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Eugenia Martínez de Irujo, sobre su padre: «Parecía un actor de Hollywood; era un cañón, aunque siempre fue un gran desconocido»

Luis Martínez de Irujo murió por una leucemia a principios de los años 70, dejando viuda a la duquesa de Alba

Eugenia Martínez de Irujo, sobre su padre: «Parecía un actor de Hollywood; era un cañón, aunque siempre fue un gran desconocido»

Eugenia Martínez de Irujo junto a su marido, Narcís Rebollo. | EP

Eugenia Martínez de Irujo siempre demostró, públicamente, el amor que sentía por su madre, la duquesa de Alba. Su progenitor, siempre ocupó un segundo plano más discreto que se unió a su repentina muerte. Así, Luis Martínez de Irujo, siempre fue un referente para sus hijos, a pesar de que fue Cayetana quien se llevó toda la atención, sobre todo de los medios de comunicación. Han sido muchas las ocasiones en las que Eugenia ha querido reivindicar el papel de su progenitor, a quien ha calificado como «un gran desconocido».

«Siempre lo he tenido en un pedestal y la figura de un padre es muy importante. Era un cañón. Parecía un actor de Hollywood», ha confesado, sobre su padre. Es más, según su hija, Luis fue «una persona maravillosa, espectacular… Es el gran desconocido, lamentablemente». A través de sus redes sociales, además, Eugenia también le ha dedicado varios mensajes cargados de emoción. «Gracias por tu buen hacer, por haber conseguido las explotaciones agrarias, Empresas Modelo y de Ejemplaridad; gracias por tantas y tantas cosas bien hechas que nadie conoce, ni te han sabido reconocer debido a tu humildad, falta de ego y enorme discreción que tanto te caracterizó», le escribió.

Quien era Luis Martínez de Irujo

Además, también le dedicó varios piropos, afirmando que es «honrado, humilde, trabajador, culto, elegante, buenísimo padre y maravillosa persona. Qué pena que te fuiste». Luis Martínez de Irujo y Artázcoz fue un aristócrata, abogado, ingeniero y diplomático español, conocido principalmente por haber sido el  XVIII duque consorte de Alba tras su matrimonio con Cayetana Fitz-James Stuart, la célebre duquesa de Alba. Nació en Madrid en 1919 en el seno de una familia de rancio abolengo aristocrático; era hijo de Pedro Martínez de Irujo, duque de Sotomayor y marqués de Casa Irujo.

Recibió una esmerada formación, licenciándose en Derecho y graduándose como ingeniero. Contrajo matrimonio con Cayetana Fitz-James Stuart el 12 de octubre de 1947 en la catedral de Sevilla. Este enlace fue considerado en su época como una de las bodas más fastuosas del siglo. Junto a ella, además, tuvo seis hijos, quienes, hoy en día, componen el núcleo central de la Casa de Alba; Carlos (actual duque de Alba), Alfonso, Jacobo, Fernando, Cayetano y Eugenia. Como decíamos, fue considerado el «gran desconocido» de la familia debido a su carácter discreto y humilde, su papel fue vital para la supervivencia y modernización de la Casa de Alba tras la posguerra española.

Aprovechó sus conocimientos técnicos para reestructurar las explotaciones agrícolas y ganaderas de los Alba, transformándolas en empresas modernas y eficientes. Dedicó un enorme esfuerzo a la reconstrucción del Palacio de Liria en Madrid —destruido durante la Guerra Civil española—, así como a la ordenación, protección y catalogación del inmenso archivo histórico y artístico de la fundación familiar. Fue un destacado mecenas y hombre de cultura. Ejerció como académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, formó parte del patronato del Museo del Prado y, poco antes de morir, fue nombrado presidente del Instituto de España.

La buenísima relación de Eugenia Martínez de Irujo y su padre

Luis Martínez de Irujo falleció de forma prematura a causa de una leucemia el 6 de septiembre de 1972 en una clínica especializada en Houston, Texas (Estados Unidos), a los 52 años. Sus restos descansan en el panteón familiar de la Casa de Alba en el monasterio de la Inmaculada Concepción, en Loeches. Como decíamos, Luis mantuvo una excelente relación con su única hija, Eugenia. La relación de Eugenia Martínez de Irujo con su padre estuvo marcada por un profundo afecto y un fuerte sentimiento de nostalgia, ya que fue una relación muy corta debido a la temprana muerte de Luis Martínez de Irujo.

Eugenia nació en noviembre de 1968 y su padre falleció de leucemia en septiembre de 1972, por lo que ella tenía apenas tres años cuando él murió. Debido a esto, creció prácticamente sin la figura paterna en su día a día. A pesar de su corta edad, Eugenia ha compartido detalles muy específicos de cómo recuerda y valora esa relación. En estos años, la hija de la duquesa de Alba ha explicado que conserva tres momentos muy nítidos junto a él: cuando le leía cuentos, el último verano que pasaron juntos en Marbella y la rutina de cada noche, cuando su padre iba a darle las buenas noches y siempre le regalaba un barquillo.

La duquesa de Montoro ha reconocido que siempre ha tenido a su padre «en un pedestal» y que, al ser una persona insegura, siente que la figura de su padre le habría aportado mucha seguridad a lo largo de su vida. Ha confesado que, a pesar de los años transcurridos, es una figura tan presente para ella que en sus peores momentos personales suele recurrir a él mentalmente para pedirle ayuda. Como no pudo convivir con él en su etapa adulta, se ha apoyado mucho en lo que sus hermanos mayores y las personas que lo conocieron le han transmitido: que era un hombre cariñoso, generoso, honesto y disciplinado. A raíz de esto, ha ejercido activamente como defensora de su memoria, expresando con orgullo que era «un señorazo» y celebrando con emoción los homenajes que reivindican su labor.

La historia de amor entre Luis y la duquesa de Alba se forjó a mediados de los años 40. Se conocieron de una manera muy particular durante una visita a un amigo en común, Rafael Solís, quien se encontraba convaleciente tras sufrir un accidente. Poco después, se reencontraron durante las vacaciones de verano de 1946 en el País Vasco, momento en el que se enamoraron. Al regresar a Madrid, Luis la invitó a los toros y continuaron saliendo, formalizando así su noviazgo.

La unión contó desde el principio con el beneplácito de Jacobo Fitz-James Stuart, el entonces duque de Alba y padre de Cayetana. No obstante, los biógrafos de la Casa de Alba señalan que Cayetana —quien apenas tenía 21 años y era considerada uno de los grandes partidos del país— no habría aceptado casarse si realmente no hubiera estado enamorada de Luis, quien fue su primer novio oficial. En la primavera de 1947 se realizó la petición de mano, en la que Luis le regaló una pulsera de brillantes y oro. El compromiso se anunció oficialmente y se fijó la fecha para el enlace.

Se casaron el 12 de octubre de 1947 en la catedral de Sevilla. La ceremonia fue un acontecimiento multitudinario de una repercusión internacional inmensa debido a su espectacularidad y lujo. De hecho, se recuerda históricamente porque superó en opulencia y coste a la boda de la entonces princesa Isabel de Inglaterra —futura reina Isabel II—, celebrada apenas un mes más tarde. Tras el enlace, la pareja disfrutó de una larguísima luna de miel que se extendió durante seis meses viajando por Europa y América. El matrimonio duró un cuarto de siglo, hasta el fallecimiento de Luis en 1972. A lo largo de esos 25 años formaron una familia numerosa con el nacimiento de sus seis hijos.

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