Carlos Cuesta: «El comunismo volverá una y otra vez, porque el mal siempre vuelve»
«Hay quien compara a Donald Trump con Ronald Reagan. ¡Dios bendito, que se lo hagan mirar! Son Dios y el diablo»
Carlos Cuesta (Gijón, 1971) es un viejo compañero de fatigas, y lo digo en un doble sentido. Primero, es como yo periodista y, como yo, inició su carrera en esa magnífica escuela que es y sigue siendo Expansión, el diario económico fundado por Juan Pablo de Villanueva en 1986. La vida nos ha llevado luego por derroteros diferentes y, mientras a mí me traía a THE OBJECTIVE, a él lo llevaba al Grupo Libertad Digital, del que es director adjunto y una de las caras más reconocidas.
La segunda razón por la que considero a Carlos un viejo compañero de fatigas es porque, como yo, siempre ha llevado a gala su liberalismo, y les aseguro que no es sencillo. A menudo se recuerda que España inventó la etiqueta política de «liberal», pero lo que se omite es que lo hizo como insulto, como sinónimo de impío, de exaltado, de enemigo del rey y de Dios.
El motivo por el que los propios afectados hemos terminado asumiendo el insulto como marca forma parte de una misteriosa alquimia que se da en otros ámbitos. En física, el término «big bang» lo popularizó el astrónomo Fred Hoyle, que consideraba ridículo que el universo se hubiera originado en una gran explosión. En arquitectura, «gótico» era el adjetivo despectivo con el que los renacentistas se referían al arte de los bárbaros que les habían precedido. Y en economía, el capitalismo era el indeseable modo de producción mediante el cual el dueño del capital explotaba a los trabajadores, succionándoles la plusvalía y sumiéndolos en la miseria.
Pues bien, el big bang es hoy el paradigma dominante en cosmología, las catedrales góticas se han convertido en la admiración de propios y extraños y el capitalismo no solo no ha proletarizado a las masas, sino que ha impulsado una mejora de las condiciones de vida inimaginable para nuestros antepasados.
O sea, como titula su último libro Carlos, ¡Viva el capitalismo, viva la libertad!
La pregunta que se impone inmediatamente es por qué tiene tan mala fama, y por ahí arranca esta entrevista, de la que sigue una versión extractada y editada y que puede contemplarse íntegra en la web de THE OBJECTIVE.
PREGUNTA.- Si el capitalismo es tan bueno como dices, ¿por qué es tan impopular?
RESPUESTA.- Nos hemos habituado al nivel de bienestar que ha generado. Muchos lo dan por supuesto y, cuando se llega a ese punto, ¿por qué iban a agradecer nada? Incluso hay quien lo desprecia. O quien entiende que la prosperidad se ha alcanzado a pesar de y no gracias al capitalismo, y te dice muy serio: «Los derechos del trabajador son una conquista del socialismo». No es verdad. Para que el trabajador tuviera esos derechos, fue preciso que antes dejara de ser un siervo de la gleba y se convirtiera en un profesional, en alguien que presta sus servicios a cambio de un salario. En eso consiste el capitalismo. Por primera vez en la historia, las personas toman las riendas de sus existencias. El empleado, pero también el empleador, que accede al capital como factor productivo y deja de depender de que un señor feudal le diga a qué puede y a qué no dedicarse.
El capitalismo es la expresión económica de esa libertad, el reconocimiento de la dignidad humana y de todo lo que de ello se deriva, que es una explosión de riqueza. Solo a partir de esa abundancia se vuelven posibles las conquistas que la izquierda se atribuye.
«Nos hemos habituado al nivel de bienestar que ha generado. Muchos lo dan por supuesto y, cuando se llega a ese punto, ¿por qué iban a agradecer nada?»
P.- Dame detalles. ¿Cuáles son esos logros del capitalismo?
