Un pastor beduino descubrió sin querer la base aérea mejor escondida de Oriente Próximo
Es tan inverosímil como cierto: Israel montó una base aérea en suelo iraquí para organizar sus ataques contra Irán

F-35i Adir, la versión hebrea del caza más deseado.
Sus operaciones gustarán más o menos, pero es justo reconocer que la audacia del Ejército israelí no tiene límites. Siempre llevan el atrevimiento un poco más allá de donde parecen estar los límites obvios y razonables. La última conocida es que, para atacar a Irán, montaron una base aérea secreta… en suelo iraquí.
La jugada tiene toda la lógica: nadie buscaría fuerzas armadas hebreas en pleno suelo árabe. Pero el plan casi se va por el desagüe a cuenta de un pastor beduino. Acostumbrado a lidiar con un rebaño escuálido por el desierto occidental iraquí, una noche escuchó un sonido nada habitual, con el batir grave de las palas de helicópteros.
Tras el sonido, llegaron las siluetas de unos fuselajes alargados y panza ancha. Era la figura inconfundible del Sikorsky CH-53, la aeronave típica de los cuerpos de operaciones especiales. Poco después y a menor altura, asomaron un par de UH-60 Yanshuf, la versión judía de los Black Hawk. El pastor no supo identificar aquellos aparatos, pero sí sabía que no debían estar allí.
El beduino avisó a un primo; su primo, al cuartel más cercano; y el cuartel más cercano, a Bagdad. Lo que había visto era, en términos técnicos, una invasión militar de un país soberano, casus belli de libro. Diez semanas después, The Wall Street Journal ha terminado de armar el rompecabezas que media comunidad de inteligencia de fuentes abiertas llevaba sospechando desde febrero: Israel construyó, días antes del 28 de febrero, una base aérea avanzada en pleno desierto iraquí.
Situada a ciento ochenta kilómetros al suroeste de Naÿaf y Kerbala, la carretera más cercana estaba a 40 kilómetros. Su utilidad no era otra que la de sostener la campaña aérea contra Irán, que ha pasado a la historia como la guerra de los doce días. En suelo iraquí había una pista, tiendas, helicópteros, combustible, armamento, munición y comandos. Todo en suelo hostil.
La cuestión que muchos analistas digerían con cierto grado de frustración ante lo incomprensible tenía ahora respuesta cartográfica. Desde Tel Aviv hasta Isfahán hay mil seiscientos kilómetros en línea recta. El F-35I Adir, la joya operativa de la Fuerza Aérea Israelí, tiene un radio de combate de unos mil cien kilómetros con armamento alojado en su bodega de carga. El F-15I en versión hebrea llega más lejos, pero devora queroseno como si lo regalaran. La aritmética no salía sin un punto intermedio.
El punto intermedio era el lecho seco de un lago en mitad de un wadi sin nombre. Las coordenadas fijadas por los analistas de fuentes abiertas son 31,66 norte, 42,44 este. Diez mil kilómetros cuadrados de vacío absoluto rodean el lugar: sin carreteras, sin aldeas, sin nada que rompa la horizontal. Las imágenes Sentinel-2 del Copernicus del 8 de marzo muestran la pista nivelada, tiendas modulares y los rotores de los helicópteros detenidos. Desde el espacio era visible, pero había que mirar en el sitio más insospechado.
Pista reciclada
Hay un detalle sorprendente en el emplazamiento. La pista no se trazó desde cero: ya existía como tal. Israel aprovechó un antiguo aeródromo de tiempos de Sadam Huseín. Una infraestructura que Estados Unidos invadió en 2003 ha terminado sirviendo, veintitrés años después.
La base albergaba dos capacidades complementarias, ambas exigentes en materia de discreción. La primera, una unidad de fuerzas especiales del componente aéreo, casi con seguridad la Shaldag o Unidad 5101, entrenada en penetración profunda, marcaje láser y extracción de pilotos. La segunda, un dispositivo de búsqueda y rescate de combate articulado en torno a la Unidad 669 del Tsahal, con CH-53 reconfigurados, médicos militares y equipos de neutralización. Es todo un manual de operaciones aéreas en territorio hostil.
