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Literatura

David Toscana explora en 'El ejército ciego' la memoria de los derrotados

El escritor mexicano rescata una leyenda medieval búlgara en su última novela, ganadora del Premio Alfaguara 2026

David Toscana explora en ‘El ejército ciego’ la memoria de los derrotados

El escritor David Toscana. | © Daniel Mordzinski

Miles de hombres avanzan por los caminos de Bulgaria sin saber dónde termina el sendero ni quién camina a su lado. Han sobrevivido a la guerra, pero ya no pueden ver el mundo que dejaron atrás. Algunos tropiezan, otros inventan canciones para no perderse, otros imaginan colores que quizá ya nunca volverán a contemplar. La leyenda dice que eran soldados del zar Samuel cegados por orden del emperador bizantino Basilio II tras la batalla de Clidio (o Klyuch) en el año 1014. La literatura de David Toscana (Monterrey, México, 1961) imagina algo más inquietante: qué pensaron, qué soñaron y cómo aprendieron a seguir viviendo después de que les arrebataran los ojos.

De esas preguntas nace El ejército ciego (Alfaguara, 2026), la novela con la que el que fue ganador de la V edición del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa en 2023, ha obtenido ahora el Premio Alfaguara de Novela 2026. Más que una reconstrucción histórica, la obra es una exploración de la memoria, la imaginación y la capacidad humana para encontrar sentido incluso en medio de la barbarie. «Es la construcción de una leyenda», explica Toscana a este diario. El autor no se interesa por los vencedores ni los grandes estrategas militares. Su mirada se dirige hacia quienes quedaron fuera de las crónicas: los derrotados que regresan a casa guiados por la oscuridad.

La semilla de la novela apareció lejos de las bibliotecas especializadas y de los grandes relatos históricos. Toscana encontró el episodio en un compendio de historia medieval escrito en inglés y quedó impactado por la brutalidad del acontecimiento. Cuanto más investigaba, más evidente se volvía aquel callejón sin salida: apenas existían testimonios que narraran qué ocurrió realmente con aquellos hombres después de ser cegados.

«Me impactó lo que había ocurrido», recuerda el escritor. La investigación lo condujo a una observación decisiva de un historiador polaco, quien sostenía que aquel episodio ya no pertenecía al terreno de los historiadores, sino al de los novelistas. Fue entonces cuando comenzó a imaginar una historia que no hablara del zar Samuel ni de las grandes campañas militares, sino de los propios soldados. «Yo quería contar la historia de los ciegos, más que la de Samuel. Es decir, cómo lo vivieron ellos». Radislav y su espada fallida, Aleksi empujando el molino, Tódor y Seráfim haciendo pergaminos, Prémeld con sus muñecas… Ese desplazamiento de perspectiva define toda la novela. Toscana no reconstruye el acontecimiento desde la exactitud documental, sino desde la memoria oral, la exageración y el rumor, como una fábula.

Aunque la novela parte de un hecho real, El ejército ciego nunca adopta las formas convencionales de la novela histórica. Toscana prefiere hablar de leyenda. A medida que los personajes avanzan, las historias se deforman, los recuerdos se mezclan con la fantasía y la verdad se vuelve inseparable de la imaginación.

Historia y fantasía

La elección no es casual. El autor descubrió que las fuentes históricas apenas ofrecen detalles sobre el regreso de los soldados a Bulgaria. Existe un enorme vacío narrativo entre el castigo impuesto por Basilio II y la muerte del zar Samuel, de quien se dice que sufrió un infarto al contemplar el regreso de sus soldados cegados. Ese silencio documental es precisamente el espacio que ocupa la ficción. «La fantasía de la novela es que estás leyendo algo que nunca se escribió», explica.

Uno de los personajes lamenta incluso que los búlgaros ya dispusieran de alfabeto, pero lo utilizaran únicamente para textos religiosos. «Alguien tendría que escribir nuestra historia», reclama uno de ellos dentro de la novela. Esa frase podría funcionar como una declaración de principios del propio Toscana.

Pocos episodios medievales conservan una carga simbólica tan intensa para Bulgaria como la derrota frente a Basilio II. Allí, el emperador bizantino sigue siendo recordado por el sobrenombre de Bulgaróctonos, el Matador de Búlgaros.

Toscana admite que abordar un episodio tan sensible le provocó algo de inquietud. «Entraba con cierto nerviosismo en el tema porque sabía que le estaba dando un trato que no es el que tradicionalmente se le da», reconoce.

