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Cultura

Margaryta Yakovenko perdió su ciudad, pero no su memoria 

La escritora aborda en ‘Ocupación’ la muerte de su abuelo, la pérdida de Tokmak y las huellas de la guerra

Margaryta Yakovenko perdió su ciudad, pero no su memoria 

Margaryta Yakovenko. | Jacobo Medrano

La muerte de su abuelo y la ocupación rusa de Tokmak, la ciudad ucraniana donde nació, empujaron a Margaryta Yakovenko (1992) a escribir el libro más personal de su trayectoria. En Ocupación (Seix Barral, 2026), la escritora y periodista regresa a la historia de su familia para entender qué significa perder un lugar que sigue existiendo en los mapas, pero al que ya no se puede volver. A través de recuerdos, fotografías y conversaciones familiares, la autora reconstruye las vidas de varias generaciones que atravesaron guerras, cambios de régimen y fronteras movedizas, mientras se pregunta qué queda de una identidad cuando el territorio que la sostenía desaparece.

Si en Desencajada (Caballo de Troya, 2020), su primer libro, exploraba la experiencia de crecer entre Ucrania y España y su imposibilidad de pertenecer por completo a un solo lugar, en este nuevo libro la búsqueda se amplía hacia la memoria familiar y la historia colectiva. El resultado es una reflexión sobre el desarraigo, la herencia y la necesidad de contar la propia historia antes de que otros la reescriban erróneamente. En conversación con THE OBJECTIVE, Yakovenko habla de la guerra, del peso de los recuerdos, de la fragilidad de los hogares y de la extraña sensación de quedarse sin un lugar al que regresar.

PREGUNTA.- El libro habla de herencia y de guerras que parecen repetirse generación tras generación. ¿Siente que en Ucrania existe una memoria histórica que la Europa occidental no termina de comprender?

RESPUESTA.- Claro, las experiencias vitales son muy distintas entre las dos Europas. Sobre todo en España. Si nos vamos a países que hayan vivido la Primera o la Segunda Guerra Mundial, sería distinto. Pero España, como no ha tenido la experiencia de las guerras mundiales (aunque sí ha tenido una muy terrible, que es la Guerra Civil), noto que los lenguajes son distintos en cuanto hablamos de la violencia. El totalitarismo se percibe de otra forma, porque para Ucrania, por ejemplo, el totalitarismo suele ser algo que ha venido de fuera, no que se haya fundado desde dentro. En España, quizá, cuando hablas de totalitarismo, directamente se entiende el franquismo. Y ahí hay un salto entre las dos Europas que no es tan fácil de salvar. A veces sí que siento que cuento una historia que por aquí es muy ajena. Tengo la sensación de que hay gente que no llegará a comprenderla del todo por sus circunstancias. Al final, son experiencias vitales, históricas y, sobre todo, sociales. Es diferente contar la misma historia a un polaco que a un español. Y aparte, al no haber vivido también el comunismo de la Unión Soviética, aquí los discursos de izquierda, cuando se trata de ciertos grupos ya muy radicales, caen en todo contra lo que hemos estado luchando en Europa del Este. Aquí no han tenido esa experiencia y cuesta mucho comprenderla y explicarla.

P:- En Ocupación aparece constantemente la pregunta sobre la identidad: rusa, ucraniana, soviética, híbrida. ¿La guerra le obligó a redefinir quién era?

R:- Creo que con Desencajada fue un tema que dejé ya muy cerrado. Con el final del libro, además, queda claro que la identidad no es algo que está en un sitio, sino que es algo que llevas contigo. Con la guerra reviví muchos sentimientos que pensaba que tenía resueltos. Recuerdo los primeros meses, sobre todo, que me sentía más ucraniana que nunca, pero también porque la gente me percibía como tal. Entonces me di cuenta de que había caído en un dilema: yo había luchado toda mi vida en España porque me percibieran como una más, como una española más. A pesar de que físicamente no lo parezco, cuando la gente me preguntaba de dónde era, siempre decía que de aquí, porque no quería que me vieran como alguien de fuera. Entonces, cuando también cambio de pasaporte y paso por todo ese proceso de asimilación, tengo muy asumido que soy una escritora y una periodista española. Pero cuando empieza la guerra, me llaman precisamente por ser ucraniana —no me llaman por ninguna otra razón— en lugar de a cualquier otra persona, por haber nacido en un sitio hace 30 años, una cosa muy concreta, muy específica, arbitraria, que yo no elegí en ningún momento, que hace que yo me convierta en la voz de Ucrania de cara a la gente. Entonces ahí tengo que asumir una carga que nunca había deseado, porque también me doy cuenta, y en el libro lo cuento, de que mi identidad ucraniana no es tan fuerte como la identidad ucraniana de la gente que vive en la parte del oeste de Ucrania, porque no he crecido con esas tradiciones, sino en España y, aparte, he crecido en casa hablando ruso. Mi identidad ucraniana de pronto es un peso, porque me doy cuenta de que quizá, de cara a otros ucranianos, soy una farsa. Pero de cara a los españoles, no puedo ser española nunca más. Eso ya queda absolutamente desterrado. A veces pienso: «Escribo en español, tengo pasaporte español, ¿algún día podré optar al Premio Nacional?». Probablemente no, porque no me perciben ya como parte de la cultura de este país. Pero en Ucrania tampoco me perciben como ucraniana. Hay un dilema ahí. No hay ningún país que reivindique que lo que yo hago sea suyo.