Conviene apuntar el dato del CH-53 con precisión, porque es una de las claves del puzle logístico. Este aparato, modernizado por Israel hasta extremos de los que no dispone el resto de sus operadores, incluidos los americanos, tiene un alcance operativo de unos mil kilómetros con tanques internos repletos. Desde Naÿaf hasta Isfahán hay seiscientos cincuenta kilómetros; hasta Teherán, novecientos. Desde Tel Aviv, ninguna de las dos estaba al alcance sin reabastecimiento. La base era la única forma de que un piloto derribado al norte de Isfahán cenara en su casa.
Defensa israelí de su ‘propiedad’ iraquí
El episodio del pastor obligó a Israel a una decisión incómoda. La alternativa era replegar la base, perderla y reorganizar la campaña, o defenderla por una vía más expeditiva. Eligieron la segunda. Una columna del Ejército iraquí se acercó a la zona para averiguar qué demonios hacían helicópteros extranjeros en el desierto. Fue atacada desde el aire por la aviación israelí. Murió un soldado iraquí y dos resultaron heridos. La protesta diplomática llegó con puntualidad a Naciones Unidas, y con la misma diligencia fue remitida a la papelera.
Los helicópteros, según un parlamentario iraquí que habló con The Independent, entraron desde la frontera siria, entre cuatro y siete aparatos. El detalle confirma una sospecha que circulaba entre analistas desde el final de la era Asad: el corredor sirio occidental se ha convertido en una autopista despejada para la aviación israelí. Damasco, hoy gobernada por facciones islamistas con disputas internas, no tiene capacidad ni interés en discutir nada. Israel sobrevuela Siria con permiso por dejadez del casero.
El 4 de marzo, el mismo día en que la columna iraquí caía bajo fuego israelí, el jefe de la Fuerza Aérea escribía a sus oficiales que las unidades especiales del aire estaban a cargo de «misiones extraordinarias capaces de encender la imaginación». La frase parecía un latiguillo retórico, pero era un guiño dirigido a quien supiera leer. Dos meses después, se ha sabido el porqué de la fraseja.

Apoyo entre pares
La validación más espectacular del dispositivo llegó el 3 de abril, cuando un F-15E Strike Eagle estadounidense fue derribado cerca de Isfahán por un sistema antiaéreo iraní que Washington había dado por destruido en su versión oficial. Israel ofreció rescatar a los tripulantes desde Naÿaf, ofrecimiento que Estados Unidos declinó por orgullo institucional. El rescate americano, ejecutado por operadores de la Fuerza Delta, el 160th SOAR y la 427 SOS, costó al Pentágono dos MC-130J, cuatro helicópteros MH-6 y un A-10 derribado. De haber echado mano de la ayuda del «equipo local», a lo mejor les hubiera salido más barato.
A mediados de marzo ocurrió algo inesperado: llovió. La consecuencia directa fue que la pista, levantada sobre arcillas salobres con materiales de obra civil, se convirtió en una balsa inservible. Los helicópteros despegaron, los comandos se evaporaron y las tiendas se plegaron con esa eficiencia israelí que tanto gusta a los manuales de la OTAN.
La publicación, diez semanas después, es una advertencia a Teherán que afirma a las claras que Israel y Estados Unidos mantienen capacidad operativa en cualquier punto a su alrededor. Hay un precedente paralelo: en los Emiratos, personal del Tsahal opera ya baterías Iron Dome e Iron Beam, y Abu Dabi ni siquiera lo desmintió cuando el dato se filtró. El Ejército israelí en colaboración con países árabes y vecinos de Irán.
«Podemos ponernos donde queramos»
La jugada arroja sobre el tablero algo inquietante para los iraníes y quien quiera mirar. Los desiertos de Oriente Próximo son inmensos y casi inhabitados, y montar instalaciones temporales ocultas resulta mucho más barato que en cualquier región poblada. La cobertura de satélite comercial es densa, pero hace falta saber dónde mirar. La siguiente pregunta es sencilla: cuántas pistas como la de Naÿaf se cocinan ahora en otros lechos secos.
La base, mientras tanto, ha vuelto a ser barro y polvo. Solo queda el rastro de un soldado iraquí muerto, una protesta archivada en algún cajón de la ONU y un beduino que estuvo a un par de cabras de cambiar la historia de la guerra de los doce días. Diez mil kilómetros cuadrados de nada, y dentro, la mejor fuerza aérea de Oriente Próximo. Cosas que pasan cuando alguien tensa de otra manera. Y en eso, es justo reconocerlo, los israelíes son los maestros de todos.