R.- La vida tal y como la conocemos hoy es inseparable del capitalismo. Muchos de los que braman contra él lo hacen desde el seno de democracias cuya consolidación es fruto del desarrollo que impulsa el capitalismo. El proceso es conocido. Desde el momento en que los medios de producción dejan de estar restringidos a unos pocos estamentos del Antiguo Régimen, los emprendedores se multiplican y, en su pugna por hacerse con mano de obra, impulsan los salarios. Todo ello pone en marcha un proceso de acumulación de propiedades privadas cuyos titulares van a exigir leyes que los protejan, especialmente del principal tentado a usurparlas, que es el Estado. Ese será el origen de los parlamentos y de todo un cuerpo legal que la izquierda ahora se arroga. No es verdad, insisto. Su especialidad es otra: reducir la productividad y sabotear lo logrado.
«Hay quien entiende que la prosperidad se ha logrado ‘a pesar de’ y no ‘gracias al’ capitalismo. ‘Los derechos del trabajador —dice— son una conquista socialista’. No es verdad»
P.- Ni siquiera Marx negó la eficacia del capitalismo. [«Ha producido —escriben Engels y él en El Manifiesto Comunista— maravillas mayores que las pirámides de Egipto».] Lo que la izquierda discute hoy es el fundamento ético, que se anteponga el interés individual al general…
R.- … y lo hace desde una superioridad que no soporto. ¿Quiénes son un socialista o un comunista para definir lo que nos interesa? Detrás de esa actitud, lo que se oculta no es el bien general, sino un general a secas, alguien que dice: «Yo sé lo que te conviene mejor que tú y lo primero que voy a hacer es quitarte tu capacidad de elegir. A continuación, me quedaré con lo que has conseguido mediante tu trabajo. Y cuando ya me haya hecho con todo, como soy más listo, más bueno y más sabio, decidiré por todos».
En mi pueblo a eso se le llama dictadura.
«Para que el trabajador tuviera esos derechos, fue preciso que antes dejara de ser un siervo de la gleba y prestara sus servicios a cambio de un salario»
P.- Después de la caída del Muro de Berlín, el socialismo quedó tocado, pero ahora ha revivido, enarbolando la bandera de la desigualdad.
R.- Yo discuto la mayor: no creo que la desigualdad sea en sí misma un problema. La desigualdad de oportunidades sí lo es, pero una vez que garantizas la paridad en la línea de salida, ¿qué tienen de malo las diferencias en la línea de llegada?
Lo que hay que combatir es la pobreza. Si el bienestar general mejora, si todos disfrutamos de una asistencia sanitaria y una educación dignas, ¿qué más da que unos tengan cuatro veces más que otros? La única explicación que se me ocurre es la envidia.
«El capitalismo es la expresión económica de la libertad, el reconocimiento de la dignidad humana y de todo lo que de ello se deriva, que es una explosión de riqueza»
P.- El economista Jason Brennan señala que muchos izquierdistas comparan el capitalismo realmente existente, con sus fallos inevitables, con un socialismo ideal y virtuoso, pero inexistente. Te dicen: «Cuba no es comunismo, la URSS no era comunista».
R.- Lo de la Unión Soviética fue comunismo asesino, lo cual es una redundancia, porque comunismo y asesinato van de la mano, como demuestra su historial de más de 100 millones de muertos. Cuba es comunismo, la narcodictadura venezolana es comunismo, y tantos otros ejemplos lo son también. ¡Claro que eso es comunismo! Me hace mucha gracia lo que se dice ahora de Rusia: «El problema es que se ha aliado con la Iglesia ortodoxa». ¡Pero qué me están contando! Vladimir Putin viene de la KGB [siglas en ruso de Comité para la Seguridad del Estado, la policía secreta soviética]. Es comunista de formación y opera con el parámetro esencial del comunismo: eliminar la libertad ajena.
No hay ningún régimen comunista que no practique la aniquilación del adversario, que no haya llenado las cárceles de disidentes, que no destroce vidas, patrimonios, familias y países enteros. El capitalismo, en cambio, ha disparado la esperanza de vida y ha reducido la pobreza real como nunca antes en la historia. Y sí, cuando me comparo con Elon Musk, resulta que él está mucho mejor que yo. Pues enhorabuena para Elon Musk, pero a mí tampoco me va mal, y no me da envidia.
