Bad Bunny, 'La casita' y la jerarquía del deseo: ¿quién decide qué cuerpos merecen ser vistos?
Hablamos con la socióloga Cecilia Bizzotto sobre la polémica generada en los conciertos del puertorriqueño en Madrid

Bad Bunny | EP
Los conciertos de Bad Bunny en Madrid han abierto un debate que trasciende lo musical. En los últimos días, miles de usuarios han comentado en redes sociales el funcionamiento de ‘La casita‘, el exclusivo espacio VIP del espectáculo al que solo acceden determinadas personas del público para compartir escenario con el artista y otros invitados destacados. Estas personas son elegidas por unos ‘ojeadores’.
Lo que para algunos es una simple parte del espectáculo se ha convertido para otros en el reflejo de una cuestión mucho más profunda: ¿qué criterios determinan quién accede a esos espacios privilegiados de visibilidad? Las críticas se han centrado especialmente en el perfil de muchas de las mujeres seleccionadas, que suelen responder a unos cánones de belleza muy concretos asociados a la juventud, la delgadez y la estética normativa. Aunque en los últimos shows, debido a los comentarios negativos, los ‘ojeadores’ están invitando a ‘La casita’ a personas de todo tipo, la selección de los primeros días sirvió para desatar la polémica.
Todo ello «pone de manifiesto una realidad que sigue vigente pese a los avances en materia de diversidad corporal. Aunque el discurso sobre la inclusión ha ganado espacio en la publicidad, los medios y las redes sociales, seguimos reproduciendo mecanismos que legitiman unos cuerpos como deseables mientras relegan a otros a la invisibilidad», explica a THE OBJECTIVE Cecilia Bizzotto, socióloga, sexóloga y portavoz de JOYclub España.
‘La casita’ de Bad Bunny y la construcción social del deseo
Para Bizzotto, la figura de los llamados ‘ojeadores’ resulta especialmente significativa porque evidencia cómo continúan operando ciertos estereotipos de género. «Artistas como Bad Bunny han contribuido en ocasiones a cuestionar determinadas normas tradicionales, pero las contradicciones siguen apareciendo porque todos formamos parte de un sistema que continúa siendo profundamente patriarcal», señala.

La experta observa un patrón recurrente en muchos espacios de prestigio y visibilidad. Por un lado, mujeres jóvenes que encajan en los estándares de belleza dominantes; por otro, hombres cuya relevancia suele estar vinculada al éxito profesional, económico o deportivo. «Seguimos asociando el valor de las mujeres a su apariencia física y el de los hombres a su posición social o económica. Son roles muy antiguos que continúan reproduciéndose, incluso cuando creemos haberlos superado», afirma.
Cuerpos deseables y cuerpos invisibles
La socióloga considera que la conversación generada por ‘La casita’ revela hasta qué punto persiste una jerarquía de cuerpos considerados atractivos.
«A menudo hablamos de diversidad corporal, pero la realidad es que los referentes predominantes siguen siendo muy similares. En el cine, la moda o las redes sociales continúan imponiéndose modelos físicos extremadamente exigentes e inaccesibles para la mayoría de las personas», explica.
Según Bizzotto, las tendencias recientes en la cultura popular apuntan incluso a un regreso de ideales estéticos muy restrictivos, especialmente para las mujeres, mientras que los hombres siguen enfrentándose a la presión de alcanzar cuerpos hipermusculados: «Se presentan como modelos aspiracionales cuerpos que, en muchos casos, requieren recursos económicos, tiempo o condiciones que están fuera del alcance de la mayoría de la población».
El impacto de quedar fuera
La experta advierte de que esta selección constante de cuerpos visibles y deseables tiene consecuencias que van mucho más allá de la apariencia física. «Las imágenes que consumimos a diario moldean nuestro imaginario colectivo y condicionan lo que consideramos atractivo. Al mismo tiempo, generan una sensación permanente de insuficiencia y de distancia respecto a un ideal que parece imposible de alcanzar», explica.
A su juicio, esta dinámica alimenta inseguridades que terminan beneficiando a una poderosa industria basada en la promesa de corregir defectos reales o imaginarios: «Cuanto más insatisfechas se sienten las personas con su aspecto, más tiempo, dinero y energía destinan a intentar modificarlo».
Diversidad corporal
Pese a la mayor presencia de discursos inclusivos, Bizzotto considera que las jerarquías corporales siguen muy presentes. «La diversidad ha avanzado en términos de representación, pero no necesariamente en términos de deseo. Seguimos viendo cómo millones de personas toman decisiones sobre su alimentación, su imagen o incluso recurren a procedimientos estéticos influenciadas por modelos físicos que se presentan como deseables y exitosos», señala.
Por eso, concluye, «debates aparentemente superficiales como el generado por ‘La casita’ terminan revelando preguntas mucho más profundas sobre cómo se construye el deseo, quién decide qué cuerpos merecen ser vistos y qué papel desempeñan la cultura y la industria del entretenimiento en esa construcción colectiva».
