Fernando Fernán Gómez ya lo contó hace 20 años: «El amor es una enfermedad que se cura con el tiempo»
El actor siempre se caracterizó por ser una persona sincera, también sobre sus relaciones personales y sus sentimientos

Fernando Fernán Gómez. | Gtres
Fernando Fernán Gómez murió hace años. El reconocido actor dejó atrás un gran legado capitaneado por sus hijos, quienes han querido mantener vivo el recuerdo de su padre. Y es que por si algo es recordado Fernán Gómez es por su sinceridad y la defensa de sus valores. Muchas de sus reflexiones, además, han sido públicas, ya que nunca tuvo problema en sincerarse sobre ese lado más personal que siempre le acompañó. A sus 82 años —a principios de los 2000— ya reconoció que «el amor es una enfermedad que se cura con el tiempo. Lo que queda después es algo mucho más importante: el respeto o la costumbre, y yo prefiero el respeto».
Según él mismo confesó, le debía «casi todo» lo que es. «No solo porque me dieron la vida, sino porque me enseñaron a vivirla con un poco menos de brutalidad», explicó. También, quiso hablar de su carácter, explicando que no es «un hombre de mal genio». «Soy un hombre de mal humor. El genio es algo que se tiene o no se tiene; el humor es algo que me provocan los demás», apostilló. «Mi escepticismo no es una pose, es el resultado de haber observado mucho tiempo cómo funciona el mundo», añadió.
Fernando Fernán Gómez y sus inicios en la interpretación

Sin duda alguna, hablar de Fernán Gómez es hablar de la columna vertebral de la cultura española del siglo XX. Fue un artista total: actor, director de cine y teatro, novelista, dramaturgo y miembro de la Real Academia Española (sillón B). En toda su carrera hizo más de 200 películas como actor y unas 30 como director. Empezó en los años 40 con un físico que no encajaba en el prototipo de galán de la época —era pelirrojo, muy alto y desgarbado—, pero su voz y su presencia lo hicieron irresistible. Destacó en comedias como Domingo de carnaval (1945) de Edgar Neville.
En esos primeros años protagonizó interpretaciones que, hoy en día, son historia viva, como el huraño republicano de Belle Époque (1992) o el inolvidable maestro Don Gregorio en La lengua de las mariposas (1999). Es el actor con más premios Goya de la historia —unas 6 en total, contando dirección y guion—. Como director, Fernán Gómez fue un adelantado a su tiempo. Sus películas no siempre fueron entendidas en su estreno, pero hoy son obras de culto. El mundo sigue ha sido una de las películas más crudas y realistas sobre la España de la posguerra. Estuvo prohibida y censurada durante años; hoy se considera una obra maestra absoluta.
«El amor es una enfermedad que se cura con el tiempo»
En El extraño viaje protagonizó una mezcla bizarra de sainete, suspense y terror rural que nadie supo clasificar en su momento. Viaje a ninguna parte se convirtió en su gran homenaje a los cómicos itinerantes, una película que él mismo escribió y dirigió, capturando la esencia de su propia profesión. A diferencia de otros actores, Fernando era un intelectual de primer nivel. Las bicicletas son para el verano es su obra de teatro más famosa, un retrato magistral de cómo la Guerra Civil afectó a una familia cotidiana en Madrid. Su libro El tiempo amarillo es, probablemente, el mejor libro de memorias escrito por un artista español, por su sinceridad brutal y su falta de autocomplacencia.
Lo que unifica toda su carrera es la ironía. Ya fuera actuando, escribiendo o dirigiendo, siempre había un poso de escepticismo y un humor inteligente —y a veces negro—. Trabajó con todos los grandes: desde Luis García Berlanga hasta Carlos Saura o Pedro Almodóvar —en Todo sobre mi madre—. Su infancia estuvo marcada por su madre, Carola Fernán-Gómez quien crió a su hijo como madre soltera. En el momento de su nacimiento se encontraba de gira por Sudamérica. En la España de los años 20 y 30, ser hijo de madre soltera era un estigma social. Su padre biológico fue el actor Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero —hijo de la mítica María Guerrero…, pero este nunca lo reconoció legalmente porque su familia, de la alta aristocracia teatral, no permitía el matrimonio con una actriz de menor rango.

Durante años, para evitar el escándalo, se mantuvo la ficción de que Fernando había nacido en Argentina. De hecho, conservó la nacionalidad argentina hasta finales de los años 70. Pasó gran parte de su infancia con su abuela, mientras su madre trabajaba. Creció en un ambiente femenino, culto y rodeado de libretos de teatro, lo que forjó su precocidad intelectual y su timidez externa. La guerra le pilló en Madrid con 14 años. En lugar de estudiar bachillerato, se apuntó a la Escuela de Actores de la CNT. «En la guerra pasé hambre, pero sobre todo pasé miedo y leí muchos libros», recordó en su momento.
«En la guerra pasé hambre, pero sobre todo pasé miedo y leí muchos libros»
A pesar de su fama de huraño, Fernando fue un hombre que amó profundamente, aunque a su manera. Se casó a mediados de los años 40 con María Dolores Pradera. Juntos tuvieron dos hijos; Fernando y Helena. Eran la pareja perfecta de la escena española —el actor de moda y la gran cantante—, pero se separaron en 1957. A pesar del divorcio, mantuvieron siempre una relación de respeto mutuo. Fue el gran amor de su vida. Se conocieron en 1970 y estuvieron juntos hasta la muerte del actor en 2007. Su relación fue un ejemplo de modernidad: durante décadas vivieron en casas separadas —aunque cercanas— para preservar su independencia y sus espacios de lectura y soledad. Se casaron legalmente casi al final de la vida de él, en el hospital.
Fernán Gómez no era un hombre de fiestas ni de alfombras rojas. Su vida personal se resumía en las tertulias, la lectura y su rechazo a la hipocresía. Su casa era una biblioteca gigante. Emma Cohen decía que Fernando no coleccionaba objetos, coleccionaba pensamientos. Murió en 2007 a los 86 años. Su funeral fue el reflejo de su vida: sin ritos religiosos, con su féretro cubierto por una bandera roja —la del sindicato de actores— y rodeado de libros. En sus memorias escribió que, al mirar atrás, no veía una vida de éxitos, sino «un largo camino de dudas». Esa humildad intelectual fue, irónicamente, lo que le hizo ser el gigante que fue.