«¿Quiénes son un socialista o un comunista para decidir qué nos interesa? Detrás de esa actitud lo que se oculta no es el bien general, sino un general a secas, un dictador»
P.- En tu libro desmontas varios mitos. El primero es que el capitalismo permite que uno se haga rico a costa de otros.
R.- Hay emprendedores que se hacen muy ricos, pero gracias a ellos otra mucha gente mejora. Si tú creas una compañía y contratas a 50 personas, ¿a quién estás perjudicando? El capitalismo no es un juego de suma cero, en el que unos ganan a costa de otros. Es un proceso de creación de valor que beneficia a todos [como demuestra que haya mejorado simultáneamente la situación de la mayoría de los habitantes del planeta, y no solo la de un puñado de millonarios].
P.- Así y todo, muchos se sienten insatisfechos.
R.- Es muy humano echar la culpa al sistema cuando las cosas te van mal. En España casi se ha convertido en un deporte, pero si la educación es universal y gratuita y miles de compañías ofrecen cada día decenas de miles de vacantes, ¿cómo vas a justificar tu fracaso? Muchos detestan el capitalismo precisamente por eso: porque los desnuda y los pone frente a sus propias limitaciones. Cuando todos partimos de la misma línea y alguien dice: «¡A correr!», se ve quién ha entrenado más y quién trabaja mejor. Al que llega el último quizá no le guste y se sienta tentado de pensar: «¡Qué injusto!». Pero lo que tiene que hacer es aprender de quienes lo han superado, no odiarlos.
Es lo que pasa con los empresarios de éxito. Deberíamos estarles agradecidos de que se jueguen su patrimonio y ofrezcan a otras personas la oportunidad de labrarse un futuro. Sin embargo, los llamamos ladrones y proponemos bombardearlos, aunque con ello nos destruyamos a nosotros mismos.
«La única desigualdad problemática es la de oportunidades, pero una vez que garantizas la paridad en la línea de salida, ¿qué tienen de malo las diferencias en la de llegada?»
P.- Del capitalismo se dice que es un sistema inherentemente machista, que perpetúa el heteropatriarcado y discrimina a mujeres y personas LGTBI.
R.- Es una acusación simplemente inconsistente. Los detractores del mercado se quejan de que las empresas privadas son implacables, porque solo persiguen el beneficio, y ahí tengo que darles la razón. Pero precisamente por eso, a la hora de cubrir un puesto, buscan al empleado más productivo, y les da igual que sea hombre o mujer, blanco o negro, heterosexual u homosexual y —por seguir con la caricatura— cabra o mapache. Si rinde bien, lo contratan.
Ahora bien, lo que no puede hacer el anticapitalista es sostener que las empresas privadas buscan el beneficio descarnado y, al mismo tiempo, rechazan a los candidatos más válidos. Eso pasa en todo caso en regímenes donde solo hay monopolios estatales y los gerentes pueden permitirse enchufar y discriminar a quien les dé la gana porque no responden ante una junta de accionistas, sino ante un político que les reclama lealtad, no resultados.
Ahí sí que caben comportamientos como los de José Luis Ábalos, que colocó a «una amiga muy cercana» en una compañía dependiente del Ministerio de Transportes del que era titular. Eso sí que es una humillación para las mujeres, y eso es socialismo, no capitalismo. Y encima este señor tiene la desfachatez de presentarse como feminista y tachar de machistas a quienes defienden el mérito…

P.- ¿El capitalismo es malo para el medio ambiente? La ONG Global Footprint Network habla de que cada año consumimos recursos equivalentes a 1,8 veces la Tierra.
R.- … y, sin embargo, nunca dejan de aparecer más recursos. Uno de los países con más reservas de uranio es Estados Unidos, y apenas las explota. ¿Por qué? Porque el desarrollo genera sus propias soluciones. El pecado original del anticapitalismo es su falta de fe en las personas. Por eso anula su libertad y las intenta someter.
«Lo de la URSS fue comunismo asesino, lo cual es una redundancia, porque comunismo y asesinato van de la mano, como demuestra su historial de más de 100 millones de muertos»
P.- Pero, ¿no es objetivamente malo el capitalismo para el medio ambiente?
