Max de Esteban: «Las infraestructuras no determinan nuestros grados de poder»
Foto Colectania presenta 'Tantas historias. Tantas preguntas', una muestra sobre tecnología, poder y crisis climática

Max de Esteban. | Cortesía de Mahala Comunicación
Foto Colectania presenta Tantas historias. Tantas preguntas del artista Max de Esteban. A través de fotografías, vídeos e instalaciones, la exposición explora los sistemas tecnológicos y económicos que organizan la vida contemporánea y condicionan nuestra percepción del mundo. La muestra puede visitarse del 4 de junio al 20 de septiembre.
THE OBJECTIVE se reúne con Max de Esteban para hablar de su colección. Además, el artista se encuentra ultimando los preparativos para la inauguración de la exposición Cartografía provisional en el Museo Niemeyer, sede central de la Bienal Internacional de Curitiba. La monográfica presentada en Foto Colectania reúne algunas de sus series más destacadas, como 20 Red Lights, White Noise o Cartografía provisional. Entrevista con mi madre. «En la actualidad, un arte relevante debe ser una confluencia entre el mundo humanista y el técnico-científico», nos cuenta.
PREGUNTA.- Al ver su obra, es inevitable pensar que, como humanidad, estamos en un momento de transición…
RESPUESTA.- Más que de transición, me atrevería a decir que estamos en una fase final. Este cambio radical se inició con tres grandes revoluciones: la científica, la técnica con la imprenta y la económica con el sistema capitalista. Hoy creo que estamos frente a tres revoluciones de la misma magnitud: la científica, con el reconocimiento de que por primera vez va a existir una inteligencia igual o superior a la humana en la Tierra; la económica, con la redistribución del poder; y una técnica, que es la digital. La pregunta es si el sistema democrático liberal, que nace de la Revolución francesa, va a subsistir. Filosóficamente, la modernidad se apoya en dos principios básicos. El primero es la autonomía, que es la capacidad de pensar por nosotros mismos, sin depender de un dios o un rey. Y el segundo es la agencia, que es la habilidad de tener un impacto en nuestra organización política. Las dos cosas ahora están en cuestión porque, ¿hasta qué punto los nuevos sistemas de digitalización e inteligencia artificial nos hacen dependientes? La digitalización permite la fragmentación de lo que antes eran los centros de valor, como las fábricas, donde había lazos de solidaridad y afectivos. Eso, a su vez, produce impotencia y desasosiego.
P.- Elisa Medde se estrena como directora de Foto Colectania con su muestra. En su propuesta curatorial cita a Bertolt Brecht en su poema Preguntas de un obrero que lee. Este reflexiona sobre quién está detrás de la construcción de las grandes ciudades e imperios y a qué coste humano y planetario se han elevado…
R.- Mi trabajo lleva una década abordando las infraestructuras del capitalismo. La definición es muy precisa: son las tecnologías, los sistemas y las condiciones físicas que determinan la circulación del significado y del poder. Son aquellas que delimitan el carácter de un siglo de transición, para mí radical. Por eso es pertinente y contemporánea la reflexión y la pregunta de Brecht. Mi campo de estudio se centra en cinco infraestructuras: el capitalismo financiero-digital, la desigualdad e impuestos, la inteligencia artificial, la biotecnología y el deterioro medioambiental. Cada una puede ser independiente, pero forman parte de un mismo proyecto.
P.- La tradición impulsada por Hans Haacke y Renée Green sigue dando hoy herramientas sólidas para desarrollar prácticas artísticas. Usted trabaja con mucha documentación y datos científicos. ¿Considera sociológico su método de estudio o lo sitúa dentro del research-based art [lit.: «arte basado en la investigación»]?
R.- Sí, me ubico en el género. Se inaugura a principios de la década de los setenta, cuando Haacke denunció las actividades de quienes controlaban la mayor parte de las propiedades inmobiliarias de Manhattan. Presentó la investigación como una instalación en el Guggenheim y poco tiempo después fue censurada. La práctica se basa, sobre todo, en la investigación científica rigurosa y la obra de arte es el vehículo de comunicación. La organización Forensic Architecture también hace hoy un gran trabajo desde esta tradición, centrado en la violación de los derechos humanos. Pero también bebo mucho de la literatura realista francesa del siglo XIX. Zola es un gran referente: para escribir Germinal, investigó a fondo el pueblo minero de Anzin bajando a la mina; para entender la especulación bursátil o las burbujas financieras de su siglo, hay que leer L’Argent. También admiro mucho a Goya: fue un innovador al incluir leyendas en sus grabados.
P.- ¿Y el reto es traducir los hallazgos científicos al lenguaje artístico?
R.- Yo normalmente empiezo una investigación dos años antes de presentar el proyecto. Estudio el tema a través de contactos con especialistas y en el proceso van apareciendo imágenes y formas. Cada proyecto tiene su formato: puede ser fotografía, vídeo o instalación. Desde estos soportes conceptualizo el dilema político-social. Lo fundamental es poder transmitir la idea a un público que no sea especialista en el tema, pero que también un científico riguroso pueda corroborarla fácticamente. El research-based art también tiene riesgos. Por un lado, el cúmulo de documentos puede resultar extenuante para el visitante. El otro es que, al ser tan rigurosos con la investigación, podemos guiar autoritariamente al espectador hacia una conclusión. No se trata de ser la voz de la verdad, menos aún desde el arte. Por eso recurro a la ficción, a la fábula.
