The Objective
Cultura

Anna Wintour, los secretos de la reina de hielo de la moda

La periodista Amy Odell publica una biografía de la editora de ‘Vogue’, que inspiró la película ‘El diablo se viste de Prada’

Anna Wintour, los secretos de la reina de hielo de la moda

Anna Wintour.

Cuando hace más de 20 años David Frankel comenzó a dirigir la adaptación al cine de El diablo viste de Prada, muchos grandes diseñadores —excepto Valentino Garavani—, profesionales de la moda y otras celebridades se negaron a participar en ella por miedo a disgustar a Anna Wintour, conscientes de que un simple telefonazo de la reina de hielo de la industria podría acabar con la carrera de cualquiera. Basada en la novela homónima de Lauren Weisberger, quien fuera asistente de la influyente editora de Vogue durante 11 meses, los parecidos entre esta última y el personaje de Miranda Priestly —que en pantalla interpretaba una siempre portentosa Meryl Streep— resultaban más que obvios.

En su biografía sobre Wintour, titulada simplemente Anna (Debate), la periodista Amy Odell pone de manifiesto en un solo párrafo estas semejanzas y, como si fuera una escena más del popular taquillazo, describe: «Cuando llegó esa mañana, con botas altas de pitón y un vestido rojo estampado, Anna le dijo a su primera asistente que convocara una reunión de todo el personal. Las peticiones a sus asistentes eran constantes: día y noche, entre semana y el fin de semana, y siempre en correos electrónicos sin asunto. Su agenda estaba meticulosamente planificada, pero esta reunión fue improvisada, y les pidió a sus asistentes que acudieran, lo cual era inusual. Nadie sabía el propósito de la reunión, pero sabían que, cuando Anna convocaba una, si no llegabas pronto, habías llegado tarde».

Pero, ¿quién es esta mujer que, durante más de 40 años, ha definido las tendencias de moda en el octavo arte y los estándares de belleza y cuya influencia se extiende hasta el cine y toda la industria del entretenimiento? Hija de familia acomodada, su padre, Charles Wintour, fue editor del diario Evening Standard de Londres casi 20 años, y al inicio de su carrera el abuelo de su madre le dejó en herencia un fideicomiso por el cual recibió 19.000 dólares, que, según Odell, serían equivalentes a unos 120.000 actuales. Aquello permitió que Anna prosperara sin problemas en el ya entonces precarizado oficio del periodismo, yendo de un empleo a otro sin temor a las facturas ni al impago de un alquiler.

Es cierto que Wintour, que dejó la educación formal a los 16 años para dedicarse solo a la moda, empezó como dependienta, pero lo hizo en la influyente boutique Biba, adonde acudían celebridades como Brigitte Bardot o Barbra Streisand. Tampoco tuvo mucho tiempo para acostumbrarse. «Anna llevaba trabajando allí solo unas semanas cuando Rosie Young, una de las gerentes, recordó las órdenes que había recibido de arriba: despedirla, porque creían que Anna había robado prendas. Robar era tan habitual que probablemente ella no le había dado importancia», cuenta su biógrafa.

Descrita a menudo como fría y poco empática, ya desde joven, era callada e introvertida. Odell la describe en su libro como una persona reservada que «se mantenía al margen, evitaba el contacto visual con la gente con quien se cruzaba en los pasillos y utilizaba el pelo para esconderse».

Temida y admirada

Aunque temida por el personal, no son pocos los conocidos y empleados que muestran, sin embargo, debilidad por Wintour. Es difícil no sentir cierta admiración por su determinación, voluntad y una sinceridad que, a veces, se torna en un involuntario sentido del humor. «En la primera entrevista para formar parte de Vogue con la editora Grace Mirabella —cuenta Odell—, esta le preguntó a Anna qué trabajo le gustaría hacer en la revista. Anna respondió: el tuyo. Eso puso fin a la reunión».

No obstante, el diablo que dio nombre a la novela y, más tarde, a la película, siempre acaba saliendo. «Realmente no tenía escrúpulos cuando estaba totalmente concentrada, hasta el punto de ser muy brusca con la gente, incluso maleducada, porque sencillamente no disponía de tiempo. Estaba haciendo lo que tenía que hacer», señala una de sus primeras asistentes.

Con una incuestionable fortaleza, aquella mujer con duende que empezaba a labrarse un nombre en el mundo de la moda, primero en Londres y más tarde en Nueva York —ciudad en la que trabajó en varias publicaciones como Harper’s Bazaar, Viva o New York, lejos ya de la influencia de su padre—, atrajo la atención de Alexander Liberman, director editorial de la multinacional Condé Nast, quien en 1983 le ofreció el puesto de directora creativa de Vogue en Estados Unidos. Se trataba de un empleo creado ad hoc, similar al de Mirabella, que permitía mantenerlas a las dos en plantilla.

Tras apenas cinco años, en los que se casó con el psiquiatra infantil David Shaffer, fue madre de dos hijos y trabajó como editora del Vogue británico —donde se ganó su fama como reina de hielo indomable al reemplazar a gran parte del personal—; volvió a Nueva York, donde se puso al cargo de House & Garden y se convirtió, finalmente, en la editora de Vogue de Estados Unidos, sustituyendo a quien hasta entonces había ocupado ese lugar durante casi 40 años, Grace Mirabella.