R.- Todo lo contrario, es la condición para cuidarlo. En los países desarrollados nunca habíamos tenido tanta masa forestal, y es algo muy lógico. En una economía atrasada, cuyas empresas pagan salarios bajos y hay poca riqueza, la gente vive hacinada en condiciones miserables. ¿Alguien ha visto grandes parques en las capitales de los países pobres? En cambio, ¿conoces a una persona acomodada que no quiera un jardín delante en lugar de la chimenea de una fábrica?
A medida que prosperamos, todos exigimos césped y árboles y un cielo más limpio. Fue lo que pasó en España: entre 2010 y 2020 las emisiones de CO2 venían bajando. Entonces, el Gobierno [de Pedro Sánchez] decidió intervenir y librarnos, contra toda lógica económica y en el nombre del dogma, de las plantas nucleares. ¿Resultado? El ciclo combinado se convirtió en la primera fuente de generación y aumentó la quema de gas natural. Nadie ha pedido cuentas al socialismo por el impacto ambiental de esa medida.
«No hay ningún régimen comunista que no practique la aniquilación del adversario, que no haya llenado las cárceles de disidentes, que no destroce familias y países enteros»
P.- ¿Y qué pasa con el Estado de bienestar? La izquierda sostiene que el neoliberalismo se dedica a desmantelarlo.
R.- Es otra caricatura. Si fuera cierto, todo el mundo huiría de Estados Unidos para refugiarse en Cuba, o de España para refugiarse en Venezuela, y lo que ocurre es todo lo contrario. Si tú tienes que operarte de un cáncer grave, ¿a dónde vas? ¿A Cuba o a Estados Unidos? Un Estado de bienestar sólido requiere una base productiva fuerte. Cuantas más empresas operen, más recursos habrá para sanidad, educación y protección social.
Ante la testarudez de los hechos [en España el gasto público como porcentaje del PIB es hoy muy superior al de los años ochenta, cuando se supone que triunfó la revolución conservadora], algunos recurren al juicio de intenciones. «Los liberales no habéis desmantelado el Estado del bienestar porque no habéis podido, no porque no hayáis querido». Pues vaya. Como demonios, los liberales debemos de ser muy incompetentes, porque a pesar de nuestros aviesos propósitos, disfrutamos de una sanidad y una educación mejores y una mayor esperanza de vida.
«El capitalismo, en cambio, ha disparado la esperanza de vida y ha reducido la pobreza real como nunca antes en la historia»
P.- Uno de tus referentes, y también de mi añorado Miguel Ángel Belloso, es Ronald Reagan. Una de sus frases es: «La libertad económica es inseparable de la libertad personal y política». Esa era también la esperanza con China: que el enriquecimiento trajera la democracia. Sin embargo, China se ha enriquecido y sigue siendo una dictadura.
R.- China es el ejemplo perfecto de cómo se puede aprovechar la lógica del mercado al mismo tiempo que se traiciona la del capitalismo liberal. Se habla de consolidación del Estado de derecho, pero allí a las familias de los fusilados les envían el casquillo, para que paguen la bala.
China ha triunfado porque ha encontrado seudocapitalistas occidentales que, en lugar de buscar un beneficio sostenible, han preferido el pelotazo rápido. Iban y se enriquecían rápidamente utilizando mano de obra esclava. Ese oportunismo lo vamos a pagar. De hecho, ya lo estamos haciendo, con esa invasión de coches que los chinos han aprendido a hacer en buena medida robándonos la tecnología.
P.- Incluso dejando a un lado que China no sea capitalista en sentido estricto, estamos viendo en todo el mundo un retroceso de la democracia.
