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Oficios de la muerte: “Cuando me convertí en madre empecé a temer mi muerte”

Foto: Maggie O’Farrell | Mudo Macleod

Me llamo Maggie O’Farrell, nací en Irlanda del Norte hace 47 años y vivo en Escocia. Soy escritora. También soy madre. Cuando tuve a mi primer hijo empecé a preocuparme por mi propia muerte. Nadie querrá a mis hijos como yo, pienso; nadie los cuidará como yo los cuido. He viajado y he vivido; hasta diecisiete veces me rozó la muerte, la primera siendo niña. Un día decidí narrarlas para explicarle a mi hija, que se enfrenta diariamente a la enfermedad, que todos hemos tenido roces con la muerte, esos roces nos enseñan a valorar la existencia y aferrarnos a la vida. Lo cuento en un libro que jamás pensé publicar, se titula Sigo aquí (Libros del Asteroide, 2019).

 

Aunque es un libro sobre experiencias cercanas a la muerte, Sigo aquí expresa un fuerte deseo de vivir. ¿Fue tu idea desde el principio?

Es un libro que nunca pensé que escribiría. Siempre he estado muy comprometida con la ficción y nunca planeé escribir unas memorias. Pero alguna cosa pedía ser escrita. Sigo aquí es la respuesta a vivir con la afección médica que amenaza la vida de mi hija. ¿Cómo una madre absorbe y explica las experiencias cercanas a la muerte padecidas por un niño? ¿Cómo puede hacerle sentir seguro? La única manera que encontré de hacerlo es contarle a mi hija historias, transformar lo que le ha ocurrido en narrativa. Solo entonces ella puede comprender la enfermedad, la amenaza, el dolor. Escribí Sigo aquí para hacer frente a estos roces con la muerte que todo tenemos y ayudar a mi hija a que se sienta menos sola.

El título del libro es un verso de Sylvia Plath. ¿Por qué lo elegiste?

Pertenece a The Bell Jar, la única novela que Plath publicó, y este verso siempre me acompaña. La protagonista escucha su corazón durante un funeral latiendo a un ritmo: ‘I am, I am, I am’ (en el título original del inglés).

¿Cómo cambió tu perspectiva sobre la muerte el haber estado tan cerca de morir cuando eras una niña?

Quizás siempre haya tenido un interés un poco antinatural en la experiencia cercana a la muerte y me pareció que era un buen prisma a través del que contemplar una vida. Los roces con las muerte son universales, todos los hemos tenido. Hemos tenido momentos –algunos más graves que otros- en que nuestras vidas han estado en peligro. Esas experiencias te cambian de forma irrevocable. Volvemos de haber estado al borde del abismo más tristes y sabios, y jamás los olvidamos. Regresamos a nuestra vida cotidiana con una nueva conciencia de que estuvimos a punto de perderla. Hace poco tiempo le pregunté a un neurólogo qué efecto tiene la adrenalina en nuestro cerebro y me respondió que fija nuestros recuerdos y por eso recordamos acontecimientos traumáticos con mayor intensidad. Es una herramienta evolutiva de supervivencia: recordamos cada detalle para que si un día vuelve a sucedernos lo mismo sepamos cómo hacerle frente.

Oficios de la muerte:“Cuando me convertí en madre empecé a temer mi muerte” 1

Imagen vía Libros del Asteroide.

Experimentamos muchas muertes a lo largo de la vida. Pienso, por ejemplo, en la muerte de la niñez o de una forma de estar en el mundo; la muerte del ego… ¿Qué opinas sobre esto? Recuerdo una frase de Sigo aquí donde dices: “Nada se va completamente. Cada experiencia forma parte de lo que eres”.

No creo en la muerte de la niñez. El niño que fuiste todavía está en ti; eres la misma persona, únicamente alterado por el paso del tiempo y la experiencia. Todos tenemos un yo esencial que es atravesado por la acción de la vida.

¿Crees que los recuerdos se alojan en nuestro cuerpo?

El cuerpo es nuestra memoria, nuestra forma de acumular experiencias. Algunas veces podemos verlos, como en el caso de las cicatrices; otras veces, se ocultan en nuestro interior.

La muerte es un tabú mayor que el sexo, tal vez el último. ¿Por qué vivimos como si fuésemos eternos, ignorándola?

Tememos la muerte porque amamos la vida.

La maternidad cambia incluso nuestra manera de enfrentar la muerte...

Sí, así es. Cuando me convertí en madre empecé a temer mi muerte y dejé de exponerme a los riesgos estúpidos que tomé en mi adolescencia y mis veinte años. Cuando tienes una criatura nadie la amará nunca como tú, nadie más va a cuidarla como tú: necesitas estar presente. Y a la inversa, mis roces con la muerte me han enseñado que todos debemos tener una actitud sana y equilibrada ante el peligro. Intento aceptar que mis hijos necesitan tomar sus propios riesgos, es como van a aprender. Los niños necesitan poner a prueba los límites para descubrir donde están. Puedo repetirles hasta ponerme azul que subir a un árbol es peligroso, pero solo lo verán cuando trepen hasta una rama muy alta y lo vean por ellos mismo. Es importante que desarrollen su autonomía. Siempre les digo que sopesen los riesgos antes de tratar de hacer algo; que valoren lo que puede ir mal y cómo le harán frente si ocurre; sobre todo, trato de transmitirles que si se encuentran en una situación complicada, mantengan la cabeza fría.

Creo que ahora estás escribiendo un libro sobre la muerte temprana de uno de los hijos de Shakespeare, Hamnet.

Sí, es un libro que hacía mucho que quería escribir, pero lo dejé a un lado para ponerme con Sigo aquí. Hamnet murió cuando tenía 11 años, en 1596, y su padre escribió Hamlet unos cuatro años más tarde. Siempre me ha intrigado la relación que existe entre la obra y la muerte de su hijo.

¿Has pensado alguna vez cómo te gustaría morir?

Rápidamente y sola. Nunca en una habitación de hospital con médicos entrando y saliendo.

Si pudieras resumir Sigo aquí en una frase insignia para tu hija (y para cualquiera de nosotros), ¿cuál sería?

Aférrate a la vida con ambas manos y, sobre todo, sé buena gente.

La encefalitis que padeciste cuando eras niña afecta el modo en que percibes el espacio. Pensaba que quizás la forma tan sensorial que tienes de escribir, esas descripciones que incluso vibran, podrían estar influenciadas por este modo de relacionarte con las cosas y los lugares.

Es posible que sea así. Quizás sea más necesario para mí tomar en cuenta el entorno que para otras personas, porque mi percepción no es tan buena como debería. Además de que haber estado enferma cuando era niña me volvió muy observadora: era el único modo de descubrir qué está pasando realmente.

¿Cómo sería tu epitafio?

Ella fue, ella fue, ella fue: dieciocho roces con la muerte.

¿Te consideras una persona espiritual?

Crecí en una familia muy religiosa, pero soy atea. De todas formas, la espiritualidad está contigo, aunque sea en otras formas. Y nunca he olvidado las historias de la Biblia, fue uno de mis primeros encuentros con la literatura. Y qué literatura…

¿Crees en la vida después de la muerte?

Me gustaría, pero no. Aunque si existiera algún tipo de eternidad, la mía sería con mis hijos y mis gatos.

¿Son la muerte y el dolor maestras? ¿Qué nos enseñan?

A valorar nuestra existencia y sentir compasión por los otros. Una de las ideas más fuertes del libro, para mí, es la bondad de los extraños, ángeles terrenales. Un pequeño acto de generosidad puede tener un efecto enorme en la vida de alguien.

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