P.- Bruno Latour hablaba de las «infraestructuras» como redes sociotécnicas y Michel Foucault las describía como parte material de los sistemas de poder. ¿Cómo delimita usted este concepto central en su obra?
R.- La definición nos hace pensar en carreteras y la asociación es acertada porque hasta una autopista es ideología encarnada, hecha materia. La biotecnología la tenemos que entender como biopolítica: es el modo de pensar cómo estamos sobre la Tierra. Una infraestructura no determina el futuro, pero sí el rango en el que podemos pensar y los grados de poder que cada uno de los actores tiene. La bomba atómica es una tecnología que está en manos de Estados soberanos. No es lo mismo que la IA, que hoy controlan un puñado de cinco o diez individuos. Las infraestructuras determinan quiénes tienen estos poderes y cómo los controlan.
P.- Pero la tecnología, en cierto modo, tiene autonomía. Si no hubiera existido Oppenheimer, la bomba atómica hubiera tenido otro padre…
R.- Totalmente. En tecnología, todo lo que se puede hacer se va a hacer. Por eso es relevante quién la controla. Otra de las razones que me llevan a pensar que estamos al final de una época es el dramático deterioro medioambiental. Entre la bomba atómica y el deterioro ambiental hay una gran diferencia. Para que la bomba explote, alguien tiene que activarla; para detener la crisis medioambiental, tiene que haber una voluntad colectiva o hay que «apretar demasiados botones». Y la humanidad no parece llegar a consensos que obliguen a sacrificios colectivos. Por eso hay gente que hasta defiende los autoritarismos o a «autoridades iluminadas» que no quieren depender de elecciones democráticas y dicen poder salvar el mundo. Yo no comparto esta idea, pero ya en los años setenta se hablaba de un «ecologismo soviético» que prometía impedir los abusos medioambientales provocados por el capitalismo. Esto no ocurrió: algunos de los mayores y más graves desastres medioambientales se han producido en la zona soviética. Si comparamos la postura sobre energías renovables entre China y Estados Unidos, vemos que el esfuerzo ha venido por parte del gigante asiático. Actualmente, China es líder mundial en tecnología. Estamos viviendo un momento de transformación y hay una razón económica, técnica y científica.
P.- En la serie White Noise se recita un poema extraído de Las metamorfosis de Ovidio, quien ya advertía sobre el daño que los hombres hacen al planeta…
R.- Es quizá la serie más poética. Relata cómo los bosques y las colinas arden, los ríos hierven, la superficie entera de la Tierra estalla. En esta situación extrema, la Tierra se dirige al capitalismo jupiteriano y advierte: «Mira a tu alrededor: ¡ambos polos están humeando! Si el fuego los derrite, ¡tus propios templos se derrumbarán!». La serie también presenta fotografías que figuran una catástrofe o un cataclismo, un minuto antes de la extinción. Cada foto lleva las coordenadas del lugar donde ha sido tomada. Luego se pasan a coordenadas galactocéntricas, medidas desde el centro de la galaxia. La fórmula es «e-16»: dieciséis ceros antes de que distingas un punto del otro, lo cual indica lo lejos que estamos y lo poco que somos. Eso también ayuda a relativizar la tragedia.
P.- ¿Hacernos conscientes de nuestra pequeñez frente al universo es lo que nos queda ante la posible extinción? ¿Qué dicen los científicos al respecto?
R.- En las últimas dos décadas se han descubierto bacterias «extremófilas», capaces de vivir en condiciones que se pensaban imposibles. Las clasifico en una serie fotográfica en White Noise. Se las ha encontrado viajando por el espacio o en temperaturas de 500 grados. Son extremas, están donde se creía imposible que existieran elementos orgánicos. Se conocen un total de 20 bacterias extremófilas. Son las que, si hubiera una catástrofe, se piensa que podrían sobrevivir.
P.- Llama la atención la cantidad de personas que colaboran en sus proyectos. ¿Cómo elige con quiénes trabajar?
R.- Yo trato de reunirme con los líderes más relevantes de estas nuevas tecnologías. He entrevistado a personas como el premio Nobel de Física, Geoffrey Hinton, uno de los científicos que demostró que las redes neuronales artificiales podían aprender patrones complejos si se entrenaban correctamente con grandes cantidades de datos. Me he reunido con los principales impulsores de Silicon Valley y, en su momento, con los de Wall Street. También me pareció pertinente ahondar en el mercado del arte porque es al que pertenezco y uno de los más desregulados del mundo. La mayoría de los grandes bancos de inversión cuentan con departamentos de financiación que utilizan obras de arte como garantía oculta en operaciones de préstamo. Muchas veces lo publicitan en folletos donde aparecen los freeports, las aseguradoras o imágenes de dólares en las que, en vez de la figura del presidente de los Estados Unidos, aparece La Gioconda. Sé que se están haciendo esfuerzos para que esto cambie, pero es lo que ocurre.
