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¿Puede caer el régimen cubano? Los cuatro escenarios que se barajan en Washington

Desde una negociación forzada y un colapso interno hasta una escalada militar limitada en plena presión sobre la isla

¿Puede caer el régimen cubano? Los cuatro escenarios que se barajan en Washington

Miguel Díaz-Canel participó en un acto en la Plataforma Antiimperialista de La Habana el pasado viernes. | Joaquín Hernández / Xinhua News

La tensión entre Estados Unidos y Cuba ha entrado en una fase inédita desde el final de la Guerra Fría. La imputación presentada contra Raúl Castro, el endurecimiento del bloqueo energético, los movimientos militares estadounidenses en el Caribe y las declaraciones cada vez más agresivas de Donald Trump han disparado una pregunta que ya se debate abiertamente en Washington: ¿Puede caer el régimen cubano?

La Administración republicana considera que la isla atraviesa su momento más vulnerable en décadas. Los apagones masivos, la falta de combustible, la inflación descontrolada, la escasez alimentaria y el deterioro sanitario han erosionado profundamente la vida cotidiana de millones de cubanos. Mientras tanto, Washington incrementa la presión sobre La Habana con sanciones, restricciones petroleras y una retórica que recuerda cada vez más a la utilizada antes de la caída de Nicolás Maduro en Venezuela.

Sin embargo, numerosos expertos advierten de que Cuba no es Venezuela y de que replicar el mismo modelo podría desencadenar consecuencias mucho más imprevisibles. El sistema cubano mantiene una estructura político-militar más cohesionada, más ideologizada y mucho más acostumbrada a resistir décadas de presión estadounidense. Precisamente por ello, en Washington se manejan actualmente cuatro grandes escenarios.

Presión máxima sin intervención directa

El primer escenario, y el considerado más probable por analistas y responsables estadounidenses, es una intensificación de la presión económica y psicológica sin llegar a una invasión abierta. Washington ha endurecido el bloqueo energético hasta el punto de dificultar seriamente la llegada de combustible a la isla, agravando el colapso eléctrico y multiplicando los apagones de hasta 20 horas diarias en algunas regiones.

La estrategia busca aumentar el desgaste interno del régimen y alimentar el descontento social. La Casa Blanca considera que el deterioro económico podría acabar provocando fracturas dentro del aparato político y militar cubano, especialmente en torno al conglomerado Gaesa, descrito por Marco Rubio como «un Estado dentro del Estado». Además de las sanciones, Estados Unidos ha reforzado la vigilancia aérea y naval sobre el Caribe, dejando visible parte de sus movimientos militares como mensaje de presión.

Pero aquí aparece una diferencia fundamental respecto a Venezuela. Diversos expertos sostienen que el castrismo posee una estructura de poder mucho más institucionalizada y resistente. El régimen cubano no depende exclusivamente de un líder concreto ni de una cadena de lealtades personales, sino de una red político-militar construida durante más de seis décadas de enfrentamiento con Washington.

Negociación forzada y apertura limitada

El segundo escenario contempla utilizar toda esa presión para forzar una negociación controlada. Washington mantiene contactos discretos con sectores del entorno cubano y ha llegado incluso a enviar una delegación encabezada por el director de la CIA, John Ratcliffe, para explorar posibles vías de entendimiento.

La Administración Trump pretende arrancar concesiones económicas, limitar la presencia de China y Rusia en la isla y abrir parcialmente la economía cubana a inversiones occidentales. En este contexto, la imputación contra Raúl Castro funcionaría sobre todo como una herramienta de presión psicológica y política más que como el preludio inmediato de una operación militar.

El problema para Washington es que Cuba carece de un equivalente a Delcy Rodríguez. No aparece un dirigente claramente dispuesto a pilotar una transición pactada bajo supervisión estadounidense. Además, el recuerdo histórico de bahía de Cochinos y décadas de confrontación con Estados Unidos sigue marcando profundamente la mentalidad del aparato cubano, que interpreta cualquier apertura impulsada desde Washington como una amenaza existencial.

Estallido interno y crisis migratoria

El tercer escenario contempla un agravamiento progresivo de la crisis hasta desembocar en un estallido interno. Las protestas por los apagones y la escasez comienzan a extenderse en distintas zonas de la isla, mientras la desesperación social aumenta en un país donde muchos ciudadanos sobreviven con graves dificultades para acceder a productos básicos.

El propio Gobierno cubano ha llegado a publicar guías de defensa civil para la población ante una eventual agresión exterior, recomendando almacenar agua, alimentos, medicamentos y material básico de supervivencia. Las imágenes de barricadas improvisadas y protestas nocturnas reflejan el creciente nerviosismo que se vive en algunas ciudades del país.

Sin embargo, incluso quienes defienden la estrategia de máxima presión reconocen un enorme riesgo: un colapso descontrolado podría derivar en una crisis humanitaria y migratoria de grandes dimensiones. Para Trump, obsesionado políticamente con la inmigración, miles de cubanos intentando alcanzar Florida en embarcaciones precarias supondrían un problema político de primer orden. Además, diversos expertos recuerdan que el aparato de seguridad cubano conserva todavía capacidad suficiente para evitar un derrumbe inmediato del sistema.

Una operación militar limitada

El cuarto escenario, el más delicado y todavía considerado improbable, es una acción militar limitada. Según distintas filtraciones publicadas en medios estadounidenses, el Pentágono habría comenzado a estudiar opciones que van desde ataques aéreos de precisión hasta operaciones destinadas a intimidar al régimen o provocar concesiones rápidas mediante demostraciones de fuerza.

La presencia del portaaviones USS Nimitz y otros buques estadounidenses en el Caribe ha disparado las especulaciones. Sin embargo, la acumulación militar actual dista mucho de la desplegada antes de la caída de Maduro, cuando Washington concentró una fuerza naval y aérea considerablemente mayor alrededor de Venezuela.

Además, la Administración Trump afronta otro problema estratégico: Irán y el estrecho de Ormuz siguen absorbiendo buena parte de la atención militar y diplomática estadounidense. Abrir simultáneamente un nuevo frente en el Caribe mientras continúa la tensión en Oriente Próximo podría resultar extremadamente arriesgado tanto política como militarmente.

Cuba también ha advertido de que respondería a cualquier agresión. Aunque sus capacidades militares son limitadas, La Habana podría intentar golpear objetivos sensibles como la base estadounidense de Guantánamo o utilizar el conflicto como herramienta de movilización nacional. Precisamente por ello, numerosos expertos consideran que Washington sigue apostando, al menos por ahora, por una combinación de desgaste económico, presión psicológica y amenazas calculadas.

Pero cuanto más se deteriora la situación interna cubana y más se endurece la retórica estadounidense, más difusa empieza a volverse la frontera entre la coerción política y una escalada real.

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