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Cómo acabar con Vox de una vez por todas

Un estudio revela que, en las elecciones siguientes a incorporarse al Gobierno como socios minoritarios, los partidos populistas pierden 7,1 puntos de cuota

Cómo acabar con Vox de una vez por todas

El presidente de Vox, Santiago Abascal. | Europa Press

El 1 de septiembre de 2005, dos días antes de un comité federal socialista en el que debían abordarse asuntos territoriales, el entonces ministro de Defensa, José Bono, escribió una carta a José Luis Rodríguez Zapatero para manifestar su desacuerdo y su sorpresa con la «fiebre reformadora que parece haberse apoderado de los gobernantes autonómicos sin que los ciudadanos les acompañen en el empeño». Se refería en concreto al nuevo estatuto impulsado por la Generalitat de Pasqual Maragall y que apenas preocupaba al 0,4% de los catalanes, según el Centre d’Estudis d’Opinió.

La queja de Bono estaba llena de sentido. Cuando uno vive de ganar elecciones, lo lógico es ocuparse de lo que inquieta a la mayoría de los votantes. Pero, ¿qué sucede si en esas materias concretas no puedes ofrecerles alternativas más creíbles que las de tus rivales? Desviar la atención a otras cuestiones no es tan mala idea en ese caso.

Como explican los politólogos Josep M. Colomer y Humberto Llavador, una campaña es igual que una serie de televisión: tiene varios argumentos y cada candidato debe pelear por imponer aquel en el que salga más favorecido. Y recuerdan las palabras de un estratega republicano en la recta final de las presidenciales de 2008. «Si en octubre estamos hablando de Rusia, de seguridad y de quién está más preparado para dirigir el país en un mundo difícil, [John] McCain será presidente. Pero si estamos hablando de problemas internos y de sanidad, ganará probablemente [Barack] Obama».

El control de la agenda se ha vuelto el arma más valiosa de la lucha partidista. En 1923 León Trotski aún instaba a los comunistas alemanes a lanzar «los regimientos fieles a los puntos más importantes, cercar el teatro Alejandra, ocupar la fortaleza de Pedro y Pablo, detener al Estado Mayor y al Gobierno». Ya no más. El poder en una democracia no se obtiene lanzando andanadas desde un castillo inexpugnable, sino mensajes desde la televisión, la radio, la prensa, las redes sociales. Es una confrontación de relatos y las baterías enemigas que hay que silenciar son las mediáticas. Es lo que hizo Maragall. Al convertir la reforma del estatuto en el centro de la campaña, relegó asuntos en los que sus adversarios habrían tenido ventaja, como la economía, y conquistó la Generalitat.

Naturalmente, los asuntos que dominan el debate público no dependen solo de los estrategas de campaña. En ocasiones irrumpe un evento incontrolable. Es lo que ocurrió en 2008 con el colapso del sistema financiero mundial. La subsiguiente Gran Recesión dio alas a populismos de distinta índole y, desde entonces, las formaciones tradicionales se las han visto y deseado para mantenerlos la raya. Dos han sido las tácticas principales de contención: el establecimiento de cordones sanitarios y la asimilación.

¿Cuál funciona mejor?

Estar en la procesión y repicando

Los defensores de marginalizar a los líderes providenciales sostienen que los hace menos atractivos a los votantes moderados, les complica la captación de cuadros y les resta legitimidad. Pero, por otro lado, el ostracismo les permite capitalizar el descontento, sobre todo si la situación tarda en mejorar con las recetas convencionales. Y obligarlos a mojarse pone además a prueba la consistencia de sus propuestas.

Se trata de un debate apasionante, pero ¿qué dice la evidencia histórica? Pedro Riera y Marco Pastor, dos investigadores de la Carlos III y la IE University, analizan en un artículo los resultados de 266 partidos entre 1972 y 2017 y su conclusión es clara: en las convocatorias siguientes a incorporarse al Ejecutivo como socios minoritarios los populistas pierden 7,1 puntos de cuota. ¿Por qué?

Una hipótesis es que suelen acceder al poder en épocas de vacas flacas y sufren, por tanto, el desgaste propio de quienes administran las crisis. No obstante, si eso fuera así, se daría también una mejora en el respaldo cuando las cosas van bien, pero no se aprecia. Por lo visto, a su clientela no le importa la calidad de la gestión.

Más consistente parece la explicación de que «tienen menos control de la agenda y menor capacidad para compatibilizar las tareas de Gobierno y partidistas». No se puede estar al plato y a las tajadas, en la procesión y repicando. Desde que Podemos forma parte del Gobierno, el declive en los sondeos y en los comicios celebrados ha sido constante y mucho tiene que ver con lo poco que se habla de las banderas que enarbolaba en la oposición: la pobreza energética, los desahucios, las mareas verdes, rojas y amarillas. Incluso las escasas bazas que se ha anotado, como la subida del salario mínimo, han sido flor de un día. La política es así de ingrata: los problemas se pueden sacar a relucir telediario tras telediario, pero los éxitos se cuentan una vez y ya está.

Riera y Pastor observan, no obstante, que la pérdida de apoyo es menor cuando trascienden diferencias en el seno del Gabinete y los populistas logran trasladar al público la idea de que siguen hostilizando a las élites. De ahí el esfuerzo de Podemos por magnificar las peleas de sus ministros con los socialistas (y el mucho más efectivo de estos por minimizarlas).

Siente un radical a su mesa

«Los partidos tradicionales que deseen debilitar a sus rivales populistas», aconseja Riera, «deberían invitarlos a una gran coalición ideológicamente homogénea. Y los populistas que pretendan seguir creciendo, deberían abstenerse de aceptar la invitación». Pedro Sánchez es el espejo en el que tiene que mirarse el PP antes de decidir si toma a Vox por legítimo socio, en Castilla y León o donde sea. Ahora bien, antes de dar el sí más importante, debe también medir cuidadosamente las concesiones que piensa hacer, porque si se deja abducir por la agenda de su contraparte, la supervivencia que correrá peligro será la suya. Como argumentaría Bono años después de aquella carta a Zapatero, «el PSC defiende, sin contar con el PSOE, el mal llamado derecho a decidir y, tras gobernar con ERC, ha destrozado sus propias expectativas electorales [en Cataluña] pasando del 37,7% de los votos [en 1999] a menos del 15% [en 2015]».

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