P.- Es también el tema de la brecha en el sector: el mundo del arte entendido como un mercado de lujo frente a la precariedad de sus trabajadores…
R.- Sí, la gran separación entre lo que es el mercado del arte y el mundo de los artistas. Artnet presentó hace un tiempo una investigación muy interesante: examinó la economía de los artistas que participan en las grandes bienales y mostró cómo la visibilidad institucional no siempre se traduce en ingresos. Además, concluyó que muchos de los artistas presentes en bienales no tienen una presencia fuerte en subastas ni generan grandes volúmenes de ventas secundarias.
P.- Su serie Lamb of God ha sido adquirida por el MACBA, pero se está exponiendo en Tantas historias. Tantas preguntas. ¿Qué revela de la biotecnología?
R.- El proyecto lo hice en colaboración con Arnaud Bayle, Julia Fossi y varios especialistas en ética biológica y científicos de ingeniería genética. Aborda uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo: los márgenes éticos en la incorporación de células madre en animales. Por ejemplo, hace unos años, en China, por primera vez se inyectaron células madre humanas al feto de un macaco. Al feto se las inyectan antes de nacer; estas se distribuyen por el cuerpo y adquieren un componente importante de humanidad porque van a los órganos reproductores y al cerebro. Hasta ahora, la obligación ha sido matar los fetos al cabo de ocho semanas, pero antes se ha seguido su evolución, viendo cómo se distribuían las células. Es cuestión de tiempo que se les deje nacer y no se sabe qué saldrá. La mitad del mundo científico reaccionó indignada. Es una aberración, pero se ha hecho recientemente. La biotecnología ha llegado para quedarse.
P.- Estética de la extinción es el título del manifiesto que aborda la totalidad de su obra. ¿Por qué lo eligió?
R.- Es el título del libro de Iván de la Nuez sobre mi obra. Creo que es muy representativo, entre otros motivos, porque es la primera vez desde el Renacimiento que la humanidad no cree en el progreso o en el futuro. Creo que eso determina un tipo de estética. El mundo parecía permanecer intacto como un lugar de recursos aparentemente infinitos. Ahora nos enfrentamos a la extinción del mundo en el que hemos vivido durante los últimos cinco siglos. Paralelamente, la ingeniería genética amplía el horizonte desde lo que «somos» hacia lo que «podemos crear»: un poder con el que las oligarquías pueden jugar a ser Dios.
P.- El vídeo de la serie 20 Red Lights muestra entrevistas guionizadas con cuatro ejecutivos de Wall Street. ¿Por qué quiso abordar temas como la meritocracia y la autorrealización para hablar de finanzas digitales?
R.- El vídeo trata sobre el nuevo capitalismo: las finanzas digitales. La serie relata los 20 conceptos y productos financieros que no deberían existir porque representan riesgos sistémicos para nuestra sociedad. Los instrumentos de las finanzas contemporáneas comparten un único objetivo: romper la ecuación modernista de riesgo-rentabilidad. En el mundo de la economía abstracta, la oligarquía financiera captura la mayor parte del valor, mientras que la sociedad asume los riesgos más significativos. La serie, además, enumera y define los 20 instrumentos financieros clave utilizados para lograr este propósito. Representan el núcleo de la tecnología financiera contemporánea. A menos que estos instrumentos sean abordados políticamente, nada cambiará. Por eso era relevante hablar de meritocracia y autorrealización. Se representan 20 «luces rojas» que parpadean en nuestros paisajes, esperando que alguien las apague.
P.- Cartografía provisional. Entrevista con mi madre es un vídeo visionario que aborda muchas preguntas. ¿Por qué eligió representar a su madre como protagonista?
R.- Es una conversación ficticia con mi madre. Le pregunto acerca de ocho temas que a mí, como artista y persona, me preocupan mucho. Es la discusión de conceptos y rasgos de una nueva era. Está organizada en ocho capítulos en los que se habla sobre el sustrato de la imagen, el materialismo, la evolución y la realidad virtual, entre otras cosas. En un momento de transición, creo que una cartografía puede ayudar a orientarse porque el mundo cambia tan rápido que es fácil perderse. Mi madre, además, era una mujer muy especial. La parte más freudiana es que en cada capítulo me hace un reproche. Ha sido también una forma de hacerle un homenaje porque fue ella quien construyó mi carácter. No era una mujer convencional. También quería hacer un tributo a un género que ya no está presente: el de las entrevistas a grandes mujeres. En los años sesenta y setenta aparecieron las que se conocían como las «grandes damas del pensamiento»: Susan Sontag, Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras o Simone de Beauvoir. Las entrevistas eran muy profundas y ellas respondían desde toda su sabiduría. Hoy, pese al avance que ha habido en temas de feminismo, siento que no se da el espacio ni la repercusión mediática a este tipo de encuentro.
