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David Hume, filósofo, ya lo dejó claro en 1739: «La felicidad es el fin de la moral»

Hume consideraba que las verdaderas virtudes eran la benevolencia, la integridad, la prudencia y un espíritu alegre y jovial

David Hume, filósofo, ya lo dejó claro en 1739: «La felicidad es el fin de la moral»

Un hombre viendo un atardecer. | ©Pexels.

Durante siglos, la filosofía occidental trató la felicidad humana casi como un efecto secundario de la vida virtuosa. Platón la vinculaba al orden del alma. Los estoicos, a la razón bien ejercida. Incluso Aristóteles, que situó la eudaimonia en el centro de su ética, la condicionó al cultivo de la virtud. Pocas corrientes de pensamiento se atrevieron a romper esa cadena entre felicidad y moral, entre gozo y rectitud, entre pasión y deber. El panorama intelectual dejaba escaso margen para quien quisiera defender que el ser humano tiene derecho a ser feliz por razones que no pasen necesariamente por ser bueno.

Fue el escocés David Hume quien empezó a deshacer ese nudo con una energía intelectual sin precedentes. Su pensamiento, construido a contracorriente de Descartes, Locke y la tradición racionalista, situó las pasiones y el sentimiento en el centro de la vida moral. Y al hacerlo, abrió una puerta que otros —Bentham, Stuart Mill, todo el utilitarismo posterior— terminarían de cruzar. Hume no pretendía fundar una escuela. Aun así, se convirtió en uno de sus padres fundadores sin pretenderlo.

Hume y la felicidad: un alegato contra lo estoico

La filosofía moral que David Hume encontró al llegar a la madurez intelectual estaba impregnada de ascetismo. Siglos de moral religiosa habían asociado la virtud con la mortificación, la penitencia y la renuncia al placer. Hume identificó en esa tradición una perversión profunda de la naturaleza humana, y lo dijo sin rodeos: «Las verdaderas virtudes no son el celibato, el ayuno, la penitencia o cualquier práctica de este tipo, sino la benevolencia, la integridad, la prudencia y un espíritu alegre y jovial». La felicidad, para él, no era una recompensa aplazada ni un ideal abstracto. Era algo terrenal, concreto, vivido aquí y ahora entre seres humanos reales.

Su argumento central resulta, todavía hoy, enormemente provocador. La razón, sostenía Hume, es incapaz por sí sola de mover a la acción. Puede comparar ideas y establecer relaciones lógicas, pero ningún silogismo genera un impulso vital. Lo que nos mueve son siempre las pasiones y los sentimientos. De hecho, Albert Einstein, siglos más tarde, creería lo mismo: «Los ideales para enfrentar la vida con alegría son la bondad, la belleza y la verdad».

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Hume consideraba el sentimiento de benevolencia como principio original de la mente humana. ©Pexels.

De ahí su tesis más célebre: «La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones». Lejos de ser una boutade retórica, este postulado tenía una consecuencia directa sobre la felicidad según David Hume: si la moral nace del sentimiento y no de la razón, entonces su fin no puede ser la obediencia a una ley abstracta, sino el bienestar real de las personas.

La importancia de la felicidad en el ser humano

La obra donde Hume desarrolló con mayor profundidad estas ideas fue la Investigación sobre los principios de la moral, publicada en 1751 y considerada por el propio autor su trabajo más logrado. Allí desplegó una crítica directa a Locke y Hobbes, para quienes las pasiones morales se reducían al egoísta amor de sí. Frente a esa visión, Hume colocó el sentimiento de benevolencia como principio original de la mente humana. Psicoanalistas modernos como Erich Fromm comulgarían con ese postulado, considerando que la felicidad «no es un estado de reposo, sino de actividad interna».

«En general es cierto que, a cualquier parte que vayamos, sobre cualquier cosa que reflexionemos o conversemos, todo se nos presenta bajo el aspecto de la felicidad o de la miseria humanas y excita en nuestro corazón un movimiento simpático de placer o desasosiego», escribió. La felicidad no era opcional ni decorativa: era la brújula de toda vida moral.

Su vigencia resulta difícil de negar. La psicología positiva contemporánea, las neurociencias del bienestar y buena parte de la filosofía práctica actual coinciden con Hume en que las emociones no son obstáculos para una vida lograda, sino su materia prima. Cuando Hume describía al ser humano como «un ser racional que continuamente está en busca de la felicidad que espera alcanzar mediante la gratificación de alguna pasión o sentimiento», estaba anticipando décadas de investigación empírica. La racionalidad, en su modelo, sirve a ese impulso. No al contrario.

Hume, un pionero

Hablar de David Hume como pionero no es una licencia retórica. Fue, antes que nadie en la filosofía moderna, quien formuló con claridad que los juicios morales no son descripciones del mundo sino expresiones de un sentimiento interior. Cuando decimos que algo es bueno, en realidad estamos diciendo que nos produce una forma particular de placer. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE al referirnos a la felicidad.

Cuando lo calificamos de malo, expresamos malestar o repugnancia. Esta inversión radical —que la moral no está en los hechos sino en quien siente— lo separó de toda la tradición racionalista anterior y lo colocó en una posición que sus contemporáneos tardaron décadas en comprender. Kant, que reconoció que Hume lo despertó de su «sueño dogmático», respondió construyendo precisamente el sistema que Hume había demolido. Aunque filósofos y pensadores contemporáneos como Miguel de Unamuno considerasen que «la felicidad es un hambre de ser más, y eso es un dolor».

Además, Hume introdujo el concepto de simpatía como mecanismo que explica por qué los seres humanos comparten criterios morales sin necesidad de una ley racional universal. La alegría ajena nos alegra y el sufrimiento ajeno nos duele: no por imperativo abstracto, sino por estructura natural.

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Hume creía firmemente en el sentido práctico de la felicidad y de la simpatía hacia los demás. ©Pexels.

«Ningún hombre es absolutamente indiferente a la felicidad y la miseria de los demás», afirmó. Y añadió que una sociedad civilizada, abierta y próspera produce ciudadanos más felices, convirtiendo así su ética en una propuesta inevitablemente política. Hume no solo se adelantó al utilitarismo de Bentham y Mill. Se adelantó, en cierta medida, a la propia modernidad.

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