La matanza «afortunada»
Hace dos siglos, el sultán de Turquía masacró a miles de soldados jenízaros, su propia guardia de la que desconfiaba

Un soldado jenízaro en todo su esplendor.
Sentido del humor macabro o simple cinismo, llamar «incidente afortunado» a la matanza de 4.000 personas nos horroriza no ya hoy día, sino también hace dos siglos, cuando se produjo la masacre en Constantinopla (hoy Estambul). Pero el caso es que fue con este nombre, «Vaka-i Hayriye», que en turco significa «incidente afortunado», como Mahmud II, sultán del Imperio otomano, se refirió a la terrible purga que hizo en 1826 de los jenízaros, su propia guardia de la que ya no se fiaba.
En todo caso, las muestras de brutalidad y crueldad eran un componente esencial del imperialismo otomano, un recurso que aterrorizaba a sus adversarios y que permitió a los turcos, un pueblo asiático imbuido de fanatismo religioso islámico, apoderarse de buena parte de Europa del Este. Y habrían dominado toda Europa si no hubieran sufrido dos derrotas con protagonismo español.
La primera fue en el sitio de Viena de 1529, donde un elemento decisivo de la defensa fue la actuación de 700 arcabuceros españoles reclutados en Medina del Campo. El fuego de arcabucería desde las murallas y las salidas que efectuaron los españoles resultarían letales para los turcos. Solamente sobrevivieron 250 castellanos, pero por primera vez desde su formación fueron derrotados los jenízaros.
El segundo freno decisivo a la expansión turca hacia Europa Occidental fue la batalla de Lepanto en 1571, «la más alta ocasión que vieron los siglos», en palabras de Cervantes, que combatió heroicamente en la armada de don Juan de Austria, resultando gravemente herido, hasta el punto de ser apodado el Manco de Lepanto.
Europa Occidental se libró del dominio otomano, pero en el Este lo padecieron durante tristes siglos. El mito de Drácula, originado en Rumanía, surgiría precisamente del ambiente de crueldades que soportaban rumanos, búlgaros, griegos y balcánicos bajo la bota turca. Precisamente dos años antes del Incidente Afortunado había muerto en Grecia el célebre lord Byron, que había acudido allí para poner su persona y su fortuna al servicio de la liberación griega.
Lord Byron estaba integrado en el movimiento filohelénico, que desde el inicio de la Revolución griega contra el Imperio otomano en 1821 aportaba ayuda europea para la liberación griega de la tiranía turca. La bestialidad de la represión otomana, bien reflejada en el cuadro de Delacroix La matanza de Quíos —donde los turcos habían masacrado a 20.000 griegos y esclavizado a las mujeres y los niños supervivientes— provocó la indignación del mundo civilizado y la afluencia de voluntarios y ayudas millonarias para la independencia griega. Curiosamente, muchos oficiales franceses, ingleses o alemanes que se habían enfrentado en la batalla de Waterloo volverían a encontrarse en Grecia, esta vez luchando en el mismo bando contra los turcos.
Las matanzas de las islas de Quíos no fueron una excepción en el dominio otomano de Europa. Regularmente, se producían rebeliones cristianas, especialmente en los Balcanes, en lo que luego sería Yugoslavia, cuyos habitantes eran de raza guerrera, que eran reprimidas de forma despiadada. El sultán mandaba a las regiones rebeldes a los basi-bozuks, que más que soldados, eran bandoleros que se empleaban a fondo en asesinar, violar, robar y esclavizar a los cristianos. Fue precisamente de esas circunstancias de donde surgiría la élite militar turca de los siglos XVI y XVII, los jenízaros.
La hermandad de la cuchara
Los jenízaros o, dicho en turco, los Yeniçeri (nueva tropa), aparecieron en el siglo XIV, cuando los caudillos turcos decidieron incorporar a sus ejércitos a prisioneros de guerra o esclavos que, por su condición, se convirtieron en un ejército permanente, ya que no tenían hogar a dónde ir al terminar una campaña. Esa nueva organización militar daría ventaja táctica a los turcos, pues en la Europa de la Edad Media no existían ejércitos permanentes. Pero en 1380, el sultán Murad I introdujo una medida terrible, el devsirme o impuesto humano, que obligaba a los pueblos vasallos a entregar un número variable de niños al sultán, que se convertía en su propietario.
Esos niños de entre 7 y 14 años, cristianos en origen, desarraigados completamente de sus familias, eran formados en escuelas donde les daban una buena educación y los convertían al islam, pero sobre todo eran instruidos militarmente, sujetos a una rígida disciplina que los convertía en soldados excelentes. Uno de los elementos básicos de esa excelencia castrense era el espíritu de cuerpo. Un grupo de niños de la misma edad formaba una compañía militar para toda la vida, conviviendo en un cuartel donde compartían habitación y comida, desarrollándose así algo clave para la moral militar, el espíritu de la camaradería, que alude a «los que comparten cámara».
