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Cultura

El debate postcolonial: ¿debemos censurar el pasado?

La proyección exagerada de enfoques actuales sobre la historia puede provocar visiones deformadas y anacrónicas

El debate postcolonial: ¿debemos censurar el pasado?

Ilustración de Alejandra Svriz.

El pasado 22 de enero el ministro de Cultura anunció un proceso de revisión de las colecciones de los museos estatales que «permita superar un marco colonial o anclado en inercias de género o etnocéntricas [quizás quiso decir eurocéntricas] que han lastrado, en muchas ocasiones, la visión del patrimonio, de la historia y del legado artístico». Este miércoles, 14 de febrero, contestó en sede parlamentaria una pregunta sobre qué museos se verán afectados. Si hace unos días parecían libres de tacha colonial el Museo de América y el Museo de Antropología (fuentes ministeriales se apresuraron a decir que las exposiciones temporales de ambas instituciones incorporaban ya dicha perspectiva), ahora parecen indultados también el Museo del Prado, el Museo Arqueológico, el Reina Sofía, el Museo de Arte de Cataluña y el Museo Naval. Sin embargo, parece que el arte colonial que expresa esa dominación a combatir retrospectivamente es el arte romano y el virreinal, según se lee en la respuesta del ministerio a la interpelación parlamentaria.

Si hace unos días nos preguntábamos qué significaba descolonizar las colecciones y no digamos las de aquellos museos cuyo origen está ligado de manera ineludible al pasado colonial, ahora las dudas incluyen cómo descolonizar los museos que no tienen colecciones coloniales y dejar como están los museos que obviamente tienen colecciones coloniales. Parece la cuadratura del círculo.

El asunto, sin embargo, es serio y merece una discusión civilizada (en el mejor sentido de la palabra). Aunque los discursos museísticos cambien y sea legítimo y seguramente pedagógico conectarlos con las preocupaciones de nuestro tiempo, no parece buena receta descolonizar el pasado a base de colonizarlo con ideas y valores actuales. 

Según el ministro, se trata de «visibilizar y reconocer la perspectiva de las comunidades y la memoria de los pueblos de los que proceden los bienes expuestos», una afirmación que parece orientada a contrarrestar el eurocentrismo que hace años se respiraba en los museos, pero algo desenfocada, puesto que «las comunidades y la memoria de los pueblos de los que proceden los bienes expuestos» no son inalterables. No se producen fuera del tiempo. Cambian como lo hacen los discursos museísticos. Son históricos. Dicho con Neruda, nosotros, los de entonces, ya nos somos los mismos. Ellos, tampoco. De hecho, a menudo no está claro quiénes somos nosotros ni ellos. ¿Qué somos los españoles del siglo XXI? ¿Más iberos que romanos? ¿Menos latinoamericanos que celtas, moros o judíos? 

Como era previsible, el debate rápidamente ha arrojado dos bandos irreconciliables: quienes defienden las glorias imperiales y los que asumen la leyenda negra. Unos se muestran orgullosos del pasado colonial, otros se sienten culpables: dos actitudes que merecerían un estudio de psicología colectiva de corte junguiano. ¿Por qué nos sentimos responsables de las gestas o los crímenes que pudieron cometer los que consideramos nuestros antepasados? Tal vez deberíamos conformarnos con tratar de entender cómo se comportaron, por qué hicieron aquellas cosas, preservar sus conocimientos y expresiones artísticas, acercarnos a ellos sin identificarnos ni confundirnos con ellos.  

«No vendría mal desespañolizar el debate: ni Colón inventó el colonialismo, ni nuestro país es el único que vive esta ‘guerra cultural’»

Pero bienvenida sea la polémica. Quizás sirva para abrir al público los debates postcoloniales, aprender y discutir a autores como Walter Mignolo, Homi Bhabha o Aníbal Quijano, por citar tres referencias. Quizás alguien se moleste en preguntar a los conservadores y especialistas en estudios museísticos, que llevan toda la vida pensando, trabajando y preservando el patrimonio cultural. No vendría mal tampoco contextualizar el debate, desespañolizarlo: ni Colón inventó el colonialismo, ni nuestro país es el único que vive esta «guerra cultural». El 25 de enero, tres días después de las primeras declaraciones del ministro, una estatua de James Cook, el explorador del Pacífico, fue derribada en Melbourne (Australia).

Aquí en España hay quien mira al Museo del Prado, la «roca española», como la bautizó el pintor y escritor Ramón Gaya. Si los museos son los lugares de memoria por antonomasia, es en el Prado donde el imaginario nacional se proyecta y donde de hecho se ha ido construyendo generación tras generación. Todavía se puede ver en sus salas la exposición temporal Reversos, una audaz muestra que explora los bastidores y las traseras de los lienzos, una forma de indagar en el patio trasero de la historia del arte, en su cara oculta. Los artistas, al igual que los científicos y los historiadores, entregan sus horas a descubrir sujetos y objetos que han permanecido en la sombra. 

Algo de esto ha ocurrido con los estudios de género y las investigaciones sobre otros actores subalternos o tenidos por marginales hasta hace unas décadas. Nada se puede objetar a que afloren a la vista nuevas realidades, ni que miremos al pasado con nuevas perspectivas. Pero la proyección exagerada de enfoques actuales sobre el pasado puede provocar visiones deformadas, presentistas, anacrónicas. 

«Cuando las cosas no están, se echan de menos; cuando están, se quieren borrar, maquillar»

Llegado el caso, alguien podría pedir que se ocultaran los cuerpos desnudos de las mujeres de un Rubens, por ejemplo. A Miguel Ángel Buonarroti le ocurrió algo parecido cuando el Papa le ordenó a otro pintor, Danielle da Volterra, que cubriera las partes pudendas de los personajes del Juicio Final. ¿Debemos censurar el pasado, sus formas de expresión? ¿Debemos corregir sus jerarquías? Hace poco una editorial quería modificar ciertas palabras y expresiones malsonantes en algunos cuentos de Roald Dahl. 

Por otra parte, el Prado recoge desde hace mucho ciclos, conferencias y exposiciones temporales sobre temas y preocupaciones actuales. Hace cuatro años, por ejemplo, la muestra Invitadas ofreció un buen repaso del papel de la mujer, la ideología y las artes plásticas en España entre 1833 y 1931. Y hace tres Tornaviaje, otra exposición temporal, reunió piezas de arte iberoamericano en España, paliando lo que algunos autores postcoloniales criticaban, precisamente, la ausencia de América en el Prado, su invisibilidad.

Es paradójico y significativo: cuando las cosas no están, se echan de menos; cuando están, se quieren borrar, maquillar. Lo que el ministro llamó «inercias que lastran» son visiones del pasado de otra época. Otros las llaman modas o corrientes. Todas, las antiguas inercias y las nuevas, se entienden mejor observando por qué se producen y a dónde nos llevan. Ojalá que esta polémica no nos arrastre por los cauces habituales de la simplificación, el maniqueísmo y la polarización de las dos Españas.

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