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Francis Bacon, filósofo, ya lo avisó en 1625: «Lo importante para tener felicidad son los amigos, pues duplican las alegrías y dividen las penas»

El autor inglés insistía en que la buena amistad influía muy directamente en nuestro bienestar

Francis Bacon, filósofo, ya lo avisó en 1625: «Lo importante para tener felicidad son los amigos, pues duplican las alegrías y dividen las penas»

Un grupo de amigos en un atardecer. | ©Pexels.

Pocos aforismos resultan más ciertos que los que rezan que quien tiene un amigo tiene un tesoro. La sabiduría popular lo ha sabido siempre, casi por instinto, pero lo verdaderamente llamativo es que algunos de los grandes pensadores de la historia llegaron a idéntica conclusión por vías estrictamente racionales. Uno de ellos fue el filósofo y científico inglés Francis Bacon, que en pleno siglo XVII puso negro sobre blanco algo que hoy la psicología moderna no para de confirmar: los amigos no son un lujo emocional, sino una condición indispensable para la felicidad.

Bacon no escribía para el gran público, sino para la élite intelectual de su época, y aun así su mensaje caló con una claridad inusual. Sus Essays or Counsels, Civil and Moral, publicados entre 1597 y 1625, contienen reflexiones sobre la amistad, el conocimiento y la virtud que suenan sorprendentemente actuales. Quien espere encontrar en él el tono evasivo de algunos filósofos clásicos se llevará una grata sorpresa: Bacon era directo, empírico y profundamente humano en sus conclusiones.

Francis Bacon, una apuesta por la felicidad social

Para Francis Bacon, amistad y felicidad son dos conceptos que, en su obra, funcionan como vasos comunicantes. Para este pensador, la felicidad no era un estado contemplativo al que se llegaba tras años de meditación solitaria, ni tampoco una recompensa divina reservada a los virtuosos. Era, más bien, algo que se construía activamente, en compañía y mediante el esfuerzo deliberado. Bacon creía en una felicidad práctica, verificable y enraizada en la vida cotidiana, lo que le distinguía con claridad de la tradición estoica que tanto peso tuvo en su época. No obstante, ya hubo filósofos clásicos como Aristóteles que creían que «es imposible alcanzar la felicidad sin amigos».

Su enfoque anticipó, con varios siglos de antelación, lo que pensadores como Erich Fromm o Karen Horney desarrollarían ya en el siglo XX. Fromm insistió en que el amor y el vínculo con los demás eran necesidades humanas fundamentales, no opcionales. Horney, por su parte, señaló que el aislamiento y la falta de relaciones afectivas estaban en la raíz de buena parte de los trastornos psíquicos. Bacon no tenía esa terminología, claro, pero su intuición apuntaba exactamente en la misma dirección. Al punto de dejar para la posteridad que «las personas felices tienen cuerpos enteros y almas enteras, y siempre tendrán amigos a su alrededor.» La frase, extraída de sus ensayos, condensa una visión del bienestar que hoy firmaría cualquier psicólogo social de los que hablamos en THE OBJECTIVE.

Por qué la amistad es fundamental para la felicidad, según Bacon

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Bacon confiaba en que la buena amistad mitigaba las penas y aumentaba las alegrías. ©Pexels.

En su célebre ensayo Of Friendship, Bacon argumentó que la amistad no era un complemento agradable de la vida buena. Llegaba al extremo de considerarlo una de sus condiciones necesarias. Y para explicarlo, no recurrió a metáforas sentimentales, sino a una lógica casi matemática. Un amigo verdadero, sostenía, tiene un efecto multiplicador sobre la experiencia emocional: «La comunicación de un hombre con sus amigos duplica sus alegrías y divide sus penas por la mitad.» Es decir, creía claramente en el efecto multiplicador de la amistad.

Pero Bacon fue aún más lejos, y su diagnóstico sobre la soledad resulta tan contundente como moderno. Quien no tiene a nadie con quien compartir lo que siente no solo vive peor: se deteriora. Lo expresó sin rodeos: «El hombre que no tiene amigos para abrirle su corazón es un caníbal de su propia felicidad.» Identificaba tres frutos concretos de la amistad genuina: la descarga emocional que libera el alma de tensiones acumuladas, el apoyo al entendimiento que afina el pensamiento propio, y la multiplicación de los bienes, tanto los materiales como los afectivos. No era romanticismo, era observación empírica aplicada a la vida interior. Algo que ya en el siglo XXI considerarían filósofos como Alain de Botton: «La base de una vida llena de felicidad son el amor y la amistad».

La felicidad más allá de la amistad

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Aunque Bacon insistía en la necesidad de amigos, dejó claro que no eran el único requisito para ser felices. ©Pexels.

Sería, sin embargo, un error reducir el pensamiento de Bacon sobre la felicidad a la amistad. Su visión era más amplia y exigente, porque incluía también el conocimiento como pilar indispensable del bienestar humano. Para él, la ignorancia no era simplemente una limitación intelectual, sino una fuente directa de sufrimiento. Su célebre máxima «Knowledge is power» no era solo epistemología; era también, y sobre todo, una promesa de emancipación. Quien sabe más, teme menos, y quien teme menos, vive mejor.

Así, Bacon construyó una concepción de la felicidad que escapaba tanto al estoicismo clásico. Evitando así su énfasis casi exclusivo en la virtud interior, como al epicureísmo más simple, centrado en el placer. Él apostaba por una síntesis activa: «La virtud no es sino la acción y el ejercicio; el uso es lo que la perfecciona.» La felicidad, en su sistema, requería cultivar el carácter, ensanchar el saber y mantener vínculos humanos sólidos. Cuatro siglos después de que lo escribiera, la ciencia del bienestar sigue llegando, por caminos distintos, a conclusiones que él ya había trazado con asombrosa lucidez.

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