The Objective
Análisis internacional

Claudia Sheinbaum rompe el hielo: México regresa a España tras ocho años de ausencia

«Ojalá que este viaje sea el primer paso hacia una normalización institucional definitiva que trascienda a los Gobiernos»

Claudia Sheinbaum rompe el hielo: México regresa a España tras ocho años de ausencia

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum. | Raquel Cunha (Reuters)

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, anunció que estará en Barcelona este fin de semana para participar en la cumbre internacional convocada por Pedro Sánchez. Su presencia debe leerse en España con una mezcla de pragmatismo y alivio.

Es, sin duda, una buena noticia. Aunque la retórica oficial mexicana evite las fanfarrias de la reconciliación total, su estancia en suelo español marca el fin de facto de la política de gélido distanciamiento que su predecesor, Andrés Manuel López Obrador, impuso como dogma de fe. Estamos ante un gesto de normalización que, aunque se presente envuelto en el celofán de una reunión internacional, rompe un aislamiento de casi ocho años que a nadie beneficiaba a uno y otro lado del Atlántico.

La intervención de la mandataria mexicana en la llamada Global Progressive Mobilisation —«Uniendo a las fuerzas progresistas del mundo», dice su lema— no es un acto protocolario más, sino una incursión calculada en el tablero ideológico internacional. La reunión busca articular una respuesta global de la izquierda, como «una alternativa necesaria a las fuerzas conservadoras y de extrema derecha». En ese foro, más que cooperación técnica, se ensaya una narrativa común: multilateralismo, justicia social y agenda verde. Para el Gobierno de México, el reto no es solo estar presente, sino definir si su política exterior acompaña ese discurso o sigue anclada en ambigüedades locales.

Para dimensionar la importancia de este viaje desde la perspectiva bilateral, conviene recordar que este es el primero de un presidente mexicano a España y su primer cruce transatlántico desde que Enrique Peña Nieto realizara una visita de Estado en abril de 2018. Durante el período presidencial anterior, México desapareció del mapa europeo. López Obrador —bajo la máxima de que «la mejor política exterior es la política interior»— se convirtió en el mandatario mexicano que menos kilómetros recorrió fuera de sus fronteras desde los tiempos de Gustavo Díaz Ordaz, en los años sesenta.

Mientras el mundo se reconfiguraba, la silla de México en las grandes capitales permanecía vacía, salvo por breves incursiones en Estados Unidos y Centro y Sudamérica. Sheinbaum, al aterrizar en Barcelona, está devolviendo a México a la mesa de las democracias occidentales, aunque para hacerlo tenga que caminar sobre cristales rotos dentro de su propio movimiento.

Es cierto que no estamos ante una visita de Estado. La sombra de la exigencia de una disculpa formal a la Corona por los excesos de la Conquista —esa carta enviada en 2019 que enfrió los canales diplomáticos— sigue ahí, como un elefante en la habitación. Sheinbaum no ha renunciado explícitamente a esa narrativa victimista; hacerlo supondría una ruptura catastrófica con el lopezobradorismo más radical, que vigila cada uno de sus pasos desde Palenque, la finca de retiro del expresidente. Sin embargo, en política, lo que no se dice suele ser tan importante como lo que se proclama. Estar allí, compartir foro con Pedro Sánchez y dialogar con líderes internacionales en una ciudad tan significativa como Barcelona es la concesión más grande que la presidenta ha podido permitirse sin que se le acuse de traición en su país.

Esta estrategia de la «distancia silenciosa» no es nueva en su gestión. La hemos visto en otros frentes donde la realidad se ha impuesto a la ideología. En materia energética, mientras López Obrador satanizó el fracking, el Gobierno de Sheinbaum ha optado por eufemismos técnicos y el «estudio de posibilidades» para incrementar la producción de gas, algo que urge en México. En seguridad, el fallido lema de «abrazos, no balazos» ha ido cediendo terreno, sin aspavientos, a una estrategia policial más operativa y menos poética. Su visita a España sigue esa misma lógica: Sheinbaum está normalizando las relaciones por la vía de los hechos, mientras mantiene el discurso del agravio para el consumo nacional.

El público español, y especialmente el Gobierno de Sánchez, debe entender que esta cumbre es el límite elástico de la diplomacia mexicana actual. La afinidad ideológica entre ambos mandatarios —unidos por una visión progresista de la fiscalidad, la agenda verde y los derechos sociales— ha servido de puente de plata para que Sheinbaum justifique su viaje. En Barcelona se habla de cooperación tecnológica y sostenibilidad, pero el trasfondo real es el reencuentro de dos naciones que comparten mucho más que un idioma. No hay que olvidar que España es el segundo inversor en México después de Estados Unidos.

Es probable que, en sus intervenciones, Sheinbaum repita aquel concepto esbozado el 20 de febrero de 2025: que «el perdón engrandece a las naciones». Es una frase diseñada para no bajar la guardia, pero los españoles deben saber que esa visión no es unánime en México.

Millones de mexicanos no nos reconocemos en esa interpretación maniquea de la historia. Entendemos que los hechos de hace cinco siglos ocurrieron en un mundo que no era el nuestro, entre entidades políticas que no eran ni la España ni el México modernos. Somos, en nuestra inmensa mayoría, hijos del mestizaje; descendientes tanto de quienes llegaron en carabelas como de quienes defendieron Tenochtitlan, pero también de los pueblos indígenas —como los tlaxcaltecas— que se aliaron con los españoles para sacudirse el yugo violento de los aztecas. Si el tren del perdón histórico no tuviera fin, nosotros mismos tendríamos que pedirnos perdón a nosotros mismos.

Muchos mexicanos preferimos guiarnos por la sensatez del Tratado Definitivo de Paz y Amistad de 1836. En aquel documento, firmado apenas quince años después de la independencia, ambos Estados acordaron un «olvido total de lo pasado» para construir un futuro común. Ese es el espíritu que debería prevalecer. La cumbre de Barcelona, donde se discuten desafíos del siglo XXI como la inteligencia artificial y la crisis climática —ciertamente, con un aderezo ideológico de izquierdas—, es el escenario ideal para recordar que México y España son socios estratégicos naturales.

Ojalá que este viaje sea el primer paso hacia una normalización institucional definitiva que trascienda a los Gobiernos de turno. Sería deseable que así sucediera, incluso sin tener que llamarse formalmente así para no herir susceptibilidades.

Las inversiones cruzadas, el intercambio académico y los lazos familiares son demasiado profundos para quedar supeditados a los caprichos de la política pequeña. Algo es mejor que nada, y ver a una presidenta de México de nuevo en Europa es un síntoma de salud democrática o, cuando menos, de una nula disposición a seguir gastando su pólvora en infiernillos ajenos en momentos en que el futuro del mundo se ha vuelto tan incierto.

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