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Opinión

Vagan las sombras dolientes

«Errejón no quiere ganar él, sino que pierda Montero, y empezar a hacer calceta donde se cuecen los dineros gordos»

Vagan las sombras dolientes

Íñigo Errejón. | Europa Press

Los pasillos del Congreso de los Diputados, entre leones despeinados y ujieres dormidos, es el paraíso puro de la umbría perfumada. Entre la espesura, los claros del bosque, la sonrisa de la luna, lagos fríos y lobos sedientos. Los árboles que cambian de lugar, esporádicamente, dejan ver los cuerpos públicos y los planes secretos. Errejón, Iñigo Errejón, nuestro héroe, Errejonín, cara de niño y locuacidad de gigante, mucha verba caliente y alambre, sale al tendido desnudo sin esperarlo.

Ese martirologio doliente entre las sombras apretadas, sí, fue muy político, muy clásico, muy eficaz. Por un lado: fíjate lo que me hicieron, fíjate entre qué pirañas anduve, fíjate aquí los mordiscos, que cubro con tatuajes, fíjate aquí la marca entera del látigo, fíjate aquí y aquí, secuelas enteras de golpes y arañazos. Por otro lado, en su justo envés, lo ya dicho, matorral ensombrecido, ojo al matojo, mata altísima de copas de árboles y raíces profundas interminables, cerrado el pico, a esperar la nuestra, el salto y brinco, que ya llegan. Pura teoría de la rama: no se suelta una hasta que se tiene otra bien agarrada. Puro esperar calmo.

Tras la cuenta y la memoria, tras los zapatos lentos por el salón de los pasos perdidos, tras el despiste y el escondite, toca salir a la luz primera y auroral de la mañana, la del alba con sabor a queso: ni Más Madrid ni Más País ni hostias; lo mío son las europeas, en duelo a florete, en lidia natural, en combate a muerte por mi gloria fija.

Errejón, Errejonín, Iñiguín, mucho más sabio que Monedero porque tiene los libros por dentro y no tapizando paredes, diestro en el dato, con mucha memoria fotográfica y verba inmediata como disparo, siempre más veloz que el oponente, ha decidido por fin quitarse las esposas (del silencio) y vestirse las espuelas (del viaje largo). Creó Más País porque quería, realmente, sustituir a Más Madrid, a nivel nacional.

Una vez puesto el tenderete, pacta en esa nocturnidad espesa, arboleda a oscuras, la integración de su criatura en Sumar, puro caballo de Troya. Todas las delegaciones territoriales de Más País pasan así a Sumar, para sonrisa infinita de la gallega. Finalmente, su plan, encabezar la lista de Sumar para las Europeas, para batirse a muerte con Montero, que fue amiga, que fue compañera en Podemos, que fue y no sé si es la mujer de Pablo, su amigo del alma, al que ahora disparará.

Los filósofos de la cosa explican cómo la gran putrefacción de la democracia española es haber pasado del «adversarios» a «enemigos». Conocimos en la Transición muchas copas y puros entre justo lo contrario: adversarios amigos y no enemigos. Ahora hay una venganza abisal, por debajo de las olas, que lo maneja todo y calla como puta vieja, como enfermedad secreta y larga, como tristeza venérea o estigma vergonzante. Errejón, que fue podemita histórico y venerable, se alía con la enemiga natural de Podemos, Yolanda Díaz, le regala su partido recientemente creado, y ahora le pide que lo ponga en la primera línea de Bruselas para darle de comer a las palomas y los patos, mientras saca músculo y dientes con amistades prehistóricas. Ahora ya no se da tanto, pero en los noventa y ochenta, la mejor forma de armar gresca en un bar era fijar un objetivo desde la barra, para luego acercarse intimidador y, antes de soltar puños, empezar con la salmodia: «¿Y tú qué miras, eh,? ¿Me estás mirando? ¿Qué coño miras? ¿Eh?».

Errejón, lo sabemos, no quiere ganar él, sino que pierda Montero, y empezar a hacer calceta donde se cuecen los dineros gordos, Bruselas, Europa, porque aquí se acaba el hilo a la cometa. Realmente, es una fórmula cojonuda para, por un lado, separarse de su actual superior, Yolanda Díaz, que le ofreció sustituir a Marta Lois como portavoz de Sumar en el Congreso, y por otro, lo ya dicho, empezar a poner la escudilla y el cucharón donde reparten los mejores garbanzos (gordos como melones, grandes como sandías).

Se olvida Errejón, Errejonín, Iñiguín, de unos ojos negros largos como la noche, blancos como la harina, que le miran desde la escalera y no parpadean. Belarra lo tiene muy fichado, muy escrutado, muy dibujado en servilletas y esquinas de hojas con fotocopias. Belarra calienta el comedor y el cotarro con esto de que, sí, quien se enfrente a Montero sea Errejón, tiene algo de indecente. A su vez ella sabe bien que 23 miembros de Podemos han dejado el equipo desde que ella es líder. En dos años y medio, sí, la cuarta parte de cargos que ella mismo nombró hicieron las maletas nerviosas. ¿Dónde están los fugados de Podemos? En Sumar. Consejeros, miembros de la ejecutiva, cargos orgánicos, todos nombrados como tales en junio del 2021, hoy toman cañas y wasapean con Iñigo, seguro, fijo.

Iñigo Errejón, listo como una ardilla entre los árboles mayores, ya no anda escoltado por sus silencios pasados, por sus dolencias anteriores, por su pasado de fuego. Vuelve a la primera línea política del florete y la esgrima. Es Napoleón e invita a cañas. Por primera vez, muy en secreto, Yolanda Díaz levanta interrogantes privados sobre el temible muchacho. Jean Valjean de Los miserables, Julien Sorel de Rojo y negro. La moderación ha presidido todo este tiempo suyo en la reserva o en el banquillo, mientras se mordía las uñas y tejía planes. Mucha sonrisa, pocas palabras. Lengua larga, vida corta. Secreto, silencio. Pletóricas, felices y sonrientes, iluminadas por la suerte, vagan ahora camino de Bruselas, las sombras antes calladas y dolientes.

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