No me encontraba con ellos desde hacía años, en concreto desde los ochenta, cuando los veías venir hacia ti y, rápido, te cambiabas de acera, como si la calle que quedara en medio hiciera las veces de Línea Maginot, de muro inexpugnable, y al otro lado te encontraras a salvo, y nada malo pudiese sucederte, ingenuo de ti. Era fácil reconocerlos por sus andares -tan elásticos como sus pantalones pitillo- y unos plumíferos Roc-Neige que, clarísimamente, los Reyes les habían traído a otros y no a ellos. Qué hacían en tu barrio -Salamanca, Chamberí, Retiro- lo explicaba una ley de la Economía que no era la del descenso de la tasa de ganancia ni la de la inflación dirigida, sino una de formulación más sencilla, la de que la manera más rápida, efectiva y excitante de conseguir dinero era quitándoselo a otro que lo tuviera, y nosotros lo teníamos.