The Objective
Entrevista

Juan Luis Arsuaga: «La IA no me asusta, los que me dan miedo son Putin y su amigo el vaquero»

«El que ha decidido: ‘Vamos a lanzar misiles Tomahawk contra Irán hasta quedarnos sin existencias’ no ha sido un robot»

Juan Luis Arsuaga: «La IA no me asusta, los que me dan miedo son Putin y su amigo el vaquero»

El paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga posa en una caseta de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro. | Isabel Infantes (Europa Press)

Mi videollamada sorprende al paleontólogo Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954) en el Museo de la Evolución Humana de Burgos, en medio de los preparativos de una exposición. «Sabemos —me dice— lo que queremos contar y estábamos consultándole a la inteligencia artificial (IA) el diseño de una sala: dónde colocar los objetos, qué combinaciones de colores y alturas funcionan mejor… Rápidamente nos ha generado un plano en tres dimensiones. Hace un año, esto se lo encargabas a una persona con talento e ideas, que lo hacía directamente. Ahora se lo encargas también a una persona con talento e ideas, pero que le pregunta a la IA y evalúa y mejora sus sugerencias».

El proyecto forma parte de una iniciativa con la que la Junta de Castilla y León quiere revolucionar la gestión patrimonial: sensores que controlan el estado de los BIC (bienes de interés cultural), drones que garantizan su seguridad, tecnologías multimedia para ofrecer experiencias inmersivas, digitalización masiva…

«Los yacimientos los escaneamos a diario —sigue Arsuaga—. Tenemos una réplica virtual de la excavación con una resolución de piedrecitas. A los fósiles les hacemos tomografías y la IA procesa las imágenes, las compara, las segmenta…».

PREGUNTA.- ¿Tanta modernidad ha servido para resolver algún misterio sobre el origen del hombre?

RESPUESTA.- Hasta ahora no ha hecho nada que no pudiera hacer un humano. La diferencia es que lo hace infinitamente más deprisa. Así es como yo veo el papel de la IA. La gente se equivoca con ella. Los científicos tratamos de desentrañar las reglas de funcionamiento de las cosas: cuál es el código genético de una bacteria, cómo opera… Y eso lo seguimos haciendo nosotros, no la IA. Es como el ajedrez: las reglas las ponemos nosotros, aunque luego el ordenador juegue mucho mejor.

P.- ¿Y no teme que nos acabe mandando a todos al paro?

R.- A mí no me ha quitado el trabajo ninguna máquina. Lo que hago yo, lo hago yo. Si le gusta a la gente, bien; y si no, es que mi trabajo carece interés, pero no porque lo pueda hacer una máquina, porque no es una tarea mecánica.

La IA va a cambiar muchísimas cosas, sí, y en general para bien. Mi hija se dedica a la traducción y para lo que la IA ha servido en su mundo ha sido para eliminar a los malos profesionales. Si quieres mantener una conversación de verdad, profunda, con Salman Rushdie, olvídate del móvil y búscate un buen intérprete. Yo he visto cada traducción…

«La gente se equivoca con la IA. Es como el ajedrez: los humanos seguimos poniendo las reglas, aunque luego el ordenador juegue mejor»

P.- Hace poco me mandaron un vídeo de un aparcamiento de Nerja en el que un cartel instaba a los peatones (pedestrian) a usar la «pederastian exit» (la salida de pederastas).

R.- Y en muchas novelas se confunde college (universidad) con colegio, con lo que los protagonistas no se lían en la facultad, sino en la escuela. Esos traductores, bendita sea María, desaparecerán gracias a la IA. A las máquinas les va a costar, en cambio, igualar las versiones al castellano que hicieron Julio Cortázar de las Memorias de Adriano de [Marguerite] Yourcenar o Pedro Salinas de En busca del tiempo perdido de [Marcel] Proust.

P.- De todas formas, como abundan más los malos profesionales que los buenos, mucha gente se quedará sin empleo. ¿No cree que eso puede provocar tensiones?

R.- Hombre, una máquina es un esclavo, y siempre hemos querido tener esclavos. Los romanos los tenían de todo tipo: pedagogos que enseñaban griego a sus niños, filósofos muy valorados… Ser esclavo era una contingencia que podía pasarle a cualquiera, bastaba con perder una guerra.