Humor negro

Su interés, sin embargo, no estaba en los triunfos militares del emperador, sino en la dimensión humana de su decisión. Lo que le resulta fascinante no es la victoria, sino la barbarie. «No se entiende el porqué de su decisión tan cruel de dejarlos ciegos», afirma. La novela evita tanto el nacionalismo como la simplificación histórica. Basilio aparece como una figura compleja y perturbadora, capaz de convertir el castigo en una demostración de poder.

La mayor sorpresa para muchos lectores será descubrir cuánto humor hay en una novela construida sobre una tragedia colectiva. La mutilación, la guerra y el sufrimiento conviven con escenas absurdas, juegos verbales y momentos de auténtica comicidad. Toscana no considera que exista contradicción alguna. «Humor negro es reírse de lo que no tiene gracia», afirma.

La risa aparece como una forma de resistencia. Los personajes inventan juegos relacionados con sus ojos, exageran sus propias desgracias y se aferran a una vitalidad inesperada. Para el autor, era importante que los ciegos no quedaran reducidos al papel de víctimas. «Se sienten mucho mejor de estar ciegos que de estar muertos», afirma.

Esa actitud transforma la novela en algo mucho más complejo que un relato sobre el dolor. El sufrimiento existe, pero no anula la capacidad de los personajes para seguir imaginando, deseando y soñando.

Reinventarse en la oscuridad

Muchos de los personajes de El ejército ciego están definidos por oficios que parecen imposibles después de perder la vista. Herreros, artesanos, fabricantes de pergaminos o constructores de muñecas intentan recuperar un lugar en el mundo. Sin embargo, Toscana no quería escribir una novela sobre la destrucción de la identidad. «Me interesaban más las ganas de reconstruir que la destrucción».

La ceguera obliga a reinventarse. Algunos personajes desarrollan incluso una especie de orgullo. Llegan a convencerse de que ven más que quienes conservan los ojos, porque cada uno interpreta la realidad de manera distinta. En la novela, la pérdida de la vista no conduce necesariamente a la oscuridad interior. En muchos casos sucede lo contrario: multiplica las posibilidades de la imaginación.

Pocas novelas recientes han construido un universo simbólico tan poderoso alrededor de una sola imagen. En El ejército ciego, los ojos aparecen constantemente bajo nuevas formas. Hay ojos conservados como reliquias, ojos robados, ojos convertidos en objetos de intercambio o en señales de santidad. Como si siguieran teniendo una vida independiente de sus propietarios. «Los propios ojos tienen su historia después de las cuencas», comenta Toscana. Ese motivo recurrente termina funcionando como una metáfora de la memoria. Aunque desaparezcan los cuerpos, los ojos continúan observando desde otro lugar.

La historia ocurre en el siglo XI, pero los lectores contemporáneos reconocen fácilmente sus resonancias actuales. Toscana ha comprobado cómo cada país encuentra una lectura distinta de la novela. «En Chile, muchos la relacionan con los manifestantes que perdieron la visión por las balas de goma durante las protestas de los últimos años. En Argentina, algunos lectores evocan los años de la dictadura. Otros identifican en Basilio los rasgos de líderes contemporáneos, como Putin o Trump».

Vigencia de la barbarie

El escritor, sin embargo, evita cualquier paralelismo explícito. «Si a Basilio lo quiero convertir en una caricatura de Trump, pues entonces se vuelve muy obvio», sostiene. «En la medida que uno solo trata de pensar en el original, es cuando tiene capacidad para convertirlo en varias personas». Precisamente ahí reside la fuerza de la novela: en mostrar cómo ciertas formas de violencia atraviesan los siglos sin perder vigencia.

Durante el proceso de escritura, Toscana llegó a una conclusión inesperada. Descubrió que la ceguera no elimina la capacidad de ver, sino que desplaza la mirada hacia otros territorios. «Me fui dando cuenta de que, sin ojos, la palabra, la imaginación y la memoria toman más importancia».

La revelación termina convirtiéndose en una reflexión sobre la propia literatura. El narrador de la novela declara en un momento crucial: «Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche». Toscana reconoce que esa frase acabó condensando el sentido profundo del libro. «La literatura es esto, algo que no ves».

Quizá por eso El ejército ciego trasciende los límites de la novela histórica. Porque no trata únicamente sobre una derrota medieval ni sobre un emperador cruel. Trata sobre la capacidad humana para imaginar aquello que ha desaparecido. Sobre la necesidad de contar las historias que nadie escribió. Y sobre el extraño poder de las palabras para devolver la vista a quienes la Historia dejó en la oscuridad.

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