La IA está agotando todas las centrales nucleares y generadores de energía del planeta
La inteligencia artificial multiplica su consumo energético exponencialmente. Ese es el cuello de botella, y no los chips

Central nuclear Three Mile island en EEUU.
«Él vino en un barco de nombre extranjero», cantaba la folclórica Concha Piquer, pero bien podría hacer brotar una sonrisa en el rostro de Elon Musk. Mitad genio, mitad loco, no suele equivocarse cuando toma sus grandes decisiones, y una de las más exóticas fue comprar gigantescos generadores de energía a una empresa coreana, generadores que llegaron en barco hasta la puerta de su casa.
Elon Musk tiene dinero para pagar la luz hasta a diez milenios de sus descendientes, pero hoy necesita mucha, en momentos concretos y a voluntad. Sus coches eléctricos consumen poca energía en comparación y sus cohetes vuelan al espacio impulsados por combustible sólido, pero sus centros de datos son gigantescos devoradores de vatios que no siempre tiene a mano.
En Estados Unidos tampoco van cortos de energía. El problema es dónde y cuándo es necesaria, y el suministro de las redes disponibles no satisface la monstruosa demanda de la inteligencia artificial (IA) y los sistemas relacionados con ella. Quien crea que esto es una burbuja, que eche un vistazo a la factura de la luz de ChatGPT, Grok, Claude, Gemini y todos los demás, y verá que no va a menos, sino a más, y en progresión geométrica.
Por eso, cuando Elon Musk decidió en 2024 que iba a construir el mayor clúster de entrenamiento de inteligencia artificial del mundo, supo que la clave era la energía. El sector suele tardar entre cuatro y seis años en levantar unas instalaciones del calibre programado y, sin embargo, el sudafricano armó su chiringuito binario en 122 días. Lo hizo con la compra de una fábrica abandonada de Electrolux en Memphis, donde metió 35 turbinas de gas portátiles a las que conectó 100.000 procesadores gráficos. Pero no era suficiente.
A comienzos de 2026 compró 41 turbinas permanentes y acometió un truco legal: las instaló en el estado vecino de Misisipi, donde los trámites son más rápidos, y hasta allí tiró un cable de corriente. Tenía prisa, mucha prisa. Pero, cuando vio que le saltaban los plomillos por falta de potencia, encargó cinco unidades de 380 megavatios a la coreana Doosan Enerbility. Tampoco bastaba. Su equipo terminó por adquirir una central eléctrica entera de 1,2 gigavatios y embarcarla a través de todo un océano.
La conducta es del todo racional, porque las cuentas salen. Se calcula que una nube de IA genera unos 11.000 millones de dólares de ingresos por gigavatio y año. A esa escala, importar una central eléctrica no es una excentricidad, sino un sencillo cálculo matemático. Esto explica por qué Jensen Huang, el presidente de Nvidia, lleva meses con el mismo mensaje: la inteligencia artificial no es una industria limitada por chips, sino por la energía.
Las cifras relacionadas dejan atrás el PIB de muchos países desarrollados. La inversión combinada de la industria en 2026 superará los 725.000 millones de dólares —más que el producto interior bruto de Suiza—, y casi todo está atado a centros de datos que necesitan una potencia eléctrica de tal magnitud que la red no puede entregar. Para hacernos una idea: con el generador de Musk habría para proveer de energía todo el año a Barcelona y las otras tres capitales de Cataluña.
Pero hay más. Las grandes tecnológicas están en plena carrera armamentística en la que la munición son los voltios. El campus de Meta en Luisiana está dimensionado para generar cinco gigavatios, el equivalente residencial de 4,2 millones de hogares. OpenAI tenía 1,9 desplegados al cierre del año pasado, y se calcula que Anthropic, la dueña de Claude, superará los cinco o seis gigavatios este mismo ejercicio. Sam Altman, el de ChatGPT, ha dicho en público que su objetivo es añadir nada menos que 52 gigavatios al año.
La mayoría de estos devoradores de energía se encuentran en suelo estadounidense y, hasta ahora, han estado sujetos a las limitaciones de su red energética. La red se diseñó para crecer al uno o al dos por ciento anual, pero los sistemas de estados como Virginia y Texas ya operan al 95% de utilización a cuenta de la IA. Los cortes de corriente, como el sufrido en España el 28 de abril de 2025, están cada día más cerca.