P.- ¿Qué papel juega el idioma en el libro? Aparece el ruso, el ucraniano, el surzhyk… y también la experiencia de escribir en español sobre una memoria que pertenece a otro territorio.

R.- Creo que me amplía la mente. Quienes sabemos varios idiomas tenemos una suerte inmensa. Aunque la gente que solo sabe uno nos pide que nos identifiquemos con uno porque, cuanto más reducido es tu conocimiento, más quieres reducir el de los demás. En mi caso, saber varios amplía mis fronteras lingüísticas y me permite jugar con traducciones literales de mis propios pensamientos que en otros idiomas suenan muy distintas. Las estructuras del español, por ejemplo, me las llevo también al ruso a la hora de hablarlo. Es como una mezcla. Me parece que el idioma no está para constreñirte, sino para usarlo de acuerdo a lo que sientes o eres. O sea, los idiomas están para que los usemos, no para que nos dominen. Es verdad que mi educación es española, trabajo cada día en español y eso al final se nota en mi escritura. Pero, por ejemplo, hice un programa para Radio Exterior en ruso y la entrevistadora me tradujo partes de mi propio libro al ruso y las leyó en antena. Era tan bonito oírlo. Claro, estaba diciéndolo en mi lengua materna, pero me sonaba completamente distinto a lo que yo había hecho y me sonaba aún mejor de lo que había escrito en español.

P.- Hay un momento muy conmovedor en el que su abuelo aparece en sueños y le entrega un lápiz «para que escriba». ¿Siente este libro como una forma de cumplir un mandato familiar o moral?

R.- Este sueño a mí me llega al principio y lo interpreto como que llevaba mucho tiempo bloqueada, sin escribir. El mismo año que empezó la guerra, pasé por varios sucesos traumáticos en mi vida personal. Abandonaba todas las historias que empezaba enseguida. No estaba muy bien anímicamente. Entonces tuve este sueño y todavía tardé un año en sentarme a escribir. Cuando conseguí interpretarlo, me di cuenta de que quien aparecía en el sueño era mi abuelo y de que estábamos en Tokmak, donde ya no podíamos vernos porque, en primer lugar, Tokmak estaba ocupado y, segundo, mi abuelo estaba muerto. Ese sueño debía significar algo. Yo no creo que los muertos regresen en sueños. Somos nosotros, que volvemos a nuestros recuerdos. Si ese recuerdo me había llegado en ese momento, era porque mi cerebro me quería decir algo. Lo interpreté como «quizá la historia que te da miedo contar es precisamente la que más te duele ahora mismo». Era un triple duelo: por una ciudad, por un país y por una persona. Me senté a escribir con eso entre manos. También sentí que muchísima gente había publicado libros sobre Ucrania, periodistas que habían estado ahí. Gente completamente ajena a Ucrania y que no la había entendido. No quería que el relato de Ucrania lo escribieran otras personas. Odio que la gente hable por mí y tuve la necesidad de contar mi historia. Hay veces que pienso que haberme hecho periodista y escritora es como una forma de paliar todo el silencio generacional vivido por mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos… Ellos no podían hablar y yo lo que hago es publicar su vida. En realidad, estoy haciendo justicia.

P.- Su libro parece escrito contra lo borrado: de una familia, de una ciudad, de una identidad ucraniana absorbida históricamente por otros relatos. ¿Escribir fue una forma de resistencia?

