Estados Unidos cumple 250 años
El 4 de julio se cumplen dos siglos y medio de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos

Retrato de Bernardo de Gálvez por Maella. Una copia moderna por Monserrate se puede ver en el Capitolio de Washington desde 2014.
Pocos podrían adivinar que el nacimiento de una pequeña nación en la costa norteamericana hace 250 años fuese un acontecimiento clave, no ya para la Historia de América, sino para la Historia Universal. Sin embargo aquello fue el acto fundacional del mundo contemporáneo: los recién nacidos Estados Unidos iban a tener una influencia definitiva en la conformación de la sociedad de nuestra era.
La Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776 fue el toque de muertos para el Antiguo Régimen, el sistema político-social del absolutismo monárquico. En el siglo XVIII, el Antiguo Régimen había alcanzado su mejor momento con el despotismo ilustrado, el Gobierno «para el pueblo pero sin el pueblo». Pero el puñado de súbditos rebeldes de Su Majestad Británica, tras muchas dudas, pues había partidarios de nombrar rey al general Washington, crearon un sistema político democrático, que prescindía de la monarquía y su carisma sagrado. «Un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», como lo definiría Abraham Lincoln años después, en el famoso discurso de Gettysburg.
Apenas 16 años después de este toque de muertos del Antiguo Régimen, su eco llegó desde la periferia al centro del mundo, a Francia, la nación más importante del planeta en aquella época, y al rey Luis XVI le cortaron la cabeza, dando así paso a la República Francesa. No es casualidad que esa Primera República Francesa, que inspiraría todos los cambios democráticos que se produjeron en Europa durante el siglo XIX, izase como bandera una tricolor azul, blanca y roja, también los colores de la bandera de Estados Unidos, puesto que la Revolución americana le había marcado el camino a la Revolución francesa.
La celebración de este 250 aniversario encuentra, sin embargo, serios inconvenientes, debido a la polémica figura de su actual presidente, Donald Trump. Muchas personas y entidades políticas, dentro y fuera de Estados Unidos, se encuentran agraviadas por la errática gobernanza de Trump, incluyendo, desde luego, al Gobierno de Pedro Sánchez, que ha llevado las relaciones con el aliado americano (hay que subrayar esta condición) al nivel más bajo desde que comenzó la alianza en 1953.
Sánchez ya advirtió hace un año que oficialmente España no participaría en los fastos conmemorativos norteamericanos. Es una pena, porque esta efeméride tan especial de 250 años debería haber sido la ocasión para reivindicar un mérito español no reconocido: la activa intervención de España en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. THE OBJECTIVE lleva tiempo luchando por restablecer esta verdad histórica, tanto desde esta sección de Historias de la Historia como desde otras páginas del periódico y con otras firmas, como la del embajador Eduardo Garrigues.
Una circunstancia casual, el nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado, habría favorecido la reivindicación española si se hubiera realizado la campaña política, diplomática y de imagen e impacto cultural para establecer la participación española en la independencia estadounidense. Hace 12 años, durante la presidencia de Obama, la Cámara de Representantes primero, y el Senado de Estados Unidos a continuación, otorgaron la ciudadanía de honor, a título póstumo, a Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana que dirigió la lucha contra los ingleses durante la Guerra de Independencia americana.
La iniciativa había partido de dos legisladores republicanos de Florida, el congresista Jeff Miller y el senador Marco Rubio, hijo de cubanos y casado con una colombiana. El texto de la resolución señalaba que Gálvez «fue un héroe de la Guerra Revolucionaria que arriesgó su vida por la libertad del pueblo de Estados Unidos». Además se cumplió una promesa que le habían hecho a Gálvez en 1783, la de colocar su retrato en el Senado de Estados Unidos. En 2014 se instaló en la sala del Comité de Relaciones Exteriores del Senado una copia del magnífico retrato de Gálvez que pintara Maella en el siglo XVIII.
El enemigo común
España se empleó a fondo en ayudar a los rebeldes contra nuestro enemigo secular, Inglaterra. No solamente proporcionó armas, víveres, dinero y apoyo político y diplomático a los norteamericanos, sino que a partir de 1779 el gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez, que era un caudillo militar nato, dirigió campañas contra las fuerzas británicas a lo largo del río Misisipi y reconquistó Florida, que los ingleses habían ocupado en 1763. Eso supuso que Inglaterra tuviera que distraer importantes fuerzas militares y navales de su lucha contra los rebeldes norteamericanos.
