El éxito de los Knicks atiza la esquizofrenia de Nueva York
La complejidad de una ciudad que representa al capitalismo y vota de alcalde a un socialista musulmán

Trump. | Reuters
Nueva York es muy estadounidense. Y nada estadounidense. Según se mire. Al resto del país les caen bastante mal los neoyorquinos. Aunque sienten por ellos cierta admiración, no comprenden sus malos modos y el gusto por vivir apiñados, entre otras cosas. Ellos se sienten muy «americanos» (como dicen ellos, no es culpa mía por escribirlo), aunque son muy conscientes (y están bastante orgullosos) de la diferente manera en que lo son. El título de la NBA que acaba de ganar su equipo fetiche de baloncesto, los Knicks, refleja con maravillosa precisión la complejidad. Un ejemplo: pese a que solo han ganado tres títulos en 80 años, aparecen constantemente entre los equipos más valiosos (en la última lista Forbes son terceros, con 9.900 millones de dólares, pero son quienes más la han liderado históricamente).
Los Knickerbockers se fundaron en 1946, en plena euforia tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Es uno de los clubes fundadores de la Basketball Association of America (¿ve como no soy yo…?), la BAA que se fusionó con la NBL en 1949 para crear la NBA. Forma con los muy aristocráticos Boston Celtics la pareja de únicos equipos originales de la NBA que permanecen en la misma ciudad. En Nueva York son una institución casi sagrada. Lo más cool acude a sus partidos: el Woody Allen a. C. (antes de la Cancelación) acudió religiosamente durante seis décadas. Spike Lee aguanta. Se han sumado Taylor Swift y un largo etcétera.
Mayormente de corte progresista. En concreto, del progresismo millonario que puebla Manhattan y veranea en los Hamptons. De hecho, NY es la ciudad «liberal» por excelencia para los estadounidenses. Liberal en el sentido que le dan por allá: progres con mucho dinero que organizan cócteles en sus mansiones para causas muy filantrópicas en favor de gente con la que no se tomarían una cerveza en la vida. Bill Clinton ha ido a ver a los Knicks alguna vez: en el partido benéfico por Haití en 2010, por ejemplo, tomó el micrófono en el centro de la cancha para promover la recaudación de fondos tras el terremoto. El resto de EEUU, hartos de sus devaneos no tan filantrópicos con banqueros y traders de bolsa, ya consideró excesivo que los demócratas pusieran de candidata a su mujer. Tanto, que prefirieron votar a Donald Trump. Neoyorquino, por cierto.
El actual presidente de EEUU nació en el Jamaica Hospital Medical Center del nada pijo barrio de Queens, donde se crió y curtió. Su padre tenía un considerable imperio inmobiliario y de la construcción, pero no quería un niño blandito: Donald se pasó los veranos de su etapa universitaria limpiando sótanos y acompañando a los cobradores de alquileres puerta a puerta. Aprendió mucho de puertas. De las de Queens, no de las de Manhattan. En más de una ocasión ha contado que le enseñaron a no ponerse justo enfrente por si el inquilino respondía al timbre con un disparo. Cosas neoyorquinas. Eran los años setenta, además.
Justo en 1970, los Knicks ganaron su primer título de la NBA. Repitieron tres años después. Cuenta este reportaje de la PBS que, dos años después, los dueños contrataron a un Donald Trump aún veinteañero como consultor para la venta del Madison Square Garden, que finalmente compró (Knicks incluidos en el paquete) Gulf and Western Industries. Trump, gran aficionado al deporte, siguió animando al equipo: «Soy fan de los Knicks desde hace mucho tiempo», reconoció con orgullo a los periodistas en el Despacho Oval un día después de que remontaran para ganar el primer partido de las finales.