R.- Es uno de los motivos por los que me animé a escribir el libro. No porque crea, evidentemente, que vaya yo a frenar el auge antiliberal, sino porque me parece esencial concienciar al público de lo que hay en juego. Con la caída del Muro, el comunismo sufrió un golpe enorme y durante un tiempo pareció avergonzado, pero el mal siempre vuelve. ¿Y cómo justifica ahora su cruzada? Hemos hablado antes de la desigualdad, y no discuto que el capitalismo beneficie a unos más que a otros, pero el comunismo perjudica a todos, solo crea pobreza y opresión. Además, ha reciclado su teoría de la lucha de clases sustituyendo al proletariado con otros colectivos supuestamente oprimidos: las mujeres, los homosexuales, los pensionistas, los conductores de diésel… El conflicto es consustancial al comunismo, lo necesita para justificar su proyecto y volverá una y otra vez. Lo hemos visto en Venezuela, que antes de [Hugo] Chávez era una democracia y se ha convertido en una narcodictadura. Argentina estuvo a un paso con el kirchnerismo. Y en España asistimos a un deterioro muy serio de derechos y libertades, con ataques sistemáticos a los jueces y a la prensa. Esto va a ser así siempre.
«Deberíamos agradecer a los empresarios que se jueguen su patrimonio y ofrezcan a otras personas la oportunidad de labrarse un futuro, pero los llamamos ladrones»
P.- No sé quién decía [Ronald Reagan] que cada generación tiene que luchar por la libertad [porque no se transmite por la sangre].
R.- Totalmente.
P.- Uno de los países que muestran signos inquietantes de degradación institucional es Estados Unidos, tradicional baluarte de las libertades. ¿Qué opinas de Donald Trump?
R.- Me parece nefasto. Hay quien lo compara con Reagan. ¡Dios bendito, pero que se lo hagan mirar! Basta escuchar a uno y a otro para comprobar que son polos opuestos, son Dios y el diablo. Reagan defendía la libertad, el esfuerzo, la creación de riqueza sobre la base de la competencia y la igualdad de oportunidades. Fue clave, junto a otros líderes como Juan Pablo II o Margaret Thatcher, para derrotar a la Unión Soviética, el régimen más asesino que ha conocido la humanidad.
«Lo que no puede hacer el anticapitalista es sostener que las empresas buscan el beneficio descarnado y, a la vez, rechazan a los candidatos mejores porque son mujeres»
Frente a eso, Trump llega al poder con el lema MAGA [«Make America great again», volver a hacer grande a Estados Unidos] y lleva a cabo una política exterior errática, con algunas decisiones cuyo objetivo comparto (como la detención de Nicolás Maduro), pero de cuyos medios y lógica disiento.
En economía, sus ocurrencias son aberrantes. Los aranceles, que vende como una defensa del asalariado americano, no son más que un impuesto al consumidor final. Ha intentado justificar estas guerras comerciales como una táctica negociadora, pero su efecto real e inmediato ha sido golpear las bolsas, erosionar el dólar y comprometer la estabilidad financiera. No es un defensor coherente del libre mercado ni de las instituciones. Es un lanzador de órdagos que luego nunca ve. Compararlo con Reagan es un insulto a la inteligencia.
«El capitalismo no es malo para el medio ambiente. Al contrario. Es la condición para cuidarlo»
P.- Tampoco nos sobran los partidarios del libre comercio en España. El acuerdo UE‑Mercosur ha suscitado una oposición radical.
R.- Yo estoy a favor de la entrada de alimentos del exterior. Lo que no acepto es que no se permita a los agricultores y ganaderos europeos competir con las mismas reglas. Les hemos echado a la espalda una mochila de normas ecologistas disparatadas. Así no puede haber competencia leal. ¡Claro que debe entrar producto de otros países! Eso abarata la cesta de la compra y mejora el poder adquisitivo de las familias. Pero a la gente del campo hay que bajarle los impuestos y dejar de teledirigirla desde Bruselas, porque la que conoce el mercado es ella, no unos burócratas que no han visto un huerto ni en fotografía.
«Si el capitalismo desmantelara el Estado de bienestar, todo el mundo huiría de Estados Unidos para refugiarse en Cuba, o de España para refugiarse en Venezuela«
P.- Según Pedro Sánchez, España «va como un cohete». Somos la gran economía de la eurozona que más crece, pero la pobreza extrema apenas remite [la carencia material y social severa era del 8,3% en 2017 y del 8,1% en 2025]. ¿Cómo explicas esa contradicción?