Crecimiento exponencial del consumo
El uso de la IA ha transformado no solo la cantidad de uso, sino también sus maneras. Los chatbots tradicionales tenían un patrón que se movía en picos: una pregunta entraba, las tarjetas gráficas se encendían, salía la respuesta y, acto seguido, la máquina se quedaba ociosa. Los agentes de inteligencia artificial trabajan en segundo plano, y navegan, programan, razonan o ejecutan veinticuatro horas al día. Lo que era una demanda con valles se ha convertido en consumo constante.
Una búsqueda en Google consume 0,3 vatios hora, y la primera versión de ChatGPT gastaba 0,34 vatios hora por consulta. Un modelo de razonamiento avanzado como GPT-5 es más glotón, y quema unos 19 vatios hora en una pregunta de longitud media. Genera largas cadenas de pensamiento antes de devolver la respuesta visible al usuario y eso gasta más luz. La complejidad hace crecer 50 veces la energía de una búsqueda por cada interacción, y se cree que irá a más.
El hardware también
El hardware engorda al mismo ritmo: un rack convencional consumía entre cinco y diez kilovatios; el actual GB200 NVL72 necesita 120, lo que equivale a un centenar de viviendas. Nvidia ha anunciado bastidores futuros de un megavatio, mil hogares por cada armario repleto de servidores con cables y lucecitas.
Las tecnológicas, a quienes muchos denominan hiperescaladores, no esperan a las eléctricas. El sector se está saltando la red por todos los medios disponibles. Las turbinas pesadas de GE Vernova están agotadas hasta 2029 con una cartera de pedidos de más de 100 gigavatios.
Los fabricantes se frotan las manos, porque los precios se han triplicado desde 2019. Siemens Energy acumula una cartera de 158.000 millones y producción vendida hasta dentro de siete años. El que quiera energía en los próximos años la va a tener que pagar muy cara. Eso, y esperar a que todos estos, que tienen dinero como para usarlo como combustible en las calderas de estas turbinas, acaben con la producción planetaria de al menos el próximo lustro.
Minería energética
Ante la necesidad, se recurre a tecnologías nuevas u obsoletas, pero que rindan de manera acorde a las necesidades, y un ejemplo son las pilas de combustible de óxido sólido. Este producto desarrollado por Bloom Energy se despliega en un periodo de entre 55 y 90 días, funciona con gas natural de emisiones locales mucho más bajas que una turbina y puede modular una carga variable. Oracle ha anunciado hasta 2,8 gigavatios de Bloom para un solo campus, con una tecnología que va a desplazar a turbinas y generadores diésel. La cartera de pedidos de Bloom se ha duplicado en 12 meses.
La geotermia, durante años un patito feo del mix renovable, ha aparecido como pilar inesperado. La nueva generación de sistemas geotérmicos mejorados aplica las técnicas del fracking para perforar yacimientos de calor, ofrece carga sin emisiones las 24 horas y se puede ubicar junto al centro de datos sin pasar por la red. Google ha firmado instalaciones con Fervo y con Ormat; Meta apuesta por Sage Geosystems y XGS Energy en Nuevo México.
Y el regreso del átomo
Para potencia firme, continua y descarbonizada, hoy solo hay una respuesta probada y contundente: la energía nuclear. Los hiperescaladores han bloqueado más de diez gigavatios en acuerdos de compra de energía en los últimos 18 meses. Amazon firmó con Talen Energy un contrato de 17 años y 18.000 millones de dólares por hasta 1.920 megavatios de la central de Susquehanna.
Microsoft pagará para devolver a la vida la unidad uno de la central nuclear de Three Mile Island en 2028, con una producción de 835 megavatios dedicados en exclusiva. La central de Three Mile Island protagonizó el accidente nuclear más grave de la historia de Estados Unidos. No fue un Chernóbil, pero estuvo a un palmo de ello. Ante la necesidad, nadie está discutiendo su uso ni su remozamiento.
Lo peor está por llegar
La aritmética del salto futuro es brutal. El consumo de IA va a ir a más a cuenta de la robótica, el coche autónomo y las miles de funciones que emanan de ella. Si la demanda de tokens se multiplica por cien, algo bastante probable, la necesidad de energía solo para la IA supondría duplicar la producción energética de todo el país de Trump. No hay arroz para tanto pollo.
Esta revolución es digital por delante y analógica por detrás, y, o esto cambia, o en los países menos pudientes van a quitarse el frío en invierno con fogatas en las cocinas. De lo de tener luz por las noches, mejor hablamos otro día; volverán los farolillos, velas y aceiteras de antes de que Concha Piquer cantara aquello del barco.