R.- Sí. Es una forma de evitar que te borren. Claro, eso desde luego. También es una forma de dejar la historia para que nadie la pueda cambiar. A lo largo de los años, en Ucrania y en Rusia y en Bielorrusia y en toda la antigua Unión Soviética, la historia se ha modelado de acuerdo a lo que le convenía a la élite en el momento en el que estaban gobernando. Y me parece que perdemos muchísimo como seres humanos si dejamos que solo unos pocos cuenten la historia y nos digan cuál es la historia verdadera. A día de hoy, mis padres tienen un concepto sobre la formación de Ucrania claramente perfilado por propaganda soviética, que no es la formación real de Ucrania. No es así como se crea el país. Ellos han estado tan influenciados por todo este discurso de que Ucrania no es más que una provincia de Rusia, que, aunque no apoyen el conflicto ni la guerra, evidentemente, su identidad está en el aire. Porque no entienden que ellos deberían tener una identidad propia como ciudadanos de un país. Ellos piensan que han formado parte de un imperio. De hecho, en el libro cuento que mi padre, con 22 años, vota no a la caída de la Unión Soviética. ¿Por qué con 22 años, escuchando Metallica, sintonizando la BBC a escondidas, no quieres que haya democracia en tu país? Además, tenían miedo; muchos pensaban, y luego se demostró en los años noventa, que la democracia iba a ser un fracaso en esos países, que iba a llevar a la ruina y llevó a la ruina. De hecho, si no hubiera llevado a la ruina, Putin no existiría. Es la muestra perfecta de que lo que más miedo les daba acabó pasando. 

P.- En Ocupación explica que una familia rusa vive hoy en la casa que perteneció a sus abuelos en Tokmak y que una vecina colaboró con las autoridades de ocupación. ¿Le guarda algún tipo de rencor a la familia que vive en su casa ahora o a la señora que se ocupaba del edificio y dejó que entraran ahí? 

R.- Yo no. Mi padre sí, en el libro eso está también. A ella sí le guardo más rencor que a ellos, porque ella es una señora ucraniana que apoyó el Euromaidán desde el principio, era siempre muy proucraniana. De hecho, en el edificio era la señora más proucraniana de todos. En cuanto empieza la guerra, cambia de bando enseguida por supervivencia. Eso me parece una bajeza. Los otros al final están ejecutando, primero, las órdenes de alguien en quien creen. En un mes alojan primero a soldados. Los soldados dejan la casa bastante destrozada, según lo que nos han contado. Y después de los soldados llega esta familia, que son los que están viviendo ahora ahí. Quieren hacer reformas y la quieren poner a su nombre, es decir, apropiársela. Putin ahora mismo tiene un 20% de gente que cree ciegamente en él. Un 20% que calla ante lo que él hace. Un 20% que dice: «Ni mal, ni bien, no sé, déjame en paz». Y un 20% que está en las cárceles o está fuera porque está en contra de todo lo que está pasando. Por ejemplo, estos médicos que vienen cuando se hacen médicos militares, creo que firman algún tipo de contrato, aunque no sea físico, en el que aceptan que están para servir al país. Mucha de esta gente lo único que tiene es su patria. No tiene nada más en su vida. Entonces, decir que su patria está haciendo el mal es durísimo porque se quedan sin identidad. Sin nada en lo que creer. Yo no les puedo reprochar tener unas creencias asesinas y malvadas, pero son creencias. Lo que me duele más es que una persona pueda cambiar de creencias de acuerdo a la dirección del viento.

P.- El libro está lleno de muertos, pero también de objetos: fotografías, documentos, lápidas, casas, geranios. ¿Cree que los objetos conservan una verdad que las ideologías y los discursos políticos intentan borrar?

R.- ¿En el sentido de que los desvirtualizan? Sí. Por ejemplo, en nuestra casa hay otra familia ahora. Para ellos, esos objetos no son más que restos de un imperio caído porque la casa de mis abuelos era un museo soviético. Todo lo que habían tenido, lo compraron cuando la Unión Soviética todavía existía. Menos la lavadora y el televisor, que era lo más nuevo que tenían en su casa, el resto de cosas eran de los setenta y ochenta, incluso de los noventa había alguna, pero eran cosas muy antiguas. El mercado lo que hace es crearnos necesidades para que compremos lo más nuevo y moderno, no porque lo antiguo sea malo, sino porque lo que dice de nosotros es que nos podemos permitir lo nuevo. Y esta señora cuando llega a nuestra casa, imagino que también, aparte de este sentimiento de «yo me puedo permitir algo nuevo, y todo esto son antiguallas que voy a tirar a la basura», también hay un sentimiento de «esto no es mío». Debe haber cierta culpa cuando te despiertas cada día entre las cosas de una familia que ya está muerta. 

P.- Después de escribir Ocupación, ¿qué relación tiene hoy con la palabra «hogar»?