R.- Porque las reglas del juego estadístico están trucadas por ese doctor fake que es Sánchez. Se compara el PIB de una España de unos 50 millones de habitantes con el PIB de una España de 46,5 millones, que era la población que teníamos en 2017. No son realidades equiparables. Lo que hay que mirar es el PIB per cápita y, cuando vas ahí, ves que España pierde comba respecto de la Unión Europea. Las últimas estimaciones [de 2025] sitúan nuestra renta en torno al 92% de la media comunitaria, un punto por debajo de la que teníamos en 2017.
Además, el Gobierno está destinando parte del aumento de la recaudación fiscal (unos 181.000 millones de euros más en impuestos y cotizaciones) para inflar el PIB, porque el consumo público engorda las cuentas, pero eso no significa que las familias sean más ricas. Al contrario. La percepción general es que están peor que hace siete años.
Finalmente, si a eso añades media tonelada adicional de deuda pública [ha pasado de 1,14 billones de euros en 2017 a 1,72 billones en febrero de este año, casi 600.000 millones más], el panorama es bastante menos halagüeño de lo que sugiere el dato aislado del PIB.
«Como demonios, los liberales debemos de ser muy incompetentes, porque a pesar de nuestros aviesos propósitos, disfrutamos de una sanidad y una educación cada vez mejores»
P.- ¿Y la evolución del déficit público? En 2025 fue del 2,2% con un aumento del PIB del 2,8%. ¿Qué pasará cuando volvamos a nuestro ritmo de crecimiento potencial del 1,5%-2%?
R.- En España nos hemos acostumbrado a considerar normal un déficit de entre 40.000 y 50.000 millones de euros al año, aproximadamente un tercio de toda la recaudación anual del IRPF [142.466 millones en 2025, según Hacienda]. Solo en intereses de la deuda estamos pagando alrededor de 40.000 millones anuales. Eso es impropio de una economía sana. Durante la pandemia podía tener sentido disparar el gasto, porque tenías un shock externo y el país estaba parado. Una vez superado el confinamiento, deberíamos haber recuperado los niveles previos de gasto, pero no lo hemos hecho y todo ese dinero de más no se ve en mejores servicios o infraestructuras. Se nos ha ido en derroches, en redes clientelares, en la compra de voluntades territoriales… Así es imposible encarar el futuro.

P.- En este contexto llega la regularización extraordinaria de inmigrantes. Antes que Sánchez, recurrieron a ella Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, y los estudios académicos no han detectado ninguna catástrofe.
R.- Aquellas regularizaciones, con todos sus inconvenientes, se apoyaban en una Ley de Extranjería que requería entre tres y dos años de estancia continuada en España y una relación laboral demostrada. Eso permitía verificar la identidad y el comportamiento del beneficiario. Ahora se han fulminado esas cautelas. Hemos pasado de reclamar años de residencia a aceptar cinco meses y se ha vaciado prácticamente de contenido la exigencia de documentación.
España necesita inmigración, pero integrada y con los papeles en regla. Lo que no es de recibo es enviar al mundo la señal de que aquí se mira para otro lado con los antecedentes penales, mientras se rechaza a quien llega legalmente desde regiones con las que compartimos idioma y cultura, como América Latina. Eso no es solidaridad, es irresponsabilidad.
«Muchos jóvenes quieren prosperar y que les dejen en paz, con una red asistencial básica, pero no con una confiscación generalizada. No se llaman liberales, pero lo son»
P.- Para terminar y como liberal, ¿eres optimista?
R.- En muchos jóvenes detecto un instinto liberal claro. Entienden muy bien lo que significa que se vaya casi la mitad del sueldo bruto en impuestos y cotizaciones [el 40,6%, según la OCDE]. Quieren trabajar, prosperar y que les dejen en paz, con una red asistencial básica, sí, pero no con una confiscación generalizada. Muchos no se llaman a sí mismos liberales, pero lo son en la práctica. Y eso, a largo plazo, es un motivo para la esperanza.