Por eso los símbolos de la condición de jenízaro eran la cuchara y el caldero, en referencia a que compartían las comidas como una auténtica familia. Eso llevaría a que la casta de los jenízaros fuera llamada la Hermandad de la Cuchara, y a que el caldero llegara a tener una connotación político-simbólica. Levantarlo en alto, o, por el contrario, derribarlo, era la forma de expresar adhesión o rechazo a un sultán por parte de los jenízaros.
La paradoja de este sistema es que los niños que formarían la élite militar otomana procedían de los pueblos más rebeldes contra el dominio turco, de las belicosas y fuertes razas balcánicas, como serbios, albaneses o griegos. Además del factor genético que los hacía combatientes natos, los sultanes apreciaban en estos niños que, a diferencia de los de raza turca, no tenían lazos familiares ni de clan, no estaban influenciados por los distintos partidos políticos que maniobraban en la corte de Constantinopla, no guardaban fidelidad a nadie salvo al sultán. Por eso se convirtieron también en la guardia del sultán.
Sin embargo, a partir del siglo XVII, el cuerpo de jenízaros evolucionó, encontró una nueva fidelidad: ellos mismos. El estricto régimen de vida comunal, el prestigio alcanzado por el cuerpo, las prebendas que iban acumulando como premios por sus victorias, desarrollaron una auténtica casta especial, con sus propios intereses. La lealtad hacia el sultán fue dando paso a una situación inversa, la dependencia del sultán del beneplácito de sus mamelucos, que en un momento dado pasaron a decidir quién sería y no sería su soberano. Paralelamente, su espíritu militar fue decayendo, mientras que se desarrollaba su interés por las riquezas y los goces materiales.
Existían precedentes históricos de este fenómeno: en la Roma imperial fue muchas veces la Guardia Pretoriana quien destronó y ejecutó a emperadores y puso a otros en el trono, pero el ejemplo que más inquietaba a los sultanes otomanos era el de los mamelucos de Egipto, más cercano en el tiempo y el espacio. En la Edad Media, los sultanes de Egipto se dotaron también de un magnífico ejército de esclavos, llamados mamelucos, traídos de las regiones del Cáucaso, pero en 1250 dieron un golpe de Estado, destronaron al último soberano de la dinastía ayubita, descendiente del gran Saladino, y crearon el sultanato mameluco de Egipto, que duraría hasta el siglo XVI.
Cuando llegó el siglo XVIII, el Imperio otomano había dejado de ser la potencia militar que daba miedo en Europa y a principios de siglo XIX comenzaron a llamarlo «el hombre enfermo de Europa», mientras las distintas potencias se disponían a desmembrarlo. Precisamente en la época de cambio del siglo XVIII al XIX, el sultán Selim III intentó implantar un plan de reformas para modernizar Turquía llamado Nizam-ı Cedid («Nuevo Orden» en turco). Como una de las medidas suponía la modernización del ejército, los jenízaros depusieron al sultán en 1807.
El temor a que los jenízaros siguiesen el ejemplo mameluco: que acabaran con la dinastía otomana e implantasen un sultanato jenízaro, se convirtió, por tanto, en la primera preocupación de los sultanes. El poder de la casta jenízara se había tornado aplastante: estaba compuesta por 135.000 hombres que controlaban grandes patrimonios en todo el Imperio, y exigían cada vez más riquezas. La mayoría de ellos ya no eran soldados, no eran una fuerza guerrera al servicio del sultán, sino que eran administradores, negociantes y empresarios integrados en la Hermandad de la Cuchara.
La Guerra de Independencia Griega, iniciada en 1821, demostró que los jenízaros habían dejado de ser una fuerza militar válida. El sultán tuvo que recurrir a sus aliados egipcios para combatir a los griegos, que, finalmente y con el apoyo de las potencias europeas, ganarían la contienda y alcanzarían la independencia. Si no servían para la guerra, ¿para qué quería el sultán a los jenízaros? A lo largo de 1826, el soberano y sus ministros fueron diseñando un plan para acabar con la Hermandad de la Cuchara. Había que provocar «el incidente afortunado».
El 11 de junio de 1826, Mahmud II publicó un edicto proclamando el Nizam-ı Cedid, el Nuevo Orden centrado en la creación de un ejército moderno, con criterios europeos, que sustituiría a los jenízaros. Como esperaban el sultán y su Gobierno, los jenízaros se amotinaron y tomaron las calles, pero Mahmud había tomado las disposiciones necesarias: una poderosa fuerza de caballería los atacó e hizo volver a sus cuarteles. Allí, el 15 de junio se consumó la segunda parte del plan. El sultán había reunido también numerosa artillería que bombardeó sin misericordia los cuarteles jenízaros, matando a 4.000 de ellos. Varios miles más morirían en las calles de Constantinopla y de otras ciudades donde se habían amotinado unidades jenízaras.
El 16 de junio todo había terminado. No solo se disolvió el cuerpo de jenízaros, sino que todos sus bienes fueron expropiados por el sultán, y los supervivientes, privados de armas y rangos, fueron desterrados a rincones apartados del Imperio. Había sido en verdad «un incidente afortunado» para el sultán.
