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'Riquete el del Copete': Érase una vez Amélie Nothomb

Foto: Natalia Lázaro

La autora belga ha visitado Barcelona para presentar su última novela publicada en España, ‘Riquete el del copete’ (ed. Anagrama). Una relectura del cuento clásico de Charles Perrault sobre el amor, la exclusión y la capacidad de ver belleza en todas partes.

 

Había una vez, en un reino MUY MUY lejano -pongamos que Bélgica-, una escritora que decidió que dedicaría todo un año a leer ‘La comedia humana’ de Balzac –nada menos que 147 libros- y descubrió que casi una decena de ellos eran historias de amor que acababan bien. Y pensó: “¿Por qué para escribir una obra literaria de cierta dignidad los amores tiene que trágicos y las historias terminar fatal? ¿Acaso en la vida como en la literatura no hay parejas que viven felices y comen perdices?”. Y así fue como nuestra heroína, pongamos que Amélie Nothomb, acometió la empresa de escribir ‘Riquete el del Copete’ (ed. Anagrama, 2018), una historia de amor y marginalidad inspirada en un cuento clásico de Perrault donde ni los príncipes son encantadores, tienen ‘pelazo’ y dentadura perfecta, ni a las princesas les gusta ser más guapas que listas.

Dice Amélie Nothomb que tiene la sensación permanente de vivir en un cuento, que sus obras siempre lo son porque los personajes carecen de existencia sociológica, como ella. Su infancia fue un tránsito constante; criada en el seno de una familia de diplomáticos belgas, vivió en Japón, China, Laos, Birmania, Bangladesh y los Estados Unidos. Y a consecuencia de tanto andar haciendo y deshaciendo la maleta, no se sitúa en un mundo en concreto. A los 21 años se marchó a Japón porque quería ser japonesa y el resultado fue ‘Estupor y temblores’, donde retrató el racismo cultural y el acoso laboral que experimentó en el país. Ahora ‘intenta’ vivir como belga, aunque tampoco sepa exactamente qué significa eso. Porque Amélie Nothomb siempre se sintió una excluida en una sociedad donde decimos amar la diferencia, pero todo el que no encaja es sistemáticamente rechazado.

'Riquete el del copete': Érase una vez Amélie Nothomb 1

 

En ‘Riquete el del Copete’ cuenta la historia de Déodat y Trémière, dos personas repudiadas por ser diferentes al resto: Él es abominable pero brillante; ella, hermosísima pero considerada una boba. Ambos aprenden a hacer del ‘estigma’ su gran poder e indefectiblemente acaban enamorándose. “El amor es peligroso –dice Nothomb-; cuando nos enamoramos lo arriesgamos todo”. Amélie recibe muchas cartas de jóvenes lectores que buscan al príncipe o la princesa de sus sueños y eso resulta peligroso. Ella les cuenta: “Si tenéis la suerte de enamoraos, nunca será como habéis imaginado”. También le escriben personas que se han sentido marginadas por su entorno: “Recuerdo el caso de una lectora que me contó hasta qué punto estaba viviendo un infierno en la empresa en la que trabaja por utilizar pañuelos de tela en lugar de pañuelos de papel”.

“Si hubiera podido escoger mi sexo al nacer, habría elegido ser mujer porque lo difícil es más interesante” – Amélie Nothomb

 

Cuando tenía 13 años la escritora ya había leído todos los cuentos de Charles Perrault, aunque sus favoritos siempre fueron el que da nombre a esta novela y ‘Barba azul’, del que se sirvió para escribir una delirante historia sobre un perturbado aristócrata español y una joven doncella belga. “Las historias de Perrault son abominables pero soportables, como la vida”, dice. Y también: “Perrault no miente a los niños, no los trata como imbéciles. Les enseña que la vida comporta un riesgo que merece la pena conocer”.

En Francia, la fábula de ‘Riquete el del Copete’ es mucho más conocida que su homónima azucarada, ‘La Bella y la Bestia’, historia que para la autora es una total estafa, al menos para Bella. “Se enamora de un ser monstruoso que acaba convirtiéndose en un príncipe. ¿Qué puñetas va a hacer ella con un príncipe encantador?”, bromea. Porque Riquete es feo, jorobado y bizco, y a su princesa le fascina su fealdad. No obstante, ¿habría ocurrido lo mismo si la horrenda pero brillante fuera ella?

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“Tengo la sensación permanente de vivir en un cuento”, Amélie Nothomb. Foto de Natalia Lázaro.

 

A Fabienne Claire Nothomb no le gusta demasiado su apariencia física, pero tiene un truco para dominarla: Cada mañana se levanta, se pone un sombrero altísimo y un vestido largo y negro, y se disfraza de Amélie Nothomb. “Si hubiera podido escoger mi sexo al nacer, hubiese elegido ser mujer. Lo más difícil siempre es lo más interesante”, reconoce. Todo el mundo la cree muy especial, no sé por qué será… Tal vez porque, además de su singular indumentaria, no tiene ni televisión ni teléfono, y con más de noventa novelas a sus espaldas, sigue escribiendo a bolígrafo y en folios de papel reciclado. Y todavía hay más: Desde que en 1992 publicó ‘Higiene del asesino’, cada primero de septiembre llega a las librerías una nueva obra suya, la mejor de las cuatro que la prolífica autora escribe cada año. Justo ha terminado de escribir la versión belga de ‘La bella durmiente’, pero la ha desechado porque era “cutre”.

“Los bebés entran en estados de contemplación absoluta y nuestro objetivo en la vida debería ser volver a ese éxtasis sin filtro” –Amélie Nothomb

 

El día que al pequeño Déodat se le cagó un pájaro en la cabeza se sintió un elegido. El pájaro, escribe Nothomb, es “el hermano noble del hombre”, el verdadero ciudadano de París y el inventor del canto. Y lo único que podemos hacer es “levantar la vista hacia el cielo y soñar con la vida del que se atrevía a volar”. El repulsivo pero talentosísimo chaval tenía la rara habilidad de encontrar belleza en todas partes, sobre todo en el cielo, hacia donde ya no mira nadie; igual que Trémière la de contemplar extasiada el mundo, con la boca abierta y unos ojos enormes y hermosos que a todos les parecían rematadamente bobos excepto a su abuela Passerose, que le enseñó a amar las joyas -“el oro y las piedras preciosas emiten su propia luz” y pensaba que la niña estaba dotada de una inteligencia superior, que consiste en no hacer preguntas.

“Los idiotas absolutos pocas veces callan”, afirma la escritora, para quien los occidentales tenemos una visión bastante ridícula de la inteligencia y creemos equivocadamente que las personas que miran mucho y hablan poco son tontas, mientras que en Japón el aparente vacío de alguien evidencia su capacidad de contemplación. Sin embargo, los verdaderos maestros zen son más bajitos, con bastante menos pelo y, aunque todavía no hayan aprendido a caminar, piensan y mucho, cuenta Amélie, quien aún conserva recuerdos de su primera infancia: “Los bebés entran en estados de contemplación absoluta. Nuestro objetivo en la vida debería ser volver a ese éxtasis sin filtro”.

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