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Cultura

Morin y la razón hospitalaria 

«La inteligencia comienza cuando aceptamos que el mundo es más rico, más ambiguo y más hermoso»

Morin y la razón hospitalaria 

Edgar Morin.

Su verdadero nombre era Edgar Nahoum y nació en París, en el seno de una familia sefardita procedente de Salónica, y no sin ironía,  Edgar se definía como una identidad sin cerrar. La muerte temprana de su madre abrió en él una herida de difícil cicatrización  y se convirtió en uno de los motores de su pensamiento. Desde muy joven comprendió que la existencia era un tejido de pérdidas, de retornos, sombras, de proyecciones, de alucinaciones, de vida y de muerte. Esa intuición inicial acabaría convirtiéndose en una filosofía, y hasta en una mística. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven Nahoum ingresó en la Resistencia francesa y adoptó el apellido «Morin» como nombre clandestino. Aquel muchacho judío perseguido por la maquinaria nazi descubrió entonces que las ideologías eran fuerzas capaces de triturar cuerpos y destinos. De aquella experiencia surgió una desconfianza hacia los dogmatismos. Había visto demasiado cerca la monstruosidad de las certezas absolutas.

Terminada la guerra, mientras buena parte de los intelectuales franceses permanecían fascinados por las grandes arquitecturas ideológicas como el marxismo, el existencialismo y el psicoanálisis, Morin se dejó seducir por un objeto aparentemente menor: el cine. En 1956 publicó Le Cinéma ou l’homme imaginaire (lit.: «El cine o el hombre imaginario»), un libro que abordaba la pantalla como un fenómeno antropológico antes que estético. Para él, el cine era un laboratorio donde la humanidad proyectaba sus deseos, sus fantasmas y sus nostalgias más antiguas. No analizaba solamente películas; analizaba la relación entre las imágenes y el alma. Veía en la sala oscura una caverna moderna donde el hombre contemporáneo seguía buscando los mismos mitos que habían acompañado a las tribus primitivas.

Años después emprendió una de las investigaciones de campo más reveladoras de la sociología francesa. Se instaló en Plozévet, un pequeño pueblo bretón de la costa atlántica, para estudiar las transformaciones que la modernidad estaba introduciendo en la vida rural. Morin observó la desaparición de las antiguas costumbres, la emergencia de nuevas formas de vida, la emancipación de los jóvenes y de las mujeres, la llegada de los medios de comunicación y del consumo. Sin embargo, ocurrió algo significativo: muchos habitantes del lugar reaccionaron con incomodidad. Sentían que aquel libro no hablaba verdaderamente de ellos. Reconocían los hechos, pero no el corazón. Era como si la radiografía hubiera olvidado la temperatura de la sangre. Aquella crítica acompañó a Morin durante mucho tiempo y quizá contribuyó a reforzar su sospecha de que ninguna descripción agota la complejidad de una existencia.

Mientras tanto, Francia entraba en la larga agitación teórica de los años setenta y ochenta. El existencialismo, el estructuralismo, el posestructuralismo y las múltiples derivaciones de la llamada French Theory dominaban las universidades. Era la época en que se proclamaba la muerte del sujeto, la disolución del hombre, la soberanía de las estructuras, la sospecha sistemática contra toda experiencia vivida. Morin observaba aquel espectáculo desde una distancia irónica y llegó a afirmar que aquellos años representaron «el momento más estúpido del pensamiento francés». Morin rechazaba tanto los dogmas marxistas como los excesos estructuralistas, y se apartó del carnaval. Por aquel entonces, lo vi una tarde en un café junto a la Schola Cantorum, y parecía apesadumbrado y solo.

«Su pensamiento tiene la ligereza de quien sabe que el universo es demasiado vasto para ser encerrado en una teoría definitiva»

Fue precisamente en esa soledad intelectual donde comenzó a cristalizar su gran aventura filosófica: el pensamiento complejo. Frente a una cultura que fragmentaba el conocimiento en disciplinas incomunicadas, Morin propuso una inteligencia capaz de relacionar, conectar y entrelazar. El pensamiento complejo no significa que todo sea confuso; significa que la realidad está hecha de interdependencias, contradicciones y retroacciones que no pueden reducirse a una sola explicación. Comprender algo exige ver simultáneamente las partes y el todo, el orden y el desorden, la razón y el azar. Morin apuesta por una filosofía de las conexiones que evoca la ideología del Renacimiento. 

Hay algo profundamente seductor en la figura de Morin. No posee la arrogancia sacerdotal de tantos intelectuales franceses ni la agresividad de quienes convierten las ideas en trincheras. Aparece más bien como un gran paseante del conocimiento, elegante y cordial, capaz de conversar con la biología, la literatura, la física o la antropología sin perder jamás la curiosidad. Su pensamiento tiene la ligereza de quien sabe que el universo es demasiado vasto para ser encerrado en una teoría definitiva. Y su estilo, refinado y hospitalario, recuerda esa rara estirpe de sabios que prefieren iluminar antes que imponer. Como si toda su obra estuviera atravesada por una convicción sencilla y luminosa: la inteligencia comienza cuando aceptamos que el mundo es más rico, más ambiguo y más hermoso de lo que nuestras certezas pueden soportar.

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