Los viejos heredamos la economía y los jóvenes, el «deshielo financiero»
Mientras los datos revelan el peso cada vez mayor de los séniors, los jóvenes comparten piso

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hace un par de semanas cumplí 55 años. Me imagino que a usted le importará más bien poco. A mí tampoco me hizo mucha ilusión, no se crea. Por lo que sea, hace ya tiempo que la acumulación de tiempo en la existencia me trae más augurios de decrepitud física que euforia celebratoria. En este caso, sin embargo, sí me sentí un poco orgulloso. Aparte de la incómoda rima, un bonito email me informa de que los 55 me facilitan la entrada en la selecta horquilla de edad que sostiene la economía de este país.
Según el VI Barómetro del Consumidor Sénior, un informe elaborado por el Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación Mapfre, en colaboración con Google, los mayores de 55 años (aunque sea por solo dos semanas) somos «un colectivo clave, tanto para la economía como para la sociedad». Primero, por número: actualmente, representamos el 34% de la población española, más de 16,7 millones. Después, por números: «Nuestro consumo privado medio supera al del conjunto de la población», y la mayoría ahorramos a final de mes y seguimos siendo «el principal apoyo financiero» de nuestro «entorno».
Los séniors (que así nos llaman: viejos suena feo; ancianos, deprimente, etc.) también somos mayoritariamente propietarios de nuestra vivienda, no tenemos cargas hipotecarias y priorizamos el gasto en alimentación, vivienda y ocio, ámbitos que consideramos esenciales para mantener nuestra calidad de vida. ¿Qué es esencial para los demás? Cosas digitales, supongo, y decir «en plan» cada tres palabras. No sé, eso ya es de otro informe.
Este dice también que el nuestro es «un colectivo activo y vital». Tampoco nos queda más remedio si tenemos que sostener la economía… Sin embargo, sentimos que la sociedad nos «envejece antes de tiempo», y que «el edadismo sigue presente», aunque afrontamos el futuro «con optimismo y una visión positiva de la vida». Bueno, hay de todo… Pero, al menos en lo financiero, el optimismo va ganando terreno poco a poco: el 59% de los séniors nos sentimos seguros respecto a nuestra situación económica y el 74% consideramos que nuestra situación se mantendrá igual o mejor en los próximos años, frente al 58% y 73% de 2024, respectivamente.
Quizá por eso nos agarramos a la vida como garrapatas. En eso, y en el amor al flamenco, por ejemplo, coincidimos con Japón. Bueno, nuestro futuro con su presente, en realidad: según el Banco Mundial, el 20,1% de la población española es mayor de 65 años, frente al 29,3% en Japón, y la proyección de ambas para 2040 nos sitúa en un 27,9% y un 34,8%, respectivamente. En febrero, una jornada impulsada por la compañía farmacéutica japonesa Daiichi Sankyo sacó la conclusión inevitable y la puso como título junto al asunto más espinoso que se deduce: Japón, la España de 2040: Retos y soluciones para el Sistema Nacional de Salud del futuro. Ay, el futuro… Ay, la Seguridad Social…
No sé los nipones, pero sobre cómo sobrevivimos los séniors celtibéricos tuve una irónica epifanía hace unos meses. Un sarao de representantes de la banca de inversión reflexionaba sobre los retos y perspectivas del sector. Se hablaba mucho de la generación Z y de cosas muy modernas… hasta que un tipo decidió hablar en plata (nunca mejor dicho, por estos andurriales), reconociendo que la edad media de sus clientes suele estar por encima de los 65 años y describiendo la escena típica del cambio generacional con crudeza: el traspaso de patrimonio más común se produce en las testamentarias, a las que, salvo tragedia prematura, acude gente más de 60 que de 40 años.
Dicho lo cual, permítame que explique mi teoría sobre el vigor económico de la clase sénior española (¿no está nuestro Gobierno alentando una lucha de clases ad hoc subiendo, a la vez, las pensiones y las cuotas de los autónomos?). A los mayores de 55 y alrededores se nos están muriendo nuestros padres y nos están dejando el dinero que ganaron con el sudor de su frente… cuando este aún se podía cambiar por un sueldo digno y sólido. Sobre todo, en forma de casas. Lo normal es que haya que repartir entre varios hermanos y Hacienda, que aunque no te quite ya en Sucesiones, te quita en la venta de lo heredado y la compra de lo que te dé de sí: con suerte, otra casa, más pequeña, claro, y tapar agujeros. Y luego empieza a cabalgar la inflación.
Con lo cual, surge la pregunta inevitable: ¿qué puñetas va a hacer la siguiente generación? Ya explicamos por aquí que el 52% de los jóvenes españoles comparte piso. Y por aquí, uno de cada cuatro sigue sin trabajo: ocho puntos por encima de la media europea. Para colmo, los séniors no nos queremos (tampoco podemos, la mayoría) retirar. Incluso volvemos del más allá: un informe de la consultora Korn Ferry revela que «el movimiento de reincorporación laboral ha vuelto con fuerza, y uno de cada ocho jubilados planea regresar al trabajo». Mientras, los bares mantienen esos carteles que, con aleccionadora sabiduría antigua, instan a que nos gastemos en vino lo que habríamos de dar a nuestros sobrinos.
La tiesura se impone en la clase no sénior. Cierto que la tersura de su piel les permite acceder con mayor facilidad al disfrute de otro tipo de tiesura, pero están aprendiendo a la fuerza a combinarla con la económica. A principios de año, en plena cuesta de enero, me llegó un informe de Tinder que anunciaba que «el deshielo emocional y financiero de la Gen Z ya está aquí». Entre los consejos a la muchachada están los de cambiar la cita «impresionante» por la cita «conversable»: un paseo, un café largo o una exposición pequeña ayudan a conectar de verdad, sin distracciones. Y, sobre todo, «baja el presupuesto». Pero no «la intención», ojo: «Una cita sencilla no es una cita poco cuidada. Al contrario. Elegir un plan accesible transmite coherencia, autenticidad y cero postureo».
Lo que las enamora de verdad es la actitud del Zapatero que decía que «ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Porque para regalar joyas hay que heredarlas.