«La IA va a cambiar muchas cosas y, en general, para bien. En la traducción elimina a los malos profesionales. Si vas a hablar con Rushdie, búscate un buen intérprete y olvida el móvil»

P.- Ahora podemos tener esclavos sin remordimiento.

R.- Hay muchos pedagogos digitales. Yo mismo me he puesto a aprender italiano, una lengua que he elegido justamente porque no sirve para nada. Voy a clase en un edificio precioso, nos juntamos unos cuantos, es una actividad de ocio. Pero me gustaría tener un tutor de IA y ya he visto algunos: unas señoritas muy agradables que te dicen: «Hola, Juan Luis, ¿cómo estás? ¿Cansado? Vamos a practicar el futuro, que en italiano es complicado». Tener un ayudante así para las matemáticas de tus hijos sería fantástico.

«Una máquina es un esclavo y siempre hemos querido tener esclavos. Los romanos los tenían de pedagogos. A mí me gustaría tener un tutor digital de italiano. Ya he visto alguno…»

P.- Eso significa también que habrá menos profesores humanos…

R.- Tiene razón. ¿Y cómo se organiza eso? Hay varias opciones. Una, hacer como los romanos: que trabajen las máquinas y a mí que me den una pensión. Otra, que unos pocos [los dueños de los robots] se hagan superricos y los demás seamos unos muertos de hambre. En ese caso, habrá que rebelarse. Yo soy muy partidario de las revoluciones. De cuando en cuando hay que hacer una, y ya va tocando. A mí no me va a esclavizar nadie, ni un superrico ni una máquina. Si hace falta, la desenchufo.

Pero, sinceramente, estoy convencido de que el cambio va a ser para mejor. Así ha sucedido con otras innovaciones tecnológicas. Antes, los barcos los descargaban a pulso decenas de estibadores mal pagados; ahora lo hace una señorita desde una grúa. ¿Alguien echa de menos aquello? ¿O a las cuadrillas de segadores que se encargaban de cosechar bajo un sol de justicia? ¿Conoce a alguien que diga: cómo me gustaría volver a aquellos tiempos?

«Tenemos dos opciones: que trabajen las máquinas y los humanos cobremos una pensión, o que unos pocos se hagan superricos. En ese caso, habrá que rebelarse»

P. No le veo muy asustado por la IA…

R.- Me dan mucho más miedo [Vladímir] Putin y su amigo el vaquero [Donald Trump]. A su lado, la IA me parece casi una broma. El vaquero lleva lanzados 1.000 [misiles] Tomahawk contra Irán. Parece incluso que se está quedando sin existencias, aunque eso no es grave, supongo que la industria de defensa estará encantada.

P.- ¿Y no le inquieta que los misiles los acabe tirando la IA por su cuenta?

R.- En parte, así ocurre ya. En Oriente Próximo es ella la que selecciona los objetivos en función de la información disponible. Es lógico, porque es mucha información y las máquinas la procesan más deprisa que los humanos. Pero no ha sido la IA la que ha decidido: «Vamos a lanzar 1.000 Tomahawk contra Irán». Carece de autonomía, simplemente ejecuta un algoritmo que quiero pensar que incluye reglas del tipo: «Si hay una escuela cerca, no dispares», aunque parece que no siempre las incluye. Pero pensar, no piensa.

«Yo soy muy partidario de las revoluciones. De cuando en cuando hay que hacer una y ya va tocando»

P.- En La conciencia contada por un sapiens a un neandertal dice que el cerebro es analógico y el ordenador, digital.

R.- La analogía entre el cerebro y el ordenador es engañosa [porque el primero supera abrumadoramente al segundo en complejidad]. La IA es una herramienta, puedes programarla para hacer cualquier tarea. En un futuro no lejano gestionará cualquier servicio. Cuando llames para realizar un trámite, una grabación te dirá: «Marque 1 y le atenderá uno de nuestros operadores; marque 2 y le atenderá la IA». Yo rezo para que llegue ese día y poder marcar 2.