Sin embargo, Trump tiene una relación difícil con su ciudad natal. En 2019 se mudó oficial y definitivamente a Florida, y en 2024 el Tribunal Supremo del estado de Nueva York lo juzgó y condenó por falsificar facturas para ocultar un soborno a una actriz porno. De postre, en noviembre ganó las elecciones a la alcaldía de la Gran Manzana un tal Zohran Mamdani, el primer musulmán, socialista declarado y menor de 35 años. Justo lo contrario de Donald Trump.
El chaval de Queens que sobrevive en Trump no pudo, sin embargo, evitar la nostalgia de los Knicks. Decidió asistir en persona al tercer partido de la serie final, fue abucheado y el equipo perdió. Aunque la ideología tuvo que ver, la mayoría de los medios que conocen el percal explicaron que las protestas se debieron sobre todo a los atascos y retrasos que provocaron las medidas de seguridad. Los endurecidos neoyorquinos son, ante todo, pragmáticos.
También hubo quien no le abucheó. Por ejemplo, James Dolan. Buen amigo y dueño de los Knicks, entre otras cosas. Hank Tucker le dedica un extenso artículo en Forbes a felicitarle por su éxito deportivo y, sobre todo, a explicar «cómo amasó su fortuna». Comienza recordando que, además de los Knicks, posee los Rangers, el segundo equipo más caro de la NHL con 4.000 millones de dólares. Ambos los tiene empaquetados en la compañía MSG, que cotiza en bolsa y cuyas acciones han subido un 103% en el último año. Y mejor todavía le han ido a las de la otra empresa cotizada, Sphere Entertainment, que incluye cosas en Las Vegas, televisiones y radios, etc.: subidón del 291%.
Con su amigo Donald Trump comparte la experiencia de crecer en una familia de empresarios de éxito. El padre de Dolan se dedicaba a los medios de comunicación. Fundó la HBO y vendió su participación a Time para crear Cablevision, una compañía de televisión por cable para el área metropolitana de Nueva York con la que se forró. Murió en 2024, a los 98 años, con un patrimonio neto estimado en 5.400 millones de dólares.
James creció en Massapequa, en Long Island, nada que ver con el Queens de Donald. Se graduó en Comunicación por la Universidad Estatal de Nueva York en New Paltz en 1979 y comenzó a trabajar con su padre en Cablevision. En 1999 comentó en una entrevista que había decidido darle a la empresa cinco años para ver si le gustaba. Luego extendió el plazo a diez años y terminó pillándole el gustillo a lo de los negocios.
Por ahí, ningún problema. Todo va bien. Pero puede haberse liado en el extraño puzle neoyorquino. Invitó a Trump a su palco para el famoso partido de los abucheos, y el calentón le llevó a llamar al alcalde Mamdani y a la jefa de Policía Jessica Tisch «aguafiestas» porque, dijo, la tramitación de permisos produjo la cancelación de la fiesta con pantallas gigantes organizada en el exterior del Madison Square Garden para los aficionados que no hubieran conseguido una entrada.
Cuando la victoria deportiva le sonrió, los estaba esperando.
El jueves, los miembros del equipo desfilaron por la ciudad entre vítores hasta el Ayuntamiento. Allí les esperaba el alcalde Mamdani, que les obsequió con un largo discurso, tras el que tuvo que tragarse el sapo de darle la llave de la ciudad a un Dolan que esquivó la foto en común y se explayó poco después en su propio discurso, que culminó con un «no necesito su voto» dirigido a vaya usted a saber quién… El New York Post incluyó el video en su cobertura, para quien quiera jugar a las adivinanzas.
El socialista musulmán y el representante de un linaje de empresarios. Un curioso reportaje de The Economist asegura en su titular que «los Knicks representan a Nueva York —y al capitalismo— en su máxima expresión», y remata en el subtítulo: «Por eso los neoyorquinos los adoran». Pero unos días antes, el mismo rotativo había decretado que «Texas es el nuevo centro de gravedad de America Inc.», o sea, del músculo empresarial que mueve ese capitalismo en su máxima expresión.
Los Knicks le ganaron la final a los texanos de San Antonio Spurs, que querrán revancha…
