo», aseguraba el santón sobón, el engatusador con la capacidad manipuladora de un líder de secta.
Una de las que cayó bajo su hechizo de telepredicador avant la lettre fue la zarina, cuando el monje pareció salvar en dos ocasiones la vida de su hemofílico primogénito, el zarévich Alekséi. Y a través de la zarina extendió su influencia hasta el zar.
Rasputín fue un personaje tan estrafalario que ha pasado a formar parte de la cultura popular: se convirtió en personaje de películas (incluidas de terror y hasta porno) y cómics, e incluso protagonizó un hit discotequero a finales de los años setenta del pasado siglo (los que peinen canas, seguro que recuerdan el tema de Boney M.). Un personaje, por tanto, convertido en caricatura. Beevor pone empeño en evitarla y señala al inicio del libro las paradojas del monje loco: «Combinaba la inocencia espiritual con una lascivia extrema; una fe religiosa intensa con un oportunismo cínico; la jactancia con la paranoia; el altruismo innato con la codicia; el conocimiento de sí mismo con la fantasía. Se convenció a sí mismo de que amaba genuinamente a las mujeres, pero en ocasiones las violaba».
Los excesos del monje eran reales: sobre todo su lujuria desbocada, con un amplio anecdotario de situaciones sórdidas con mujeres desnudas. Yacía con ellas en su lecho para vencer las tentaciones, pero caía en ellas, y se justificaba porque el pecado era un paso necesario para la redención. Sin embargo, a partir de esta realidad, los chismes palaciegos y populares extendieron la leyenda —¡bulos!— de que mantenía relaciones íntimas e impropias con la zarina e incluso con sus tres hijas. Nada demuestra que fuera así, pero la intoxicación contribuyó a reforzar la idea de debilidad del zar Nicolás —¡cornudo!—, lo cual incrementó el descontento ante su figura, que él mismo ya se había ganado con sus palmarias ineptitudes como gobernante.
Conspiración de palacio
Apunta Beevor que «en la cadena de causas y efectos de la historia, raramente se ha visto una influencia tan fuerte de un solo hombre de orígenes humildes, así como de los rumores infundados. La importancia de Rasputín ofrece una perspectiva distinta e intrigante sobre la teoría de la historia que se basa en lo que se ha dado en llamar ʻlos grandes hombresʽ».
La propia madre del zar estaba muy preocupada por la influencia de Rasputín sobre su hijo. Al final el personaje fue víctima de una conspiración palaciega comandada por el príncipe Yusúpov. Su asesinato no hizo sino acrecentar su leyenda: los conjurados trataron de envenenarlo con cianuro en unos pastelitos, pero como el veneno parecía no surtir efecto en él —¿acaso poseía poderes sobrenaturales?— tuvieron que liquidarlo a tiros.
Entre tanto, los rumores en torno a sus maquinaciones políticas, sus perversiones sexuales y sus supuestos líos de cama con la zarina habían llegado también a la calle y contribuyeron a caldear el ambiente en vísperas de la revolución. ¿Fue Rasputin el gran responsable de la caída de los Romanov? Uno de los testimonios que cita Beevor da la clave: «El problema no fue Rasputín, sino el régimen que hizo posible a Rasputín».