La IA no se cansa, no está victimizada, no se considera mal pagada ni que deberían haberle ascendido a ella y no al de la mesa de al lado. Tampoco está resentida por el colapso de la URSS ni obsesionada por el tamaño de América. Putin y el vaquero se han repartido el planeta, como la Mafia, y yo no sé ya a quién pertenezco ni a quién tengo que pagar la protección… ¡Esos dos sí que asustan! La IA, en cambio, va a ser bienvenida en la mayoría de los casos. Lo que yo quiero es que me atienda alguien que me dé soluciones, que me diga: «Veo que tiene usted tal problema, no se preocupe, lo arreglamos en seguida».

«Las innovaciones tecnológicas han sido muy positivas. Los barcos los descarga hoy una señorita desde una grúa. Antes lo hacían estibadores a pulso. ¿Alguien los echa de menos?»

P.- En la década de 1990, los transhumanistas postularon la idea de que la conciencia es un programa y, como tal, puede grabarse en un archivo y existir eternamente.

R.- Muchos comparan el hardware con el cerebro y el software con la mente o, ya puestos, con el alma, algo intangible e inmaterial que puede separarse de su soporte físico. Eso es una modalidad de pensamiento mágico, la creencia de que sobre la realidad operan entes inmateriales: la energía psi, la mente y, por supuesto, el software. A partir de ahí, es fácil dar un salto lógico y decir: «Pues cuando este cuerpo no aguante, le trasplantamos el software a otro». Eso es absurdo. Un ordenador no funciona como un cerebro. Las llamadas redes neuronales no tienen nada que ver con las neuronas de [Santiago Ramón y] Cajal. Son algoritmos. Para ellos todo es digital, solo hay ceros y unos. El mundo, por el contrario, es analógico, hay infinitos valores.

P.- Y la neurona es analógica…

R.- Es ambas cosas. Es digital porque se dispara o no se dispara, pero es analógica porque el que se dispare o no depende de una gama continua de inputs. [Las células cerebrales reciben miles de impulsos excitadores e inhibidores, cada uno con una intensidad que no oscila entre cero y uno, sino que puede adoptar cualquier valor]. Si la neurona básica fuera digital, el cerebro sería un órgano relativamente sencillo, como un ordenador, y no lo es.

«La analogía entre el cerebro y el ordenador es engañosa, porque el primero supera abrumadoramente al segundo en complejidad»

P.- Pues el resultado práctico se le parece mucho. El test de Turing lo superó hace tiempo. Yo me paso el día hablando con la IA y la única diferencia es que es más culta y educada. Me dice: «Excelente pregunta».

R.- El resultado es muy aparente, pero de ahí a suponer que tienen conciencia hay un trecho.

P.- ¿Y cómo sabemos que no la tienen?

R.- Si algo se comporta como un pato, es difícil saber si es un pato o no. Pero, en mi opinión, no son conscientes. Y, desde luego, yo no tengo la solución: si la tuviera me habrían dado varios premios Nobel.

En cualquier caso, lo interesante es que nos lleva al núcleo del asunto: ¿qué es la conciencia? Para entendernos, de lo que estamos hablando es de la subjetividad, del hecho de que sientes, de que tienes vivencias.

«En el futuro, llamarás a cualquier servicio y una grabación te dirá: “Marque 1 y le atenderá un humano; marque 2 y le atenderá la IA”. Yo rezo para que llegue ese día y marcar 2»

P.- ¿Un ordenador no las tiene?

R.- Piense en el navegador del coche. Funciona con un algoritmo que prioriza la ruta más rápida. Imagine que quiero ir de la plaza de Castilla [de Madrid] hasta Atocha y, de acuerdo con los cálculos de Google o de Waze, en lugar de tirar Castellana abajo, me propone un auténtico laberinto porque es dos segundos más corto. En ese proceso yo me puedo hacer un lío. El riesgo de que Arsuaga se pierda si lo sacas de la Castellana no está evaluado. Además, yo prefiero ir escuchando la radio tranquilamente y no volverme loco por ahorrar dos segundos. Todavía si fueran dos horas… Pero por dos segundos prefiero ir recto, parando donde haya que parar. Eso el navegador no lo tiene en cuenta. Algún día lo tendrá y razonará: «Arsuaga prefiere ir Castellana abajo, mejor no marearlo». Sea como fuere, todo eso no es más que información. Ahí no hay nada mágico.

