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Cultura

La muerte de los grandes relatos inaugura el reino de las emociones breves

«Vivimos en un mundo de historias breves, simples y discontinuas. Un mundo de comentarios»

La muerte de los grandes relatos inaugura el reino de las emociones breves

Detalle de 'La nueva novela' (1877), óleo sobre lienzo de Winslow Homer.

Cuando Jean-François Lyotard publicó La condición posmoderna en 1979, lo hizo en un contexto marcado por el agotamiento de las grandes promesas de la modernidad. Yo asistía en ese momento a las clases de Lyotard en la Universidad de Vincennes y recuerdo que el texto fue recibido con estupor positivo, como si se tratase de una revelación. El optimismo ilustrado, la fe en el progreso científico, las expectativas revolucionarias y las ideologías capaces de ofrecer una explicación total del mundo habían sufrido un desgaste profundo, según Lyotard. Las guerras mundiales, los totalitarismos, las decepciones políticas y la creciente complejidad de las sociedades avanzadas habían erosionado la confianza en cualquier relato que pretendiera dar sentido unitario a la experiencia humana. Lyotard describió ese fenómeno con una fórmula que se hizo célebre: la incredulidad hacia los grandes relatos era justamente la condición posmoderna.

Y esa incredulidad no se limitaba a la política o a la filosofía. Implicaba también una transformación de la sensibilidad que Lyotard no acabó de ver. Si ya no era posible creer en una narración total que organizara la historia, tampoco resultaba fácil aceptar formas narrativas que exigieran continuidad, paciencia y adhesión prolongada, me parecía a mí. Al final de su reflexión, Lyotard veía con simpatía la proliferación de pequeños relatos locales, parciales, fragmentarios. En esto coincidía con Roland Barthes, que había contribuido a desplazar la atención desde las grandes estructuras de significado hacia los discursos fragmentarios. Ambos percibían en la fragmentación una liberación frente a las pretensiones de las grandes ideas, que solo eran grandes por inflación.

Sin embargo, lo que entonces aparecía como una posibilidad estética e intelectual se ha convertido hoy en una condición general de la experiencia. Vivimos en un mundo de relatos breves, simples y discontinuos. Un mundo de comentarios. La narración ha dejado paso a la observación instantánea y el argumento se ha volatilizado. En lugar de seguir una trayectoria, seguimos una sucesión de interrupciones que conducen a una suerte de automatismo psíquico puro.

La transformación afecta tanto a quienes escriben como a quienes leen. El relato tradicional suponía una confianza en el desarrollo. Exigía atravesar zonas de espera, aceptar complejidades, acompañar a personajes durante largos recorridos emocionales. La lectura implicaba una forma de permanencia. Hoy, en cambio, la lógica dominante es la del fragmento autosuficiente. 

Los filósofos atribuyen este fenómeno a la aceleración tecnológica o a la sobreabundancia de información. Pero quizá exista una razón más profunda. Lo que el lector actual parece rechazar no es únicamente la continuidad narrativa, sino la continuidad emocional. Un relato largo obliga a permanecer dentro de una emoción durante un tiempo prolongado. Exige convivir con la incertidumbre, la tristeza, el deseo o la angustia sin la posibilidad de escapar inmediatamente hacia otro estímulo. El fragmento, por el contrario, permite entrar y salir de las emociones con rapidez. Ninguna experiencia adquiere suficiente duración como para transformarnos.

«El comentario sustituye al relato porque también sustituye al compromiso emocional que el relato exigía»

De este modo, la fragmentación narrativa refleja una fragmentación afectiva. La imposibilidad de sostener grandes relatos encuentra su correlato en la dificultad para sostener emociones extensas. El comentario sustituye al relato porque también sustituye al compromiso emocional que el relato exigía. Comentar implica mantenerse en la superficie de la experiencia. Narrar supone atravesarla.

Las redes sociales constituyen el laboratorio perfecto de esta sensibilidad. Allí predominan formas discursivas que nunca desarrollan una idea hasta sus últimas consecuencias. Cada intervención aparece aislada de las anteriores y destinada a ser reemplazada por la siguiente. La atención se organiza como una serie de presentes sucesivos sin memoria ni anticipación. En ese entorno, la continuidad se percibe casi como una carga. Por eso está de moda el aforismo, el único género literario que pueden soportar algunas redes sociales. Cada pieza debe justificarse por sí misma y producir un efecto inmediato. El lector contemporáneo parece reclamar una gratificación constante y desconfiar de todo aquello que retrase la recompensa.

Quizá la consecuencia más paradójica de la intuición de Lyotard sea que la emancipación respecto de los grandes relatos ha terminado desembocando en una dificultad para construir cualquier relato. La fragmentación, que en un primer momento prometía multiplicar las voces y enriquecer la experiencia, ahora se presenta como la puerta a una ignorancia desconocida hasta el momento.

El mundo posmoderno comenzó desconfiando de las narraciones que pretendían explicarlo todo. El mundo actual parece desconfiar incluso de las narraciones que intentan explicar algo. Entre ambos momentos se ha producido un desplazamiento decisivo: ya no solo hemos perdido la fe en las grandes historias; hemos perdido también la paciencia necesaria para habitar cualquier historia. Y quizá esa pérdida revele menos un agotamiento narrativo que una creciente incapacidad para soportar la duración de nuestras emociones, sus transformaciones, sus desplazamientos, sus paradojas. Dicho de otra manera: una creciente incapacidad para abordar con coraje y profundidad las vicisitudes fundamentales de la vida.

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