R.- Es un poco complicado. Yo no sé dónde está mi hogar. Llevo tiempo pensando qué es hogar, y después del libro también sigo preguntándome lo mismo. Creo que el hogar son los recuerdos. Incluso más que las personas o los sitios, son los recuerdos que uno conserva. Para mí, el recuerdo es un lugar amable y bonito, un sitio seguro al que volver. Tengo recuerdos dolorosos, evidentemente, como todo el mundo, pero en este caso, los conservo y me gustan tanto que los he dejado por escrito. Para mí es el único hogar que tengo porque ahora mismo no sabría decirte lo que es hogar. También hay ciertos discursos que a mí me parece que pecan un poco de naíf, de que el hogar sean las personas que quieres, las personas con las que estás, el lenguaje que usas, los libros que escribes… No lo sé. No creo que sea exactamente eso. Por ejemplo, a mí mis padres me han transmitido siempre, sobre todo mi madre, que es mucho más hogareña, que mi hogar es ir a casa de mi bisabuela en Ucrania. Estar ahí, eso es mi hogar, esa es mi familia, y ese es el concepto que tengo que guardar. Y yo a veces pienso también, si tengo hijos algún día, ¿qué hogar les voy a mostrar, en esa zona ocupada? O en Madrid, que ni siquiera es mi ciudad. Por eso no tengo hijos, quizás. Porque no sabría qué decirles, no sabría qué explicarles. Imagino que, de tenerlos, haría todo un gran esfuerzo por crear un hogar en ese momento. 

P.- Su abuelo vivió bajo distintos sistemas políticos sin moverse de ciudad. ¿Qué le dice eso sobre las fronteras y la fragilidad de las identidades nacionales?

R.- Me dice que son una ficción. Hay veces que lo digo y la gente se escandaliza. ¿Cómo va a ser mi vida una ficción? Para mí, los países son ficciones, las banderas son ficciones, y todos son símbolos que necesitamos en algún momento, igual que necesitamos creer en algo, necesitamos tener una especie de patria a la que referirnos, pero mañana esa patria se llama de otra forma y tú la vas a seguir considerando la patria. Entonces, ¿cuál es el concepto realmente? Mañana tu patria cambia de bandera y tú vas a besar otra bandera. Entonces, ¿qué es lo que juras cuando besas la bandera actual? Es una ficción todo, es como el dinero. Le damos símbolo o poder a un papel. Si piensas mucho en ello, acabas deprimido y debajo de la cama y no puedes salir de tu casa. También creo que vivir en esta clase de Estados que cambian de identidad, de fronteras, de banderas, de nombres, de ciudades que cambian de nombres —en Ucrania se han cambiado muchos nombres de ciudades y de calles— al final te provoca un tipo de desconcierto que te lleva a la apatía política, probablemente, a verlo todo como una farsa. Y si es una farsa, ¿por qué voy a participar en ella?

Margaryta Yakovenko. | Jacobo Medrano

P.- ¿Qué descubrió sobre sí misma escribiendo este libro que no había querido mirar antes?

R.- No, este no era un libro para mí. Descubrí muchas cosas sobre mi familia, algunas que no me esperaba, que me dejaron en shock, como lo de que mis abuelos eran colonos. Yo eso no lo sabía, no me lo esperaba. Sabía que mis abuelos habían acabado en un gulag. Eso lo supe siempre. Sabía que habían venido desde Rusia, pero nadie me lo había dicho, ni yo tampoco uní los cabos en ese momento. Ahora, evidentemente, tengo mucho más conocimiento. Cuando lo supe, me quedó muy claro por qué habían venido de Rusia. Pero antes no tenía ni idea y eso fue lo más impactante que descubrí. Y luego hay algo curioso: a mi padre le gusta mucho la historia, pero nunca se ocupó de preguntar sobre su historia personal ni sobre su historia familiar. Porque creo que ahí también hay cierto miedo a saber. O miedo a que el otro te interprete de un modo equivocado. 

P.- Hay un momento en el libro en el que entiende que quizá nunca volverá a la ciudad que recuerda. ¿Cómo se vive sabiendo que su lugar de origen existe y no existe al mismo tiempo?

R.- Es muy duro. De hecho, la parte más dura de la guerra es, primero, la muerte de mi abuelo. Y segundo, evidentemente, todos juzgamos de acuerdo a lo que somos y de acuerdo a lo que perdemos. A mí me duele mucho más perder cuando oigo los discursos de que quizá no hace falta recuperar el territorio ocupado. Para mí es como si me dijeran que mi región no importa, no es lo bastante relevante, no hace falta para seguir siendo ucranianos. Eso a mí me rompe. Creo que no tengo del todo asumido que quizás nunca podré volver ahí. Porque al final creo que mis padres, mi padre, por ejemplo, que tiene más años que mi madre, puede llegar a pensar que nunca más va a volver a su ciudad. Todo esto es una cuestión de tiempo. En algún momento se va a resolver y volveremos a las fronteras en las que estábamos. Pero, ¿cuánto tiempo? La gente no tiene tanto tiempo. La gente tiene un tiempo limitado en la vida. Entonces me pregunto si tendré que ir yo a recuperar esa casa. Claro, en el caso de que esa casa siga existiendo, porque si hay una contraofensiva, dejará de existir. No habrá absolutamente nada que recuperar. ¿Cuántas veces se han borrado de la faz de la tierra pueblos enteros, ciudades, países, imperios? Han caído y han dejado de existir de un día para otro prácticamente. Eso me duele profundamente. 

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