También fue importante, aunque aún más desconocido, el papel de la Armada Española en la independencia de Estados Unidos, pues nuestros buques bloquearon en el Atlántico el paso de muchos barcos ingleses, cargados de refuerzos militares y aprovisionamientos para la campaña británica contra la rebelión.
Sin embargo, sería Francia quien se arrogara el mérito de haber ayudado al nacimiento de Estados Unidos, porque las tropas que envió París lucharon al lado de las de Washington en el territorio de las Trece Colonias en rebeldía, mientras que las de Gálvez combatieron fuera de las Trece Colonias. La presencia del marqués de Lafayette en la batalla de Yorktown, acto final de la guerra por la rendición inglesa, le aseguraba «salir en la foto». Cuando en 1917 llegaron a Francia los soldados norteamericanos que iban a participar en la Primera Guerra Mundial, su comandante, el general Pershing, dijo: «Lafayette, nous voila» («Lafayette, aquí estamos»). Los americanos sentían tener una deuda de gratitud con Francia, mientras que se había olvidado la participación española en la gesta.
Lo más triste de esta ingratitud es que, ayudando a los rebeldes norteamericanos a conseguir la victoria sobre la potencia colonial, Inglaterra, España tiraba piedras contra su propio tejado. Estaba claro que lo que habían hecho las Trece Colonias inglesas serviría de ejemplo para los criollos en las inmensas posesiones españolas de América. Los criollos eran españoles de raza, cultura y carácter, pero la tentación de hacerse con el poder local y romper sus vínculos de vasallaje con la corona era muy poderosa.
Estados Unidos no solamente fue inspiración y ejemplo para las independencias de la América Española, también tenía una vocación expansiva que lógicamente la llevaría a tener problemas territoriales con España. Téngase en cuenta que los dominios españoles en América del Norte incluían Florida y el curso del río Misisipi, que prácticamente llegaba a Canadá. No eran directamente fronterizas con las Trece Colonias, convertidas en Estados Unidos, porque entre españoles y norteamericanos había unos difusos «territorios indios», pero estaba claro que la recién nacida nación se apoderaría de las tierras de los indígenas, y entonces limitaría con España.
En España los Gobiernos quizá no fueran conscientes de estos peligros, pero las autoridades españolas en América sí lo tenían claro. Un sucesor de Gálvez en el Gobierno de Luisiana, Esteban Miró, tomó la primera medida política frente al potencial peligro, un tratado de alianza con las llamadas Cuatro Naciones Indias, los creeks, cherokis, choctaws y chickasaws. Pero sería su sucesor, Francisco de Carondelet, quien puso en marcha un auténtico Estado-tapón entre Estados Unidos y el Imperio español.
Carondelet era consciente de que las Cuatro Naciones no podrían resistir frente al expansionismo norteamericano si no estaban bajo un protectorado activo por parte de España. Comenzó por dar asesoramiento diplomático y jurídico a los indios, que eran sistemáticamente engañados en los tratados que firmaban con los norteamericanos. Así logró por ejemplo, anular el Tratado de Nueva York de 1790, que arrebataba extensos territorios a los creeks, o abortar diversas operaciones-estafa puestas en marcha por los norteamericanos.
Carondelet proyectó también la creación de una auténtica Confederación India, regida por un Congreso con representantes de las Cuatro Naciones, donde habría un Comisario del rey de España, sin voz ni voto teóricos, pero con gran influencia, entre otras cosas porque España pagaría los gastos de ese Congreso. El Congreso Indio sería el único capacitado para declarar la guerra, en cuyo caso España proporcionaría armas y pertrechos.
Para complementar esa alianza con los indios, Carondelet apoyó también la creación de otro Estado tapón al norte de las Cuatro Naciones, en lo que hoy es Kentucky. Allí se habían establecido colonos de origen anglosajón que querían formar un país independiente de Estados Unidos, y Carondelet les ofreció ayuda militar, mediante el apoyo de los barcos cañoneros españoles que patrullaban por el Misisipi y la entrega de armas y pertrechos de guerra.
Esta política, que podría quizá haber cambiado la historia de Estados Unidos, fue abandonada por imposición de Godoy, el favorito de Carlos IV, que tenía todo el poder en España. Nuestro país acababa de librar una guerra desastrosa contra la Francia revolucionaria, y tras la derrota, Francia obligó a España a convertirse en su aliada. Como Francia era a su vez estrecha aliada de Estados Unidos, Godoy decidió abandonar a su suerte a los de Kentucky y a las Cuatro Naciones Indias, que serían efectivamente absorbidos por Estados Unidos.
Y como colofón, le entregó la Luisiana a Francia, pero eso es ya otra historia.