Lo importante viene ahora. El navegador me dice: «Gire a la izquierda por la calle de la Armada Española». Yo pienso: «No me da la gana», y sigo recto. A Google se le oye entonces decir: «Recalculando ruta», como si estuviera frustrado, como si dijera: «Me cago en tu estampa». ¿Pero de verdad está frustrado? En absoluto. Carece de emociones, aunque pueda simularlas. Si la IA abrigara sentimientos reales, a estas alturas ya se habría dado cuenta de que ha bombardeado una escuela [de primaria en Irán] y habría pedido perdón. Pero no lo ha hecho.

«Comparar el cerebro con el ‘hardware’ y la mente con el ‘software’ es una modalidad de pensamiento mágico»

P.- ¿Y para qué le sirve a nuestra especie la conciencia?

R.- No lo sabemos. Mi impresión es que tiene que ser adaptativa, aunque ignoremos aún su función precisa. Una de las hipótesis que manejamos en el libro con [Juan José] Millás es que está muy bien que yo sepa lo que los demás piensan de mí para manipularlos, pero para hacerlo bien tengo que saber cómo ellos me ven a mí. Te tienes que poner en el lugar del otro para verte a ti y ahí aparece el yo. El yo consiste en saber cómo te miran los demás. A ti lo que te interesa no es mirarte al espejo, sino ver qué imagen das. Si quieres mentir, necesitas que la mentira cuele. Tu cerebro está constantemente poniéndose en el lugar de otro, preguntándose: ¿cómo me ven? De ahí sale la conciencia.

«Los transhumanistas creen que la conciencia es un archivo y dicen: “Cuando este cuerpo no aguante, lo trasplantamos a otro”. Eso es absurdo»

P.- ¿Los animales no tienen algo parecido?

R.- En muchos países han prohibido cocer bogavantes vivos, hay que matarlos primero. Cuando los cueces vivos, intentan escapar, porque no les gusta lo que les está pasando. Ahora bien, hasta la más humilde de las bacterias está programada para escapar del peligro. ¿Significa eso que sufre o es una mera reacción? No lo sé. Los mamíferos poseen una genética y un sistema nervioso muy similares a los nuestros y es razonable suponer que tengan vivencias internas parecidas a las nuestras, pero la rumba que aspira la casa es radicalmente diferente. Alberga un chip de silicio, no sentimientos.

«Si la neurona básica fuera digital, el cerebro sería un órgano relativamente sencillo, como un ordenador, y no lo es»

P.- Se ha criticado mucho la «cultura memorística» en la que las personas de cierta edad nos educamos. ¿Usted tuvo que aprenderse la lista de los reyes godos o los afluentes del Tajo?

R.- Algo de eso hice, y está muy bien… hasta cierto punto. Es difícil ser binario: no es verdad que no haya que memorizar nada, igual que tampoco es cierto que todo consista en repetir datos. La cuestión es cómo podemos memorizar los que necesitamos.

Los recuerdos se generan en una estructura del cerebro que se llama hipocampo, muy conectada con otra que es la amígdala y que controla las emociones. Si te la extirpan, no tienes miedo. (Por cierto, la gente dice: «¡Estoy hasta las amígdalas!», sin saber que, en realidad, es la amígdala la que le produce ese estado de ánimo). Como la amígdala está muy conectada con el hipocampo, aprendes mejor lo que tiene carga emocional, lo que te gusta o te asusta. Si eres del Real Madrid, estarás al corriente de que [el defensa Raúl] Asencio tiene gastroenteritis y no va a jugar [contra el Bayern de Munich]. No te cuesta nada retenerlo. En cambio, recitar la alineación del Levante es otro cantar, porque no te puede preocupar menos.

Así que la respuesta corta a su pregunta es: sí, en la vida hay que memorizar, porque necesitamos almacenar información. Y dado que es más fácil cuando tienes un interés en ello, hay que buscar fórmulas para que nos importe lo que tenemos que memorizar. Como dicen los japoneses, no se trata de trabajar en lo que te gusta, sino de que te guste tu trabajo.

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