Frialdad

 «La frialdad de Wintour se apodera de las oficinas de Condé Nast», publicaron entonces en New York Daily News. Como ya había hecho al llegar a Londres, en su primer año despidió a tanta gente que los empleados temían su sola presencia. Intransigente con el absentismo laboral, por mucho que hubiera una razón justificada, es de sobra conocido que la editora casi siempre ha impuesto unos estándares estéticos y físicos en sus empleados. Motivo por el cual ha sido también muy criticada.

Sin embargo en lo creativo, Wintour mostró desde sus inicios una gran capacidad observadora y una muy buena intuición. De aquella época es una de las portadas más míticas de Vogue, la fotografía de Peter Lindbergh de la modelo Michaela Bercu, que viste una chaqueta de seda de Christian Lacroix de 10.000 dólares y unos vaqueros de Guess de 50.

Perfeccionista, controladora y ágil, como editora suele tomar decisiones rápidas y evita prolongar las reuniones, prefiere la eficiencia a la cortesía y es impredecible por sus volátiles arrebatos, anteponiendo siempre la imagen al texto. «Cuando la actriz Uma Thurman se divorció de Gary Oldman en 1992 una redactora de Vogue pasó más de tres horas entrevistándola, y supuestamente la conversación fue épica. Pero, como la primera sesión de fotos no alcanzó los estándares de Anna y no había una segunda, Wintour canceló la publicación del artículo».

También su legendario maltrato a las asistentes parece real. La mayoría del tiempo que pasó como editora jefe de Vogue tuvo como mínimo dos o tres ayudantes a la vez. En muchas de las historias que Odell comparte al respecto es difícil no pensar en la Meryl Streep de la pantalla. «Anna era exigente en todo, desde las flores en su oficina y el papel de envolver regalos de Navidad hasta su almuerzo. Cuando no tenía comidas de trabajo fuera de la oficina, pedía lo mismo al Royalton cada día, para ella servido en un plato en lugar de en un envase para llevar y con tenedor de plata: un bistec poco hecho y puré de patatas», relata.

Amiga de Harvey Weinstein

Toda esta mezcla de profesionalidad, genialidad y excentricidad le ha permitido labrarse un nombre dentro de la industria y permanecer al frente de una de las grandes revistas mundiales de la moda durante tres décadas. Desde 2020, ostenta, además, el cargo de directora global del contenido de Condé Nast y es la presidenta principal de la Met Gala, el mayor acontecimiento mundial de la moda.

Su liderazgo, como es lógico, no ha estado exento de polémicas. Ha sido a menudo objetivo de las protestas contra el uso de pieles de animal en la industria y ha recibido críticas por blanquear Gobiernos como el del presidente sirio Bashar al-Assad en 2010, por la falta de diversidad en sus portadas —tras el asesinato de George Floyd, Wintour se disculpó por la complicidad de Vogue con el racismo— o por su amistad con Harvey Weinstein —tras las acusaciones por acoso y agresión sexual contra el productor, cortó el contacto con él y respaldó públicamente a su exmujer, Georgina Chapman—.

Sobre su lado más personal, dicen que la magnate de la moda es diferente fuera de la oficina. Le gustan los perros, cuida a sus nietos, organiza fiestas… Muchos destacan su lealtad, casi siempre inquebrantable con sus viejas amistades. Aunque si Wintour te retira la palabra, un mar de hielo se extiende a su alrededor.

A quienes hayan visto El diablo se viste de Prada todo lo contado probablemente les sonará. Lauren Weisberger trabajó como asistente de Wintour en 1999. En 2002, compraron los derechos de la novela por 250.000 dólares. Cuando la editora se enteró de que habían escrito un libro sobre ella lo único que dijo fue: «No soy capaz de recordar quién es esa chica». Aunque, durante la promoción de la novela y más tarde de la película, la propia Weisberger y el director David Frankel negaran que el personaje de Miranda Priestly tuviera algo que ver con la exjefa de la autora, parece evidente que no es lo que todo el mundo pensaba.  

Vestida de Prada

Aquello despertó la suspicacia de mucha gente de la industria de la moda y del espectáculo. «Frankel no podía rodar en el Museo Metropolitano de Arte o en Bryant Park porque a la gente le asustaba molestar a Anna. Ni siquiera pudo rodar en el MoMA porque la gente del consejo tenía relación con Anna y la temían». Wintour, sin embargo, asistió a la premier de la película. Llegó acompañada de su pareja por entonces, Shelby Bryan, con quien rompió en 2020, y por su hija. Poseedora de un afilado sentido del humor, aquella noche la editora de Vogue iba, cómo no, vestida de Prada.

De hecho la película, más que perjudicarla la benefició, convirtiéndola en un icono mundial.  Parte de su leyenda procede de su hermetismo sobre una vida privada que nunca ha trascendido demasiado, y lo que sí nos ha llegado —en la década de los setenta se rumoreó que había desaparecido una semana junto a Bob Marley—, ha sido desmentido por ella. También, claro está, cualquier semejanza con la ficticia Miranda Priestly. 20 años después, con el estreno de la segunda parte, su actitud al respecto ha cambiado. Parece que la situación le divierte e, incluso, se presta al juego. En mayo, protagonizó la portada de Vogue acompañada de Streep, e insistió vagamente: «Es un gran honor ser interpretada por Meryl, por muy lejos que Miranda esté de mí». Seguro que tras sus opacas gafas de sol, sus ojos sonríen.

Publicidad