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Tecnología

La tecnología israelí que no derriba drones enemigos sino que se queda con ellos

La guerra ha cambiado para siempre con los drones y la industria corre en busca de soluciones como esta

La tecnología israelí que no derriba drones enemigos sino que se queda con ellos

Operador militar de un dron.

Derribar a tu enemigo está muy bien, pero quedártelo en propiedad y que trabaje para ti es mucho mejor. Eso es lo que logra, en algunos casos, un dispositivo de última generación. Promete cambiar la ya cambiante guerra de los drones. Cabe en una mochila pequeña y se llama Sentrycs Scout.

El efecto es sencillo de explicar. En lugar de reventar un aparato que se acerca, se trata de pedirle con amabilidad que se olvide de su funesta función, que cambie de bando y que tome tierra en las inmediaciones de lo que iba a ser su víctima. Suena a fantasía de película de espías, pero resulta que ya existe, se vende, y los militares ya andan preguntando por precio y posibilidades.

La empresa israelí Sentrycs ha presentado hace poco su invento en la feria de fuerzas de operaciones especiales de Florida. Su tecnología, bautizada Cyber-over-RF, promete detectar, seguir, identificar y neutralizar un dron hostil sin disparar nada ni cegar las comunicaciones de alrededor. En vez de destruir el aparato, lo convence de que obedezca a un nuevo amo.

La clave reside en hablar el idioma del propio dron. La mayoría de los aparatos comerciales se comunican con su piloto mediante un protocolo de radio que, una vez descifrado, deja una puerta entreabierta. El sistema lee ese enlace, busca su punto débil y le inyecta señales de baja potencia que imitan órdenes legítimas. El dron responde como si su operador siguiera al mando, salvo que ahora obedece a quien lo ha secuestrado.

No siempre es la misma maniobra. A veces basta con colarle a su cerebro una orden de vuelo que el dron acepta como auténtica. Otras veces se le alimenta con datos falsos para que su operador vea una realidad inventada sin enterarse de que ha perdido el control. En otra operativa se le obliga a colgar el enlace y reconectarlo, lo que abre una rendija para meterse en mitad de la conversación. Cada modelo tiene su grieta, y descubrirla es la mitad del trabajo.

La idea seminal, o al menos el primer caso conocido de esta suerte de ciberpiratería drónica, la protagonizó un RQ-170 Sentinel en 2011. Los iraníes se hicieron con el control de una de las aeronaves más secretas de las fuerzas aéreas estadounidenses y la despistaron; le hicieron creer que estaba a punto de llegar a su base. La siguiente orden fue «aterriza por aquí», para quedársela en propiedad acto seguido, para solaz de sus pilotos remotos.

La gracia última de este método incruento es lo que no hace. No interfiere el espectro entero, no tira al suelo a los drones amigos, no deja a un aeropuerto sin radio ni a un hospital sin enlaces. La interferencia clásica apaga todo lo que vuela en un radio amplio; el secuestro dirigido solo toca al intruso. En entornos urbanos densos, donde un jammer es tan peligroso como la propia amenaza, el procedimiento crea una diferencia.

Y hay un premio extra. Al conversar con el dron en lugar de derribarlo, el sistema obtiene la ficha completa: número de serie, características de vuelo y, sobre todo y lo más rico en términos tácticos, la posición aproximada del operador que lo pilota. Una vez aterrizado el aparato de manera intacta, queda un objeto físico que examinar y unas coordenadas hacia las que mirar. Es la diferencia entre barrer unos escombros y detener a un asesino antes de cometer su fechoría.

Sentrycs no está sola en este negocio, ni tampoco es nueva. Sus equipos llevan tiempo desplegados en una veintena larga de países. Su tecnología se integró el año pasado en el Drone Dome de Rafael, el paraguas antidrón israelí que combina radar, sensores y cañones de interferencias. En noviembre la compró el grupo estadounidense Ondas, que la suma a su Iron Drone para comercializar una defensa por capas.

Su gran rival se llama D-Fend Solutions, también israelí, y su sistema EnforceAir hace casi lo mismo: detecta el dron por su radio, toma el control y lo posa en una zona segura definida de antemano. Sus clientes son esas agencias militares y policiales repletas de acrónimos y que nadie nombra, aeropuertos y grandes recintos. La última versión añade radar e incluso un módulo de interferencias para cuando el secuestro no llega a tiempo o falla.

Pero hay letra pequeña. Todo este prodigio funciona contra drones comerciales tipo DJI, que hablan por radio de forma reconocible. El problema es que la guerra que ha vuelto aterradores a los drones, la de Ucrania, ha evolucionado hacia los aparatos que voltean esta magia. El sistema es bueno, ingenioso, pero requiere de actualizaciones continuas o quedará convertido en otro chisme más en una estantería, cubierto de polvo.

Los drones más letales necesitan comunicarse

El protagonista del frente ucraniano es el FPV, drones de carreras cargados con explosivos que sus pilotos guían con la vista puesta a través de unas gafas. La mayoría emite vídeo analógico sin cifrar, una señal de una sola dirección que no esconde ningún protocolo refinado que secuestrar. Cuesta unos cientos de euros, se fabrica a millones y con espíritu kamikaze se pilota hasta estrellarlo.

No hay volante que robar: solo una cámara que transmite y un kamikaze que la sigue hasta el impacto. Es bastante frecuente ver en redes sociales a soldados ucranianos o rusos contemplar en las pantallas de sus vehículos la misma señal que emiten los drones que los están cazando. El soldado asiste en directo a la emisión del dron que viene a matarlo, una de las peores experiencias en la vida de cualquiera, si es que vive para contarlo.

Detección sí, lo del secuestro es más complicado

Hasta ahora, esto es alerta temprana, no secuestro. El detector avisa de la dirección y del tiempo que falta para el impacto, regala unos segundos preciosos para tirarse a una zanja o intentar abatirlo, y poco más. Y luego está el jaque definitivo: el dron de fibra óptica.

En lugar de radio, arrastra un hilo finísimo de hasta veinte kilómetros que lo une de manera física con su operador. No emite nada que detectar, es inmune a las interferencias, a la guerra electrónica y, por descontado, a cualquier Cyber-over-RF. Ucrania y Rusia los fabrican porque resuelven de un plumazo el problema que más les desvelaba en el frente.

Por otra parte, los FPV de diseño más reciente aprenden a apañárselas solos. Cuando pierden el enlace con su controlador entran en un modo de guiado autónomo que fija el blanco y completa el ataque sin piloto.

Una herramienta para el ámbito civil

A pesar de todo, nada de esto convierte el secuestro cibernético en humo. Sigue siendo la mejor herramienta para proteger un aeropuerto, una frontera, una cumbre de jefes de Estado o una refinería de los drones comerciales, que son la inmensa mayoría de las amenazas entrantes. Su terreno natural es la retaguardia y la seguridad civil, donde derribar a tiros o cegar el espectro resulta inviable. Pasa de ser un arma de la trinchera a la de perímetro.

El contraste resume la guerra moderna. La industria perfecciona el arte de quedarse con un aparato intacto y leerle el número de serie; el frente se esfuerza en eludir lo que la tecnología ya superó a base de ingenio. Apoderarse del dron enemigo es un lujo de quien puede permitírselo. Quien no puede, se tendrá que conformar con verlo llegar, sea lo que sea que ocurra después.

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