El refugio de Manolo García en Castilla-La Mancha: «Volver allí es reencontrarse con el silencio y el olor a leña»
El reconocido cantante, que está preparando la vuelta de su grupo de música, suele escaparse a un pueblo de Albacete

Manolo García, en una imagen de archivo. | Gtres
Manolo García es uno de los rostros más conocidos de la música. El cantante, que está preparando la vuelta de su icónico dúo, siempre ha estado muy vinculado en su tierra. Es por eso que nunca se olvida de la pequeña localidad de Castilla-La Mancha, en Albacete, que le ha marcado para siempre. A esta, se ha dirigido como su «patria de luz». «Es el lugar donde mis ojos aprendieron a distinguir los colores de la tierra, el gris de los olivos y el azul del cielo de la sierra. Allí es donde entiendo quién soy y de dónde vengo», ha contado.
Así, ha comentado que volver a Férez, su pueblo, es «limpiar el alma del hollín de la ciudad. Es reencontrarse con el silencio, con el olor a leña y con una forma de vida que tiene un ritmo humano, no un ritmo de máquina». Allí ha aprendido que «la verdadera modernidad es el respeto a la tierra. Esos hombres que cuidan sus olivos con una paciencia infinita tienen una sabiduría que no se enseña en ninguna universidad de diseño de Barcelona».
El refugio de Manolo García está en Castilla-La Mancha

Y es que su éxito ha sido el poder «perderse» por los caminos de Férez sin que nadie le pregunte por «su próximo disco». Allí es, simplemente, «el hijo del ‘Almendro’» y es una etiqueta que le da «mucho orgullo» llevar. Férez no es el típico pueblo manchego de llanura infinita. Al estar en la Sierra del Segura, su relieve es abrupto y espectacular. Su casco antiguo conserva el trazado árabe, con calles que serpentean adaptándose a la roca. Pasear por allí es encontrar rincones llenos de macetas y fachadas blancas que contrastan con la piedra desnuda. Está rodeado de parajes como el Cañón del río Segura. La geografía aquí es de contrastes: desde zonas de huerta fértil hasta montes áridos salpicados de sabinas y pinos.
El alma de Férez es agrícola y profundamente ligada a la tierra. Si algo define el paisaje de Férez son sus olivares. De aquí sale un aceite de oliva virgen extra de una calidad excepcional, con un sabor intenso marcado por la altitud y el clima extremo de la sierra. A pesar de estar en una zona que puede parecer seca, Férez tiene una relación especial con el agua gracias a sus fuentes y manantiales naturales, que históricamente alimentaban las huertas en terrazas. El monumento más importante es la Iglesia de la Purísima Concepción —del siglo XVI—. Es de estilo renacentista con toques góticos.
Qué no te puedes perder de Férez

Su mayor tesoro es el órgano histórico, una pieza del siglo XVIII que todavía suena y que es considerada una joya de la organería española. No muy lejos se encuentra la Ermita de la Virgen del Rosario, un lugar de gran devoción para los fereños. Sin duda alguna, el pueblo es mundialmente conocido por ser el refugio de Manolo García. En una de las paredes del pueblo se puede ver un mural pintado por el propio músico, que refleja su estilo pictórico onírico y su amor por la naturaleza. Se convirtió, además, en la ruta de la película Amanece que no es poco.
Aunque la película de José Luis Cuerda se rodó principalmente en los pueblos vecinos de Ayna, Liétor y Molinicos, Férez comparte esa misma atmósfera del surrealismo manchego. Es una zona donde la realidad a veces parece una ficción maravillosa. Comer en Férez es volver a lo básico y potente. Lo más conocido es el ajo pringue, un plato típico a base de hígado y pan rallado. También, es muy conocido el atascaburras, el clásico manchego de patata, bacalao, nueces y mucho aceite de la zona. De postre, lo más conocido son las hojuelas con miel, el dulce por excelencia para terminar cualquier comida. Férez es el destino ideal para quien busca turismo de silencio. Es un lugar para el senderismo, para la fotografía de paisaje y para entender esa España que lucha por mantener su identidad frente al olvido. Como dice Manolo García, es un lugar donde «el tiempo tiene otra textura».
Manolo García nació en Barcelona a mediados de los años 50. Vino al mundo en el barrio de Poblenou, en una Barcelona obrera e industrial. Hijo de inmigrantes de Férez (Albacete), su infancia estuvo marcada por los talles de metalistería. En todo momento, Manolo se sentía como un chico de ciudad, pero los veranos en el pueblo de sus padres le inyectaron ese amor por la naturaleza, el olor a jara y los olivos que después inundarían sus letras. Junto a su socio eterno, Quimi Portet, formó bandas que hoy son de culto pero que en su momento no vendieron mucho. A mediados de los años 80 nació El último de la fila. Con discos como Enemigos de lo ajeno o Astronomía razonable, se convirtieron en el grupo más importante de España. Su música mezclaba el rock con raíces árabes y flamencas, algo totalmente revolucionario.
Su debut en solitario con Arena en los bolsillos (1998) confirmó que Manolo era un poeta necesario. Ha publicado discos memorables como Nunca el tiempo es perdido o Geometría del rayo. Él mismo no se define solamente como músico, sino como un «hacedor de cosas». Es un artista plástico muy activo. Su estilo es onírico y colorista. A menudo, las portadas de sus discos son cuadros suyos. Ha publicado varios libros de textos y reflexiones donde vuelca su filosofía de vida. Manolo es famoso por su frugalidad y su rechazo a las nuevas tecnologías aplicadas a la vida personal. Durante décadas fue famoso por no tener teléfono móvil —aunque ha tenido que adaptarse mínimamente por trabajo, sigue siendo un detractor del mundo digital extremo—.
Casi no se sabe nada de su vida sentimental. Ha conseguido separar al artista del hombre de una forma magistral. A sus 70 años, Manolo sigue llenando pabellones, pero con un ritmo que él controla. Vive a caballo entre Barcelona y su refugio en Férez, donde se le puede ver como un vecino más, comprando pan o arreglando alguna cerca.
