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Mi yo salvaje

No me corro

«Me corro en su alma y mientras lo hago mi médula errante encuentra su rumbo: el suyo y el mío juntos»

No me corro

Jen Theodore (Unsplash)

Han pasado muchos hombres por mi cama y pocos por mi vida. 

Por eso, cuando uno entra en ella, entra en mí;  y yo me rindo, me entrego, me ahogo en el deseo de él.  Me instauro, planto la bandera de «llegué»  y cuesta en exceso moverme de esa instalación a la que me aferro con coño y dientes. Todo lo que es, hace y tiene es suyo, y solo por eso me da gusto; desde sus enfados hasta su barriga.  Me los trago porque van llenos de la vitamina enriquecida de él. Sabe a helado de limón, el único que realmente me gusta. 

Por eso no me corro. Para hacerlo tengo que irme de él, alejarme y atender a los círculos de los dedos sobre mi piel. Tengo que atender a mi clítoris exigente que me grita « más a la derecha, más despacio, más suave».

Me ensordece charlar con mi coño. Es como un amigo idiota que te habla en el cine en el momento de más acción, cuando a veces, precisamente, es cuando no hay ninguna. No me corro porque para hacerlo me supone reparar en lo que siento sin navegar en ello. Me supone el recuerdo de una mecánica que robotiza el encuentro, que me acerca a placeres genitales y me aleja del abrazo que me sujeta desde la espalda.

No siempre fue así, pero es donde terminó aterrizando mi médula errática; varios calendarios sin sueños que pervirtieron estos lodos; varios cables sin dueño que desconectaron la regleta de la fuente principal. Se activa el cronómetro. Cada segundo aparece chillón y molesto con un destartalado disfraz. Los minutos se escurren antipáticos; me cuchichean al oído que todo tiene un final y yo no quiero finales. No me gustan los finales cuando se trata de amar.  

Por eso, me corro en él si se para el tiempo. Si no hay relojes que disparen minutos o alarmas que amenacen con sonar. Si se para el tiempo; si siento su aliento como la brisa que mueve las hojas de los árboles, crujientes y  acompasadas sobre nosotros. Si el tiempo se frena, oigo el mar de lejos o quizás sea un río;  rodamos por la manta que cubre la yerba y entonces mi clítoris se hincha reconociendo sus dedos intemporales; y mi boca se abre para buscar sedienta la saliva de la suya;  y me sorprenden sus caricias que juegan por mi culo o en la entrada de mi coño sin entrar; y su lengua, buscando la mía, se une a esta carrera de cámaras lentas sobre la pradera que nos perfila como conejos arreantes en la sombra.

Si el tiempo no cuenta; si se detiene con misericordia,  aunque vuele siempre que estoy a su lado. Si el momento se congela para  no atacar con la idea de un fin,  que solo por el hecho en sí, ya se me antoja siempre inmediato… Si todo eso es solo entonces cuando aparecen hilos que tensan mi vientre; más y máses articulados,  resbalados torpemente en bilabiales aflojadas; agarres sobre su brazo en códigos de « espera, sigue , suave, más fuerte» ;  y una respiración bisílaba y sibilante en su cuello que suena como sí, así, sí, así, así, así, así…

Y desde ahí, me corro. En la entrega del tiempo pausado entre sus brazos, me corro. Me corro  fuerte, con mucho gusto,  sobre sus dedos, sobre su cara , en su partida desacelerada, junto a su boca, ante su mirada. Me corro en su alma y mientras lo hago mi médula errante encuentra su rumbo: el suyo y el mío juntos. El éxtasis me catapulta a la idea de un nosotros inmune a las circunstancias e ingobernable por la razón. Me une, me lanza, me eleva al misticismo de las entrañas fusionadas de estos dos simples mortales que se atraen. Me vengo a él cuando el tiempo no cuenta, el mismo tiempo que de nosotros, contará no sé qué historia. 

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